Las palabras y Pessoa

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Club Fernando Pessoa, fotografía de Jordi Bover

Club Fenando Pessoa de  La Societat Doctor Alonso. Festival In-Presentable. La Casa Encendida. Madrid. 13 y 14 de junio.

La descripción que sigue, se la he robado a Alberto Reis. Economía de medios.

“ Club Fernando Pessoa” de la Sociedad Doctor Alonso comienza con un juego de luces que resulta muy revelador. Paralelos a la pared del fondo hay una docena de focos que forman una cuadrícula. Poco a poco se enciende el primero en la esquina superior izquierda, y luego el de al lado siguiendo la misma intensidad creciente, hasta completar una fila, y luego la fila inferior se ilumina siguiendo el mismo patrón, siempre con la misma lógica hasta que finalmente toda la cuadrícula se ha iluminado. A continuación se inicia el mismo juego siguiendo las columnas en vez de las filas y más tarde se completan otras progresiones que siempre implican una lenta evolución. De repente, todos los focos lanzan dos destellos intermitentes con apenas medio segundo de intervalo y el público se ríe.”

Este es el principio. Se me ocurre que la risa del público la produce el hecho de que hemos sido pillados “con las manos en la masa”. Las luces que se encienden hacen que, inconscientemente, nuestros cerebros creen secuencias que ordenan los fogonazos: aunque sabemos que son puntos de luz que se encienden independientemente, nosotros “leemos” inevitablemente los movimientos y vemos “de izquierda a derecha”, “de arriba abajo”, “una fila”, “una columna”. Así, el fogonazo final viene a ser algo así como un “¡Te pillé mirando!”, un “sé que estás ahí y que estás dispuesto a “leer” o “interpretar” todo lo que pase en escena… así que no te hagas el inocente”. Desde ese momento queda claro que la materia prima que llena el escenario no es otra cosa que nuestra atención.

Después, el escenario se ilumina desde lo alto. En el centro, una mesa cuadrada con tres sillas colocadas en tres de los lados dejando el lado que corresponde a la “cuarta pared” vacía. Supongo que ese vacío es nuestro lugar simbólico: un poco amenaza, un poco confirmación de nuestra posición. En un extremo un teclado y al otro una mesita con un radiocasete. Entran los actores: Mía Esteve, Ramón Giró y Sofía Asencio. Se sientan y hacen una escena de teatro tradicional en la que nos hacen saber que ellos están haciendo “como si” estuvieran en una sesión de una especie de club terapéutico en el que se dedican a analizar fragmentos del Livro do desassossego por Fernando Soares de Fernando Pessoa. Se saludan escuetamente y comienzan su tarea del día: analizar palabra por palabra el siguiente fragmento “Cuántas veces yo mismo, que me río de semejantes seducciones de la distracción, me encuentro suponiendo que sería bueno ser célebre, que sería agradable ser mimado, que sería brillante ser triunfal.” Y  eso es lo que hacen literalmente durante casi todo el resto del espectáculo.

La sorpresa está en que el análisis “palabra por palabra” que ellos hacen no tiene nada que ver con esas labores concienzudas propias de la impostura académica. Aquí no hay semiótica, no hay literatura, no hay teoría crítica, no hay historia, etc. Lo que hacen los actores es convertir cada palabra en una acción. Hacen las palabras. Pero no es que intenten ilustrar su significado o que intenten interpretarlas o performarlas (perdón por el  palabro) para que nosotros seamos veamos una idea convertida en un hecho. Más bien, lo que ellos hacen es que las palabras resuenen “a su aire” y se transformen en pequeñas situaciones inconexas, absurdas y muy divertidas. Es como si su trabajo fuera hacer visible el eco que estas palabras generan en el espacio en el que estábamos entonces (idea ésta que ya se planteaba en Caldo primordial, la propuesta que la compañía hizo en el festival LP’11: el aire está lleno de los ruidos que producimos) El análisis no es el vehículo de ninguna interpretación del texto. El texto es tratado como una acumulación de palabras accidental: realmente, los actores podrían haber el  mismo trabajo con otras palabras que, incluso no formaran frases entre ellas. Después del análisis,  la cita del libro de Pessoa queda destrozada, hecha trocitos inconexos. Como consecuencia, nuestra atención no puede hacer nada, se encuentra con un material que se escapa continuamente a nuestra necesidad  de leer y componer secuencias de sentido. Lo único que podemos hacer es aguantar nuestra atención frustrada, esperar, dejar que pase el tiempo, que se acaben las palabras.  Y entonces, llega el momento de robar un poco más. Esta vez un trocito del delicioso libro que Harold Schweizer dedica al asunto de la espera. Dice: “La fugaz intuición de nuestra propia duración que podemos tener en la espera- parecida a cuando, de repente e intermitentemente, oímos batir nuestro corazón- suele provocarnos un extraño desasosiego. De ahí que podamos creer que el compulsivo interés por la “duración exagerada, en cuanto duración” del tiempo podrá servirnos como una distracción que nos permitirá pensar y dejar de sentir. No queremos sentir nuestro durar, no queremos oír la música de lo que somos”. Y más adelante: “ Somos, como decía Adorno. “personae vacías, a través de las cuales el mundo puede resonar”. Al mirar intensamente el reloj , desplazamos y objetivamos el intermitente y desasosegante sentido de nuestra duración. Preferimos pensar a sentir. Preferimos demorarnos, más de lo debido, en una nota a oír el incesante zumbido de la vida profunda” (2008:25). Claro, cuando la atención se bloquea, deviene el desasosiego. Precisamente, el desasosiego.

Insisto, lo único que se puede hacer es aguantar con dignidad  a que acaben. No es difícil, no hay que asustarse porque, como decía, las acciones son graciosas .  Además, hay premio si uno es capaz de  guardar la compostura y dejar que la procesión vaya por dentro. Cuando llegan al punto final, Ramón pone un cd, se apagan las luces y comenzamos a oír la voz de Luis Carlos Viejo leyendo fragmentos del Livro do desassossego. Después de casi una hora de resistencia sistemática al sentido, éste se nos ofrece a bocajarro, en su mayor esplendor, es decir, como sonido puro, como voz sin dientes. Y nos vamos a casa del brazo de Pessoa.

Jaime Conde-Salazar

REFERENCIA

-          SCHWEIZER, H., 2008, La espera, Sequitur

 

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