Agnès de Claudia Faci

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A partir de una foto de Rafael Gavalle.

Una mujer flaca vestida de verde y con tacones entra en escena. A un lado un micrófono. Al otro una mesita, dos copas, una botella de champagne francés enfriando y algunos objetos que no alcanzamos a identificar. El suelo está cubierto por una alfombra de hojas de papel impresas dispuestas en riguroso orden reticular. Una de las celdas de la retícula ha sido suprimida y sustituida por un ejemplar sobadísimo de  Filosofía en los días flojos de Chantal Maillard. La mujer coge el micrófono y saluda al más puro estilo de las estrellas de rock. Ya no deja hasta el final de hablar. Para que no se le seque la garganta, abre la botella, y bebe constantemente. A veces recita, otras, cita y, de vez en cuando, canta. Como si se tratara de un extraño viaje trans, la mujer de verde se apropia de las voces de sus referencias: ante nuestros ojos, se hace pasar por Chantal Maillard, Patti Smith, Roland Barthes, Lars Olsen, Vandana Shiva. Pero la apropiación misma no es el asunto. Poco a poco ella va desgranando su deseo, y poco a poco se va vaciando la botella. A veces (no siempre) el milagro ocurre.
Uno ha entrado a la sala convencido de los privilegios que le corresponden como “público”: con la entrada hemos comprado el derecho a que nos entretengan durante un tiempo establecido en el programa, a que atiendan nuestro deseo como espectadores. Además, sabemos que podremos  consumir lo que sucede en escena desde la oscuridad, sin peligro alguno de hacernos visibles y convertirnos en objeto de la mirada de los demás. Pero cuando ella aparece en escena la cosa deja de estar clara. Enseguida uno se da cuenta de que ella no tiene ningún interés en atender el deseo hegemónico de esa figura singular hecha de muchos cuerpos que llamamos “público”. Pasa de esa masa uniforme y singular que nos deglute a todos menos a ella. Y, por eso, se asoma al otro lado: ella se ha subido a escena para constatar que, en efecto,  hay alguien al otro lado que mira y escucha. Ese “alguien” no es un espectador, es decir, una figura con un deseo establecido de antemano por el teatro, sino un sujeto individual que, como ella, se encuentra solo, desnudo y desprotegido. Las palabras que no paran de salir de su boca son la prueba: no se trata de mostrar un personaje, no se trata de mostrar una personalidad. Se trata más bien de dejar claro que ella está atravesada por su deseo y que eso es lo que le hace salir en busca de otros deseos capaces de limitar, confundir y agitar el suyo. Así, logra subvertir la economía del teatro tradicional: ella que, al estar en escena, ocupa la posición asignada a la figura del Otro, es decir, de quien carece de deseo, mirada, voz y es solo objeto, se revela como un Yo en posesión y control del lenguaje. En este sentido,  Agnès es el nombre de un estado, de un sujeto en proceso y no tanto de un relato referido a un personaje. Agnès  es, algo así como una cita a ciegas en un teatro que no funciona como teatro. Cuando la espera se acaba y aparece el amante sentado en el patio de butacas, tiene lugar la posibilidad del milagro.

Jaime Conde-Salazar

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