Recuerdo

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Recuerdo

Recuerdo que nos pasábamos el verano esperando a que llegara la feria y ese día nos daban a cada uno quinientas pesetas. Lo primero que hacíamos era discutir durante una hora cuál era la mejor atracción en la que montarnos.

El escritor Andrés Barba, al que muchos conocen por su ensayo dedicado al porno (nos referimos a La ceremonia del porno, escrito junto a Javier Montes,  premio Anagrama 2008)  aunque además haya escrito otras cosas igualmente interesantes como Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester, 2005) o la conmovedora historia de La hermana de Katia (finalista del premio Herralde en 2001), esta vez se ha lanzado con una Polaroid por Madrid y ha reunido las fotos en una exposición ( hasta el 11 de marzo en el King Juan Carlos I of Spain Center en Nueva York)  y en un pequeño e íntimo libro titulado Recuerdo.

A continuación os invitamos a leer a su prólogo y a ver algunas de las fotos en él reunidas:

Recuerdo una playa de Huelva y una chica joven que se acercó hasta mí, me pidió que mirara y me hizo un retrato con una cámara Polaroid. Se trataba seguramente de una de mis primas, son tantas que en mi imaginario infantil forman todas un conglomerado indefinido, una criatura fascinante de mil cabezas. Yo debía de tener unos ocho años, pero estaba muy acostumbrado a que me hicieran fotos. Mi padre era fotógrafo aficionado y quien haya tenido en casa a uno sabrá que pueden llegar a ser mucho más obsesivos que los fotógrafos profesionales. Había sido fotografiado ya –no exagero- tal vez un par de miles de veces junto a mis hermanos y hermanas en todo tipo de posturas y escenarios. Muchos años después, hace relativamente poco tiempo, descubrí un maravilloso relato de Italo Calvino la explicación de esa compulsión de mi padre (que, con el paso del tiempo se ha ido apagando hasta dejarle convertido en un fotógrafo más bien perezoso, y luego de nuevo compulsivo, con el nacimiento de su primer nieto) y es que el primer instinto de un progenitor después de tener un hijo es, seguramente, fotografiarlo. Le impulsa a ello precisamente la rapidez del crecimiento porque nada es más débil e irrecordable que un niño de seis meses, borrado enseguida y sustituido por un niño de siete meses, y después por el de un año. Hay que consignar esas perfecciones sucesivas, salvarlas en un álbum del frenesí devorador del tiempo, crear una “iconoteca familiar” (la expresión es de Calvino y no puede ser más acertada), una iconoteca que sea una objeto sagrado. En el caso particular de mi familia se archivaban luego en unos grandes álbumes negros que organizaba y numeraba mi madre y que guardábamos en unos de los armarios del despacho de mi padre en el que apenas entrábamos para nada. De cuando en cuando llegaba a casa un invitado lo bastante ilustre  y lo bastante ajeno como para que fuera necesario mostrarle aquellos álbumes. Los llevábamos como los rabinos la Torah, con una mezcla entre respeto y hastío reverencial que se transfiguraba al instante en intensísimo interés, el que siempre produce ver esa extraña persona consignada allí y que uno fue en alguna ocasión. Recuerdo que otros álbumes mi madre guardaba los negativos, esas fantasmagóricas imágenes invertidas en las que uno aparecía con los dientes negros y el pelo blanco, y que yo miraba con mi hermano Santi, pegados los dos a la ventana del cuarto de estar. Peor aún era que se “perdieran los negativos”. Mi madre pronunciaba aquella frase a veces con un tono bíblico, como si hubiese pasado la sombra del ángel exterminador, y la mayoría de las veces (añadiéndole un conmovedor “otra vez”) con un fatalismo españolísimo. Perder los negativos “otra vez” convertía aquellas imágenes que mi padre había positivado en el cuarto oscuro del colegio en el que trabajaba entonces y que nadie había tomado muy en serio porque podían positivarse una y mil veces, en objetos únicos de pronto. Resultaba extraño comprobar cómo una vulgar copia seriada y sustituible se convertía de inmediato en una pieza de museo. Y las familias felices tienen algo en común; todas pierden los negativos porque están pensando en otra cosa.

Lo que sucedió en la playa, sin embargo, era algo absolutamente inédito en mi amplia experiencia fotográfica de los ocho años. Aquel cacharrazo oscuro regurgitó de pronto un papel blancuzco, mi atención se desvió por un breve instante de los bikinis y mi prima anunció algo que el lector perspicaz adivinará sin mucho esfuerzo:

“Mira Andresito, magia”.

Y magia, efectivamente. El lector perspicaz sabe también en qué consistía, lo que quizá no sepa es que para mí la magia estaba en otra parte.

“¿Y el negativo?”

“No hay negativo”.

“Imposible”.

“Que no hay, te digo”.

“Tu lo has escondido por ahí” aseguré yo con aire detectivesco, o con la esperanza quizá de que me dejara inspeccionar aquel bikini en el que objetivamente no podía caber nada porque ya era un milagro que cupiera lo que cabía. Mi prima (ninguna fue muy de discutir, por eso poco importa cuál de ella fuera en realidad) resolvió la cuestión con una frase que e acompañó toda la infancia:

“Este niño es tonto”.

Y mi hermano Santi, que a pesar de ser un año más pequeño siempre lo ha sabido todo un año antes que yo, sentenció muy digno:

“Es una polaroid”.

Polaroid. Los labios se cierran y la punta de la lengua hace un breve viaje hasta el borde de los dientes. La boca se abre de pronto como si anunciara una sorpresa que se convierte primero en un amago de beso y después en una sonrisa tenue. Po-la-ro-id. Aquel prodigio sin negativo tenía nombre de constelación estelar, de medicamento salvífico para la humanidad, de nombre científico de algún extraño pez abisal. Polaroid.

No sé si conservé o no aquella Polaroid (lo más probable es que mi prima no confiara demasiado en mí) lo que sí sé es que tardé algún tiempo en volver a ver otra y que cuando lo hice fue en un cumpleaños de un compañero de mi clase. La madre del homenajeado nos puso en fila, nos peinó como pudo, amenazó con dejar sin tarta a quien pusiera cuernos a su vecino y nos hizo gritar a todos una palabra premonitoria: Whisky.

Al ver regurgitar por segunda vez en mi vida aquel papel blancuzco cometí por enésima vez el error básico de mi infancia: hacerme el listo. Me volví con gran solemnidad hacia mi compañero y le anuncie:

“Las Polaroid no tienen negativo”.

A lo que mi compañero contestó en primer lugar con la sonrisa que le debió dedicar Colón a los indígenas cuando descubrió que les podía cambiar oro por cristalitos, y en segundo lugar con un anuncio más sorprendente que el mío:

“Claro que tiene negativo. El negativo está debajo”.

No recuerdo si añadió: “Imbécil”.

El negativo estaba debajo. Aquello sobrepasaba con mucho mis expectativas: una fotografía que era, a la vez, un negativo, que estaba superpuesto a él, como si los colores hubieses saturado de pronto nuestro dientes negros y nuestros pelos blancos, hubieses llenado la estancia de aquella luz lechosa y nuestros rostros sofocados de correr, y hasta los cuernos inevitables que gracias a Dios no me habían caído a mí en aquella ocasión. Y aquel color… ¿cómo se podía describir? No era, desde luego, como el de las fotografías de mis padre, no tenía ni aquella nitidez, ni aquel realismo, era a ratos como si todos nos hubiésemos situado, en vez de en una calle, frente a un póster en el que estaba fotografiada una calle. Aquel cielo no era, desde luego, de verdad. Parecía hecho de papel brillante y nosotros un poco plastificados quizá, o un poco borrosos, a veces como si nos hubiesen barnizado y otras como si nos hubieses bañado en leche.

Pero aun me faltaba un anuncio apocalíptico (de las Polaroid yo iba descubriendo todo como en un amor primerizo: cada novedad era una sorpresa cósmica y temible) y aunque en esta ocasión desconozco las circunstancias del anuncio, recuerdo eso sí, y perfectamente, que las consecuencias fueron devastadoras. La voz en este caso es prácticamente neutra, como lo es la voz (lo descubrí también más tarde, como casi todo) con la que alguien nos anuncia que nuestro amor ha conocido a otra persona:

“Las Polaroid desaparecen”.

Ni todos los absurdos popes de la pseudopsicología clamando al unísono que el amor dura tres años habían podido igualar el impacto que me produjo descubrir aquello.

“Desaparecen, ¿cómo?”

“Se desvanecen.”

“¿El papel?”

“La imagen”.

(Aquí es más que probable que añadieran: “Imbécil”)

“¿Se ponen blancas o negras?”

“Ni idea”

“No es lo mismo” repliqué yo para dejar a salvo mi inteligencia. Y no era lo mismo. Mucho más preferible era que se saturaran hasta convertirse en una pantalla negra. Eso significaría que el negativo había vuelto a la superficie oscureciendo primero la imagen y luego ocupándola por completo, saturándola. Si se desvanecían hasta el blanco su muerte era mucho más terrible. Es el blanco, y no el negro, el verdadero color de la muerte. Cómo llegué a comprender esa verdad tan extraña a una edad tan temprana es algo que desconozco. Lo que olvidó comentar aquel mensajero del Apocalipsis es que las Polaroid se embellecen también al desaparecer y que esa extraña cualidad, a diferencia de los rostros reales pero a semejanza de la memoria, es quizá una de sus cualidades más humanas. Como un recuerdo feliz se embellece con el paso del tiempo así se embellece una Polaroid; los contornos se difuminan, los colores se impregnan unos de otros, quedan, más que los rostros, las sensaciones que provocaron en nosotros, ya no sabemos qué lugar era aquel pero tenemos la íntima convicción de haber estado allí, de haber sido felices allí, como en aquel excelente poema de Álvaro Pombo:

Recuerdo los membrillos.

¿Recuerdas los membrillos o recuerdas

que, al verlos, quisiste recordarlos?

Recuerdo los membrillos.

Al comienzo de este libro me gustaría escribir lo que escribió Jean Moréas en las primeras líneas de su Viaje a Grecia: “Este libro jamás será reeditado”, y que luego resultó no ser cierto porque yo lo leí, precisamente, en una reedición. “Jamás” es, desde luego, mucho tiempo, aunque sí puedo decir una cosa: me gustaría que este libro no fuese reeditado nunca. Se convertiría sí, en su pequeña edición de cien ejemplares numerados, en uno de esos álbumes en los que los negativos se han perdido “otra vez”, por eso deseo que cada copia contenga también uno de los originales que lo componen. Ya no estarán más unidas estas Polaroid como lo han estado en los últimos meses en el cajón de mi estudio. Igual que en las familias, también aquí acabarán dispersándose las fotografías.

Este libro tampoco habría existido nunca sin el mecenazgo de Eva Mendoza quien puso a mi disposición material fotográfico en un momento en el que eso ya no era casi posible. Todas estas Polaroid han sido realizadas –y parece también un bonito epílogo a la Polaroid misma- con el último material producido y que ha llegado a mis manos con la fecha de caducidad ya vencida. A Eva le debo el agradecimiento de los niños cuando les permiten jugar gratuitamente que es, sin duda el más puro y definitivo de los agradecimientos.

Junto a casa fotografía, y continuando con el género que inventó Joe Brainard y que tubo tan ilustres seguidores como Georges Perec, he escrito un recuerdo. No todos están, como es lógico, igual que no he podido retratar a todas las personas que me habría gustado, a veces porque no estaba a mi lado cuando disponía del material, otras porque aunque lo estaban no tuve pericia suficiente como para retratarles en condiciones y he preferido que no estén a incluir de ellos un retrato falso.

He disfrutado haciéndolo de una manera despreocupada y festiva, sin ansiedad por crear imágenes epatantes, pero tratando de provocar que se filtrara la vida, mi vida, en cada una de ellas. Me gustaría que fuera un álbum conmovedor y privado, como una carta de amor de alguien a quien no conocemos (también me sucedió una vez) encontrada en un contenedor público. Tal vez no la mejor carta de amor de la historia pero, en cualquier caso, una carta de amor sincera.

Andrés Barba, 2011.

Recuerdo que una tarde en la plaza de Colón, a la salida de la Biblioteca Nacional entendí aquello tan famoso de que la felicidad era una obligación.


Recuerdo a mi padre ayudándome a ordenar mis libros cuando me mudé a la casa de Saconia.


Recuerdo a Valentina en el apartamento en el que vivía con Miguel en la calle de la Madera.


Recuerdo haber sido un mal enfermo.


Recuerdo lo nerviosa que estaba Diana el día de la presentación de su colección de novias.


Recuerdo pasear por Madrid mirando permanentemente hacia arriba cuando buscaba una casa para vivir con Verónica y que nunca la encontramos.


Recuerdo que siempre que he tratado de explicar a alguien la vida de mis padres he fracasado estrepitosamente y que a veces he acabado mintiendo, no sé por qué.

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