Las narraciones sutiles

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eduard mont de palol

Fotografía de Roger Rosell

Construye castillos en España, de Eduard Mont de Palol. Festival In-Presentable. La Casa Encendida. Madrid. 12 de junio.
Mano viva, de Girovago e Rondella Family Theatre. Festival Titirimundi. Teatro Valle- Inclán. Centro Dramático Nacional. Madrid. 12 de junio.

Madrid. Domingo. Tarde indolente y deliciosa de finales de primavera. En un ejercicio de voluntad, decido no atender a las tentaciones que las calles despliegan ante mí y me meto en el teatro. Hoy, doblete.
Uno. Teatro convencional construido dentro de una sala de exposiciones. Caja negra travestida de cubo blanco. En la pared del fondo han dibujado con cinta adhesiva negra una pequeña línea irregular e inclinada. En el suelo gris un micrófono en su pie, un altavoz, otro altavoz, dos guitarras, otro altavoz, un organillo eléctrico, otro altavoz, una pequeña mesa de sonido y muchos cables forman una especie de diagonal accidental. Al entrar, Eduard Mont de Palol está ya allí de pie. Lleva unos zapatitos blancos, unos pantalones azules y una camisa con palmeras igual que la que tengo yo pero amarilla. Recorre el perímetro de la sala parándose en lo que podrían ser unos puntos cardinales aproximados e imaginarios. Su mirada se dirige a otro lugar. Parece que sus ojos están viendo algo distinto a lo que la mirada común que traemos de la calle, ve. Al hacerlo, construyen de forma muy sutil el lugar de la representación. De alguna manera, sus ojos hacen una labor arquitectónica: aunque no vemos más que un cubo blanco de pega, queda muy claro que la escena es un lugar distinto del que ocupamos los espectadores. Se acerca al micrófono, canta una melodía simple de apenas seis notas, la graba y la reproduce en loop. Ya se ha marcado el perímetro con la mirada, ahora toca modelar el aire que llena todo ese espacio. Los objetos en línea son un camino. Ese camino hay que cruzarlo para obtener cosas, principalmente para fabricar nuevos sonidos que se vayan acumulando y que vayan dando un carácter preciso al lugar de la representación. Ahora hay que construir el castillo a ritmo de la melodía: corta trocitos de cinta negra y sin perder el ritmo dibuja sobre el muro del fondo el perfil de un castillo. En una de las almenas, coloca una lucecita de colores. Es el punto de fuga. Igual que el tradicional castillo del telón de fondo del primer acto de Giselle. Pero aquello es el Rhin y esta historia sucede en España. No para de hacer cosas. Todas las acciones tienen como fin modelar el aire de ese lugar invisible que poco a poco se despliega ante nosotros. Eduard Mont de Palol crea un entorno sutil: el castillo en el punto de fuga revela que se está contando una historia. O aún mejor, se está contando un cuento, un exquisito cuento de hadas con castillo y todo. Lo que pasa es que no hay relato, no hay palabras que hagan que los detalles se concreten. No escuchamos los detalles de la peripecia. No hace falta: parece que el espectáculo consiste en que lleguemos a escuchar el lugar en el que sucede ese cuento sin palabras. Ni lenguaje ni visión. Solo la imagen sonora del espacio que se construye ante nosotros. De vez en cuando y de forma muy discreta, parece que el artista deja sus labores de arquitecto de lugares invisibles y se convierte en protagonista de la peripecia. Pero quizás esto es solo una alucinación mía. Acaba la acción y descubro el texto del cuento en el programa: “Durante la primera semana ella hizo el ala sur del castillo con las páginas internacionales de Südedeutsche Zeitung y tras gritar siete veces “give me no affliction” los muros se volvieron más sólidos y pudo empezar con el ala este, el ala norte y el ala oeste. La segunda semana, una lechuza le dijo que allí dentro encontraría un tesoro, así que se puso a cavar con un par guitarras eléctricas bien amplificadas y en ese agujero quedó una piscina. Finalmente se dio cuenta de que todo esto no tenía nada que ver ni con el capitán Toby Shandy, ni con el agrimensor K, ni con el rabino Sadok Ben Mamoun y así lo demuestra bailando sobre la torre de vigilancia”. Ese era el cuento.
Salgo a la calle con Quim, que me invita a una cerveza a cambio de que le haga compañía mientras come algo en casa. Antes de que acabe su comida, debo salir escopetado. Si yo fuera él, no me volvía a invitar a nada. Corro hacia la Plaza de Lavapiés y llego por los pelos.
Dos. En una sala de teatro convencional, la escena se multiplica: sobre las tablas han colocado un pequeño escenario semicircular de menos de un metro de diámetro en forma de mesa. A un lado, una silla tras un foco pequeño colocado en un pie; al otro, dos sillas.  Entran los músicos, se enciende la luz y un hombrecillo nos presenta a los dos personajes: ella y él. Cada mano es un cuerpito: en el corazón, la cabeza; en el anular y el índice, los brazos; en el pulgar y el meñique, las piernas. Sobre la mesita escenario, ejecutan sus números. Acrobacias, equilibrios, trucos, gags y números musicales. Excusas para demostrar las maravillas que estos cuerpitos-mano son capaces de hacer y para hacer que ocurran sucesos fantásticos ante nosotros. No hay relato, solo pura peripecia. Y para eso basta una bombilla, dos manos, un acordeón y unos cuantos instrumentos para hacer ruido.
Jaime Conde-Salazar

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