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Ya queda poco tiempo, pero hasta el próximo domingo, 5 de junio, podemos admirar en Madrid las dos asombrosas versiones del mito de Hipómenes y Atalanta del pintor boloñés Guido Reni. Una, en el museo del Prado, en su ubicación habitual en la sala de pintura italiana, y la otra, excepcionalmente, en el Museo Thyssen (formando parte de la exposición Heroínas), proveniente, a su vez, del museo Capodimonte de Nápoles.

Podemos ver casi simultáneamente dos cuadros idénticos en belleza y perfección. El que ambos sean obra de la propia mano de Reni o que por el contrario sean parte de un trabajo colectivo de su taller, no resta (incluso diría que añade) valor y emoción a su contemplación. Son obras, imágenes, ideas y hasta objetos físicos de una grandísima sofisticación intelectual y de una extrema delicadeza.

El cuadro del Prado está ampliado posteriormente. Su formato original, y que conserva la versión del de Capodimonte, está inscrito en un perfecto rectángulo áureo. Esta versión llegó al museo a través de algún noble español coleccionista. Quizá este hecho nos revele que el comprador, o los más tarde propietarios españoles, no admiraran o siquiera percibieran la red de subdivisiones dentro de ese formato áureo, cuyas diagonales marcan y sitúan las equis dobles que las figuras desnudas de los personajes mitológicos despliegan. Quizá esa escenografía oscura e indefinida que rodea a los héroes, les pareciera demasiado agobiante y claustrofóbica a una sociedad como la española, que ya vivía en un mundo así de desasosegante a diario. Aunque, tal vez, esta hipótesis no responda muy bien al enorme interés y presencia que la obra de Guido Reni tuvo en el Barroco español, tanto para el brillante Murillo como para el seco Zurbarán, que se sirvieron de sus imágenes y dibujos a través de las reproducciones gráficas del momento.

De cualquier forma, la intrincada pintura neoplatónica de Hipómenes y Atalanta no solo se queda en el formato y su composición, las figuras tan clásicas (él, oscuro y musculoso, ella blanca y mórbida, a pesar de ser una reconocida buena atleta) se encuentran en un aparente único plano, como un friso, como un relieve helénico. Y sus rostros no muestran emoción o esfuerzo alguno, a pesar de que la larga carrera en que ambos se juegan sus destinos (la muerte para él, el matrimonio para ella) está a punto de concluir, pues sólo queda una manzana de oro que arrojar y recoger. La contención de las pasiones es un signo de la superioridad de la razón.

Pero al margen de todo esto, hay algunos detalles, como la maravillosa y delicada línea del muslo en tensión de Hipómenes, que se prolonga desde el pie hasta el torso, que bastarían para admirar el cuadro en toda su belleza.  Además, el movimiento centrífugo y centrípeto de la escena tan utilizado por Reni, casi desde sus inicios, deberían bastar para hacer desprender a la obra, como en una sacudida de polvo y telarañas, todo el sobrepeso visual que el academicismo más rancio del siglo XIX la cubrió y aún la empaña.

Por eso os recomiendo ver estas dos obras tan espectaculares, libre la mirada, haciendo el paseo de un museo al otro por un Madrid tan convulso y primaveral. Y acercarse, después de verlos, a descansar a la plaza de la Cibeles para observar que los leones de piedra que arrastran el carro de la diosa, no son otros que Hipómenes y Atalanta transformados así por Diana después de profanar su templo haciendo el amor en él durante toda una noche. Quizá Atalante se dejo ganar la carrera.

Alberto Pina es pintor de realidades.

 

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