Colgado

Print Friendly
Mesa de cocina con vinagreras y dos caballas colgadas de la pared, 1789,The J. Paul Getty Museum

Chardin (1699- 1779)

Museo del Prado, Madrid. 1 de marzo- 29 de mayo.

Corro al Auditorio dejándome llevar por mi gusto musical facilón: quiero  escuchar el concierto para violín y orquesta en re mayor de Tchaikovski. Quiero caña. Parece que el resto de los madrileños quiere lo mismo: las entradas están agotadas. Me olvido de la poca prudencia que me queda y mando mensajes compulsivamente al interior del horrendo edificio. No hay suerte. Es domingo y, aunque lo intenta, el Ángel no puede hacer milagros. No tiene sentido dejar que la frustración se apodere de uno. Plan B: darse un paseíto por el Retiro antes de que se llene de familias normales y acabar en el Museo del Prado. Después de un fracaso, mejor ir a lo seguro. Y ya que dentro de poco, cada cuadro se va a su casa, aprovecho cual psicópata y vuelvo a ver Chardin. Y van siete.


Otra vez los ganchos. Y los lazos. Cuerpos muertos colgados. Estar colgado.  Estar sujeto. Ser sujeto. Ser sostenido. Y entonces aparece Jose Luis Pardo:
(…) “soy alguien porque estoy inclinado… a la muerte (es decir, a la vida). Porque soy mortal y lo sé. Y por ello tengo inclinaciones: hábitos, pasiones, costumbres, afectos, sensaciones, sentimientos (…), emociones, sensualidad y sexualidad. Paradójicamente, mi inclinación a la muerte, mi ángulo de decadencia es también mi ligazón a la vida. Si ser algo es una complicación innecesaria o inexplicable, ser alguien es una complicación de la complicación, una rareza suplementaria. Mis inclinaciones son los poros por los que la nada penetra en mi ser y la muerte en mi vida, pero esos son los poros por los que yo respiro. Cuando yo haya caído ya no tendré inclinación alguna, retornaré a la quietud horizontal (…).
Y entonces, si soy alguien porque tengo inclinaciones, porque no todo me da lo mismo, porque hay cosas (y sobre todo personas) por las que merece la pena morir, y si tener tales poros significa tenerme a mí mismo, ello significa (…) que me sostengo apoyándome en mis inclinaciones (…)” (La intimidad, 2004, p. 43 y ss.)
El lazo azul que sujeta las liebres. El cordel que sujeta al pato precioso y muerto. El gancho que sujeta a la raya. Se me antoja que esos artilugios domésticos y simples sintetizan todo el problema. Se trata de sostener, de que esos cuerpos estén sujetos. Estar sujeto, ser sujeto. De igual manera que está sostenida la atención de la señora ante su taza de té, la del niño ante la peonza, la del ama ante la labor, etc. Momentos en los que uno se permite entregarse a los placeres y maravillas ordinarias que el mundo ofrece. En esos instantes parece que se revela algo, que se escapa algo: ante nuestros ojos aparece la expresión de una intimidad única, propia solo de quien la habita.
Los bodegones son llamadas a sentir la inclinación, a sentir el peso de los gustos propios. Los objetos son un cebo para que la mirada se quede enganchada, para que sintamos el peso de nuestra propia inclinación, de aquello que nos permite reconocernos como alguien. “Deseo eso”. Soy alguien deseando. Yo sujeto (a mi gancho) a mis inclinaciones. Entonces, en ese estado de consciencia, se hace evidente el tiempo que pasa, o mejor aún, que lo dejamos pasar. Dice Mieke Bal : “ El tiempo es el lugar donde se produce la subjetividad: a lo largo del tiempo, en el tiempo, con el tiempo” (Conceptos viajeros en las humanidades, 2009, 229). Y en ese pasar es donde el bodegón muestra todo su poder como género clásico: el tiempo pasa.
Repito: mi cuadro favorito es el bodegón de 1789 del Paul Getty Museum que se muestra en la última sala. En él Chardin vuelve a pintar las caballas colgadas: clavadas en su gancho, suspendidas sobre todos los otros objetos deliciosos, son una especie de catarata blanca de materia pastosa, son una especie de resplandor que marca discretamente la dirección de la caída.

Jaime Conde-Salazar

Deja tu comentario

 
+(reset)-