Quiero que nos hagan la pelota

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David Newman y Robert Hands en The Comedy of Errors

Festival de Otoño en Primavera 2011 en Madrid

He visto, de momento, cuatro espectáculos:

Maldito sea el hombre que confía en el hombre, de Angélica Liddell y On the Concept of the Face, Regarding the Son of God, de Sociètas Raffaello Sanzio de Romeo Castellucci. Ambos en las Naves del Español en el Matadero; The Comedy of Errors, de William Shakepeare, de la compañía Propeller y Une flûte enchantée, la versión de la obra de Mozart de Peter Brook, en los Teatros del Canal.

Uno de los principios de las artes vivas es entretener, presentarnos una alucinación que nos lleve de viaje. No es el único y puede que no sea ni siquiera el más importante, pero cuando salgo a la calle después de un par de horas de buen entretenimiento, siempre sonrío satisfecho. Cuando se apagan las luces del teatro el protagonista es, sin duda, el que se sube al escenario, pero no podemos olvidarnos que está allí para nosotros y que si nos seduce podrá contarnos lo que quiera, nos lo vamos a creer.

La comedia de los errores de los Propeller es un homenaje a Benny Hill y a ese humor inglés de brochazo bien gordo, inocente y guarro. Esta obra de Shakespeare es una simple comedia, de enredo y confusión, sin mucha trascendencia pero con un texto lleno de juegos de palabras y de frases ingeniosas. Gritos y risas exageradas, carreras por el patio de butacas, monjas en minifalda, exagerándolo todo mucho nos ofrecen un espectáculo divertido, muy rápido y vivo. Hasta en el descanso se preocupan estos actores de mantenernos alerta, y nos ofrecen un concierto, pasan un cubo para que donemos dinero para una ONG y ya se nos ha pasado el rato. Entretenimiento de mucha calidad.

En el caso de Peter Brook creo que el proceso es otro, parece haber buscado la manera más sencilla de contar la historia que tiene entre manos, inverosímil, pero muy interesante. Simplifica la trama, reduce la canción al mínimo e introduce unos personajes que son nuestros ayudantes y los de los protagonistas. Se están acordando del público, están pensando en el ojo que les mira desde las butacas, y si como espectador notamos esto, ya nos tienen un poco más cerca de la rendición.

El espectáculo de Romeo Castellucci pretende mostrarnos la verdad y la miseria de la vida. Un hombre mayor, enfermo e incontinente tiene que ser aseado por su hijo, un ejecutivo que no sabe manejarse muy bien en una casa tan blanca que parece un decorado. Al principio es patético, muy dramático, pero la escena se repite hasta tres veces, cada vez más mierda, cada vez huele peor, y en esta repetición se hace tan exagerado que se convierte en comedia, y ahí es dónde se han olvidado de mí, del espectador.

Me ocurre algo parecido con Angélica Liddell. Está demasiado concentrada en sí misma. Demasiadas posturas y posiciones en el escenario, demasiados elementos que aparecen y desaparecen, demasiado tiempo y demasiado espacio. Ella dice que no trabaja para el espectador, y se nota. Puede que sea un poco egoísta, pero últimamente, cuando voy a ver un espectáculo, a formar parte del mecanismo teatral, quiero que me hagan la pelota, quiero sentirme importante, y mantener la ficción de que todo eso que ocurre bajo los focos es para mí.

Chisco Villar

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