De relojes

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Christian Marclay. The Clock. Illuminazioni. Arsenale.

54 Biennale di Venezia.

Al final de la primera nave de ladrillo del Arsenale hay instalada una pantalla grande donde se proyecta un vídeo. Sorprendida, me doy cuenta que delante de ella hay unos cuantos sofás blancos, invitantes, donde sentarse y verlo tranquilamente, algo que no suele pasar aquí, donde se te hinchan los tobillos de tanto estar de pie ante los vídeos. (Apelo a los comisarios: sillas, por favor). Bien, después del paseo para llegar al Arsenale, conseguir las acreditaciones y perdernos cada uno por nuestro lado por los anchos pasadizos del recorrido, decido sentarme un ratito en esos cómodos sofás mientras se hace la hora para encontrarme con mis amigos en el pabellón vecino del ILLA, a eso de las 15:30.


Busco un sitio en la penumbra. Me siento. Empiezo a ver el vídeo. Nicolas Cage y sus secuaces están tramando algo. Me viene rápidamente a la cabeza la obra de Vezzoli con Sharon Stone (Democrazy), de hace un par de bienales, pero al poco tiempo me doy cuenta de que en este caso no se trata del reclutamiento de una estrella cinematográfica, sino de un fragmento de una peli de verdad. Después, seguido, una película antigua en blanco y negro, en la que aparece Joseph Cotten, tal vez se trate de El tercer hombre, pero la secuencia es muy corta y no me da tiempo a cerciorarme. Sigue otra escena de una peli de los años 70, en la que un tipo apunta en un cuadernillo la hora y sus pulsaciones… La cosa se empieza a poner hipnótica, y me concentro en adivinar de qué peli se trata, visto que delante de mis ojos pasan un sinfín de fragmentos de películas, todos seguidos, con una finalidad que todavía no llego a captar, dado que, como nuestros amigos los surrealistas, he empezado a ver el vídeo cuando éste ya había empezado, y además tampoco sé cuánto tiempo falta para que termine… sigo pues con mi Trivial cinematográfico: Bob de Niro en una escena de Taxi Driver, intentando quedar con Cybill Shepherd después de que ella salga del curro. La siguiente no la conozco: unos niños en clase, parecen esperar a que suene la campana. Charles Chaplin en una escena de El gran dictador… Busco en mi bolso el móvil para ver la hora: las 14:45. Bien, todavía puedo quedarme un rato más. Levanto de nuevo la vista hacia la pantalla. Entonces oigo claramente a alguien que dice: las 3 menos cuarto. Ha sido Chaplin. No puede ser… ¡qué coincidencia! Sigo viendo el vídeo. Otro fragmento de otra película: el protagonista de la escena se mira el reloj, y constata que son las 14:47. Saco otra vez mi móvil del bolso: las 14:47. Obviamente esto ya no es una coincidencia.
Aún a riesgo de que me quiten el sitio en el cómodo sofá, me levanto a ver la cartela: The Clock. Christian Marclay, 2010. Duración: 24 horas. Fascinada, me siento de nuevo a beberme el vídeo. Son las 14:50, aquí y allí. Siento como un vértigo que hace que mi butaca se incruste en la pantalla. Estoy allí, dentro de la peli, justo en este pre-ci-so mo-men-to. El tiempo se agrupa en una misma línea gracias a la imagen de un simple reloj: todo pasa en el mismo momento, la máquina del tiempo existe, todo el arte es contemporáneo, la película de toda una vida es posible, el Empire en un plano fijo de ocho horas, Monet cogiendo el lienzo adecuado a la hora adecuada para seguir pintando la catedral de Rouen, un bodegón de Zurbarán paralizado mientras el tiempo pasa y la fruta se pudre en este lado y permanece intacta, a lo Dorian Grey, en el otro. Y el vídeo de Marclay es una respuesta más a las cábalas del tiempo, una demostración paradójica de la magia del montaje cinematográfico que preconizaba Eisenstein como el mejor método para capturar la atención del espectador. Un intersticio más que llena una obra de arte.
Casi dos horas viendo un vídeo en una exposición de arte contemporáneo. Impensable. El tiempo mínimo y el impacto súbito que pretendemos cuando vemos un vídeo – de pie- en el cubo blanco de una galería, se queda en este ambiente propiciatoriamente cinematográfico reducido a una pretensión absurda y sin sentido, dispuestos a desafiar la película de 24 horas de Marclay. Tener la experiencia de ver una película durante 24 horas. De mirar el reloj 24 horas y de vivir en el spleen más largo que ninguna burguesa ociosa paciente de Freud, hubiera podido soportar.
Y después de haber pasado allí ese buen rato, cuando ya finalmente nos levantamos algo aturdidos y salimos de este cine (que no es un cine sino una sala de exposiciones), queremos entender cómo narices a hecho Marclay para buscar cada reloj, cada conversación en la que se aludiera a una hora del día, a un minuto, a un segundo, de todas estas películas, la mayoría yanquis (o al menos las que se ven entre las 14:35 y las 15:55)… ¿50 asistentes tragándose pelis durante 3 años y apuntando cada vez que sale un reloj? ¿Un buscador de guiones cinematográficos en el que un suertudo introduce la palabra “time” y le sale una lista con todos esos momentos uno por uno? ¿Y del dinero a espuertas para pagar todos los derechos de cada fragmento de cada peli (detrás está White Cube, no problem)? ¿Y del grupo de montadores contratados durante años para unir cada uno de los minutos de una película de 24 horas? Un trabajo casi épico, un proyecto que roza con la locura más absoluta de querer atrapar el tiempo. Un desafío rítmico, compartimentado como una partitura que no tiene principio ni fin… como las películas que, entrando a tropel en el cine oscuro y a destiempo, querían ver los surrealistas.

 

Celia Díez

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