Otros cuerpos

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Foto Rosa Frank

fotografía Rosa Frank

Young people, old voices de Raimund Hoghe. Mercat de les Flors. Barcelona. 13 de marzo de 2011

Se comienza a oír desde el fondo la voz de Leo Ferré cantando Avec le temps. No tenemos el sonido encima como suele pasar en el teatro, sino que suena desde lejos, desde la profundidad del escenario. Luz blanca y uniforme. En el medio del escenario está Raimund Hoghe de pie, vestido de negro, mirando, al frente. Llama a los actores por su nombre. Entran uno a uno y van colocándose hombro con hombro en fila. Forman una especie de friso. Les vemos de frente y ellos miran hacia nosotros. Se distinguen perfectamente sus diferencias de complexión y fisionomía.  Cada uno es evidentemente único. A partir de aquí, el espectáculo es una sucesión simple y lineal de canciones clásicas muy conocidas.

A cada canción le corresponde una coreografía. Las coreografías no son la excusa para mostrar “las acrobacias de cuerpos jóvenes, seductores y muy entrenados” (Helmut Ploebst, 2001, No wind, No Word, p.113). Los actores llevan a cabo pequeñas acciones que, posiblemente, los espectadores podríamos hacer también. Unas veces las acciones producen acumulaciones (como la fila del principio) o repeticiones simultáneas. Todo es muy simple y, normalmente, la pauta es muy fácil de identificar. La sucesión de canciones populares sólo se interrumpe con fragmentos de Le sacre du printemps de Igor Stravinski. Cuando esto sucede, Raimund Hoghe y Lorenzo de Brabandere se quedan solos en escena. Sus acciones son entonces mucho más complejas. Tienen algo de la concentración y la densidad de un ritual.  Se acaba Le Sacre…  y vuelven las canciones. Después de tres horas, acaba el espectáculo.
A finales de los 90 Raimund Hoghe recuperó una frase que Pier Paolo Pasolini escribió en una auto-entrevista de 1966. La frase, que tenía mucho de consigna, proponía “arrojar el cuerpo a la lucha”. Cuando la leí por primera vez ( J.A. Sánchez y J. Conde-Salazar (eds.), Cuerpos sobre blanco, Universidad de Castilla- La Mancha, 2003) entendí que se trataba de una exhortación para que cada uno se hiciera cargo de su propio cuerpo y lo utilizara como lugar de la acción. La frase sonaba para mí como una afirmación de la corporalidad individual, de los límites del cuerpo propio: la lucha era lo que permitiría que el cuerpo se hiciera cuerpo y conquistara una fisicidad única e inequívoca.  Hacerse con un cuerpo para poder emprender la lucha.
Pero el tiempo ha pasado y ahora tengo mis dudas. Sobre todo después de haber visto por última vez Young people, old voices. La escena del comienzo plantea de forma muy clara la cuestión. Hoghe ha llamado por su nombre a cada uno de los bailarines que han respondido entrando en escena y formando una fila. No sabemos si, en efecto, se llaman así. Da igual: allí, entonces, ellos responden a ese nombre. La cuestión es que la presencia rotunda de Hoghe solo en escena se disuelve a medida que entran lentamente otros cuerpos. Lo que podía ser una imagen paradigmática de la identidad autorizada y convencional (el hombre solo y de pie) se transforma en una galería de posibles encarnaciones. Hoghe no dice su propio nombre haciendo que, de alguna manera, su lugar quede vacante. Al llamar e invocar la presencia de los demás, su posición solitaria y contundente, se va ensuciando con otros cuerpos, se va disolviendo en esas otras encarnaciones que se despliegan en un plano equivalente, en ese precioso friso de posibilidades. Hoghe es quien es, pero desde el momento en que pronuncia otros nombres, podría estar siendo también en todos los demás. Todas las canciones y acciones que siguen a esta primera escena sirven para desplegar ante nuestra mirada todas esas posibilidades de ser. Lo que se ve no es tanto lo que hacen, sino el modo en que esa acción afecta al cuerpo concreto de cada actor, sus particularidades, sus talentos.  Al contrario de lo que sucede en la fila tradicional de los ballets clásicos, aquí no se persigue la uniformidad si no todo lo contrario. Aquí cada uno es especial, cada uno es único y tiene sus particularidades. Cuando entendemos eso, la joroba de Hoghe, desaparece como “joroba”, como marca que le señala y le saca de la norma: él está en esa malformación de la espalda al igual que está en esos brazos demasiado largos, en esos pies largos, en ese pelo rubio, en esos brazos cortos, en esas manos pequeñas, en esa cabeza grande, en esos pechos generosos, en esa melena pelirroja, en esas manazas, en ese cuello largo y esbelto, en esos pies chiquititos… Toda encarnación es una fascinante colección de accidentes. Este proceso de disolución, de tránsito por otros cuerpos, no es fácil aunque ante nuestros ojos todo fluya de una canción a otra como en KissFM. Quizás por eso necesita que Le Sacre… interrumpa y abra una realidad distinta. Hace falta un sacrificio. La coreografía ya no es una excusa para que los cuerpos se expresen sino más bien la notación de un ritual meticuloso. Una vez más, Lorenzo da Brabandere hace de reflejo, de esa imagen que permite que se constituya la identidad.  Frente y junto a su doble, Hoghe parece renunciar a ser un solo nombre: si el punto de partida no es único, si lo que nos hace individuos es una imagen doble de nosotros mismos, entonces, quizás ha dejado de tener sentido esta soledad que se nos asigna en el DNI. Deshacerse de ese que sale en la foto del carnet, es la misión del sacrificio.
Así las cosas, “arrojar el cuerpo a la lucha”, quizás no sea una manera de afirmar los límites del cuerpo propio para poder pelear sino todo lo contrario. La frase quizás se refiera a algo más sutil que tiene que ver con iniciar un proceso de disolución en el que el cuerpo deja de ser una especie de condena y se convierte en una posición variable con la que jugar, con la que ir transitando algunas posibilidades de ser. Quizás esa es la lucha que nos toca ahora.

 

Jaime Conde-Salazar

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