Los chicazos

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Los Personajes, fotografía de Cuqui Jerez

Ya llegan los personajes, de Juan Domínguez, Rafael Lamata y Jaime Vallaure. Festival In-Presentable. La Casa Encendida. Madrid.  10 y 11 de junio.

 
Una sala de teatro convencional. Gradas a un lado. Caja negra con suelo blanco al otro. Eso sí, luz uniforme que afecta por igual a los dos “bandos”.  Al fondo de la escena una montaña de cojines rojos de Ikea, de los de a un euro. Entran los personajes: van cubiertos con mil capas de ropas, accesorios y pelucas variopintas. Casi ni se les ve la cara. Recuerdan a La Ribot antes de comenzar su streaptease Socorro, Gloria! (1993). Se van quitando todo lo que llevan puesto y lo colocan en fila en los lados de la escena. Entonces Juan Domínguez se coloca en el centro y declara “Soy Juan Domínguez”. Recuerda al comienzo de The Last Performance (1998) de Jérôme Bel. Pero la cosa cambia y enseguida el espectáculo se aleja de la gravedad ontológica que, como sugirió André Lepecki (2006: 60), nos podría haber hecho pensar en el famoso dilema de Hamlet.  Basta de citas y referencias.  A pesar de la trascendencia de las palabras pronunciadas, la declaración no parece ser mucho más que la excusa para comenzar. A partir de ahí, la acción se desplegando poco a poco y sin interrupciones hasta el final. Lo que ellos hacen, da un poco igual: las acciones no son especialmente significativas o necesarias. Podrían ser otras y la cosa no cambiaría demasiado.  Lo interesante es que la acción (así, en singular y casi en abstracto) se convierte en el vehículo a través del que se desata un proceso que arrebata por completo a los intérpretes y que hace aparecer en escena “algo” que, bien pensado, quizás sí que tenga que ver con la declaración de Bel (¡ay!). Pero antes de intentar contar qué es ese “algo”, intento explicar lo que hacen de forma más clara.  ¿Han observado alguna vez a un grupo de niños  de entre 4 y 8 años jugando libremente sin que ningún adulto interrumpa o controle su juego? Si están sanos y han tenido la suerte de que sus padres no les hayan enchufado a los putos babyeinsteins, a los putos bobesponjas o a las putas videoconsolas y el juego libre no ha sido algo extraño en sus vidas, esos niños, muy probablemente comenzarán a hacer cosas en grupo. Uno de ellos, quizás accidentalmente, empezará a hacer algo pequeño y aparentemente insignificante. Poco a poco, sin que esté muy claro por qué, los demás se irán uniendo a la acción y ésta se irá transformado, fragmentando, aumentando en intensidad, desmembrando, creciendo hasta el absurdo… hasta que la acción se convierta en una expresión gratuita y gloriosa de grupo que quizás desemboque, accidentalmente, en otra nueva pequeña acción a partir de la cual se volverá a repetir el proceso. Pues bien, esto es lo que hacen Juan Domínguez, Rafael Lamata y Jaime Vallaure en el espectáculo: la declaración grave del principio desata una serie continua e hilvanada de acciones a los que ellos se entregan sin reserva y casi sin límite. La verdad, da igual si esas acciones están definidas antes, si las han ensayado o no. Lo interesante es que ese “hacer”, ese jugar sin condicionantes externos, les pone en un estado de conciencia “suficientemente” alterado como para que ante nuestros ojos de espectadores aparezca ese “algo” que mencioné antes. Y aquí llega la parte delicada. Lo que en los niños es una maravilla y supone realmente un camino de conocimiento y conquista del entorno, en los adultos puede ser síntoma de una simpleza un poco inquietante. Ver a estos tres hombres pasándoselo como enanos, perdiendo por completo los papeles, dejándose ir por el simple gozo de dejarse ir en grupo, puede ser ciertamente muy divertido, pero el hecho no es tan inocente como lo es en los niños. No me refiero a nada raro, la performance es absolutamente cotidiana. Imaginen: un grupo de amigotes en el bar o en el sofá con las cervezas, viendo el fútbol. Eso. La escena es muy graciosa de ver, ellos se lo pasan en grande y se expresan sin límites. Pero sin duda, en esa performance hay mucho más que el simple y llano “dejarse llevar” entre amigos.  Imaginen que además, ese desmadre (no voy ponerme psicoanalítico, pero no me digan que la palabra no invita a dejarse llevar por un bonito desvarío simbólico…)  lo sacamos del entorno cotidiano-privado y lo metemos en un escenario. La cosa se complica, ¿verdad? Lo primero que se hace evidente es que estos chicos que exhiben su desparpajo, su poderío y su gracia en un contexto profundamente connotado como el teatro, no son los señores del bar de debajo de su casa: resulta que son lo que en las culturas burguesas, capitalistas, occidentales llamamos “artistas”. Es decir, forman parte de ese gran relato que llamamos Historia del Arte. Y da la casualidad de que, precisamente ese relato, se nutre de personajes dispuestos a hacer el papel de héroes, de hombretones que no tienen miedo a nada, independientes, visionarios, geniales, que disfrutan sin límite con sus amigotes, dispuestos a romper con lo que haya que romper, dispuestos a conquistar su propia subjetividad y a mostrarla al mundo en toda su verdad y crudeza… o, dicho de forma muy ordinaria, dispuestos a poner los cojones sobre la mesa. ¿Les suena, verdad?,… los chicos del Cedar’s bar neoyorkino, Pollock lanzando pintura como poseído en la peli de Hans Namuth (1951), los coonskinners imaginados por Harold Rosenberg… Inevitablemente, dentro del teatro, esa  sesión de desparrame testosterónico, se convierte en una suerte de puesta en escena de la Historia del Arte más rancia y convencional. Los “Personajes” pasándoselo pipa en escena, no están haciendo otra cosa que encarnar esa figura heroica asignada tradicionalmente al “artista-hombre” o lo que Amelia Jones tan acertada e irónicamente llama the “pollockian performative” (1998: 53 y ss.). Así, sorprendentemente, lo que, a juzgar por lo que el contexto promete, podría haber sido una oportunidad de hacer preguntas incómodas, de cuestionar de forma crítica aquello que hacemos, acaba siendo una extraña reafirmación de los aspectos más rancios, modernos y obsoletos del teatro. Los Personajes no van más allá de la celebración simple de la posición privilegiada que les ha sido asignada por la cultura: hacen lo que hacen porque ellos pueden y  se les permite. Y al final, nosotros, más espectadores que los espectadores del Teatro Hägen Dasz,  acabamos ante una especie de divertidísimo espectáculo antropológico en el que podemos observar como tres ejemplares de la especie “hombre-pasando-por-su-middle-age-crisis” se expresan.  Con distancia, resulta gracioso.

Jaime Conde -Salazar

REFERENCIAS

-JONES, A., 1998, Body Art. Performing the Subject, University of Minnesota Press

- LEPECKI, A., 2006, Exhausting Dance, Routledge

 

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