Très scripturae

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Este texto se titula “Très scripturae” como si tratase sobre esta pieza d’Étienne Guilloteau. Sin embargo, nada de lo que se menciona en él surge de esta obra sino de otras distintas. La crítica siempre es un ejercicio anacrónico, ya que las piezas siguen desarrollándose con el tiempo y se reconstituyen siempre de forma distinta y, al mismo tiempo, nuestra recepción también cambia sin cesar. ¿Cuántas veces hemos acabado rechazando una pieza que apreciábamos y viceversa? Es más, la escritura misma de un texto crítico transforma de manera fundamental nuestra visión de los hechos. Así pues, escribir una crítica es siempre estar fuera de tiempo.
Por este motivo, en este texto aparecen pensamientos que (en cierto momento que ya ha pasado) podría haber escrito respecto a obras que presencié antes y después de “Très scripturae”. Al leer el texto, yo mismo me sorprendo al hallar una obra nueva que no he presenciado en ningún sitio.
A pesar de que no menciono ningún aspecto de “Très scripturae”, si una de las funciones de la crítica es dar fe de que un evento ha tenido lugar y dejar prueba de su existencia, irónicamente este texto sigue cumpliendo esta función básica.

“Très scripturae” de Étienne Guilloteau. Frascati Theater. Ámsterdam. 19 de febrero de 2011.
No deberíamos confundir estas transgresiones escatológicas con la provocación fácil y estéril de tantas otras obras que utilizan estos recursos. Aquí la incomodidad que producen estos gestos se emplea de forma compositiva y coreográfica. Hay todo un juego con la intensidad, una variación continua de intensidades. Recuerdo una entrevista a Anne Teresa de Keersmaeker donde explicaba que para ella todo era energía, incluso una silla. Aquí la coreógrafa demuestra un control certero sobre la energía haciéndola oscilar una y otra vez con innumerables matices. Una de las escenas hacia el final de la obra resulta especialmente bella. En ella, los intérpretes corren a toda velocidad por el espacio en todas direcciones bajo una luz roja, como electrones en un campo magnético. Los besos prolongados me parecen una encarnación de estos flujos de energía que a la vez sirven de metáfora para otros flujos de energía que no se pueden escenificar de forma material. En palabras de Deleuze: “Siempre hay una conexión que se establece con otra máquina, en una transversal donde la primera corta el flujo de la otra, o “ve” su flujo cortado por la otra”.
Mientras, reducidos a su condición táctil, los objetos se ven despojados de las connotaciones que les atribuimos en la vida diaria y se reducen a pura materia. Me recuerda el uso de los objetos en “The present” de Arantxa Martínez. María Jerez utilizó una comparación muy bonita en la charla tras la presentación de “The present” en In-presentable: “como si hicieseis un zoom sobre los objetos y estos se hiciesen pixelados”. Sin embargo, como me dicen Javier Vaquero y Norberto Llopis, es cierto que hay un cierto abuso de la representación de la experiencia táctil, sobre todo al inicio. Por otro lado podemos preguntarnos, ¿logran las experiencias con la silla, el taburete, la mesa y la caja de cerveza cuestionar de verdad el estatus ontológico de los objetos? ¿Qué relación tiene la obra con el texto del programa?
No hay ninguna reflexión de calado y sin embargo la pieza resulta enormemente placentera. Los intérpretes tienen un gran dominio técnico y su forma de estar en escena es al fin y al cabo el verdadero pilar de la obra. Permanecen sentados o estirados en el suelo, como si nos hablasen desde el salón de su casa, con una tranquilidad de espíritu que transmite una plena conciencia de lo que hacen y de lo que abarca. Esa falta absoluta de trascendencia me conmueve. A pesar de que soy consciente de la ausencia de una razón poderosa detrás de sus acciones me resisto a resistirme. Sucumbo al encanto sin mala conciencia.

Quim Pujol

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