Corpus Reginae

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Glory Hole de Regina Fiz y Sebas Beyro

 

Glory Hole, de Regina Fiz en colaboración con Sebas Beyro. Galería La Pieza. Madrid. 23,24,25 y 30 de junio. 1,2 y 3 de julio.

 

Ochenta días después del primer jueves después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera se celebra la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Como es habitual, ya se encargan las jerarquías eclesiásticas de afear y desactivar la fiesta con su palabrerío vacío, su clásica estupidez y su descarada ignorancia. Sin embargo y a pesar de todo, la fiesta tiene su interés no sólo desde un punto de vista antropológico sino también por lo que se hace. La cosa empieza con un acto de fé: el celebrado cuerpo de Cristo es un trozo de pan ácimo. Suena raro, pero si lo pensamos bien, a diario damos saltos de creencia mucho más complejos: aceptamos que eso verde que venden en bandejas de corcho naranja es pollo, que esos extraños señores que toman decisiones nos representan, que  Bin Laden existió y está muerto en el fondo del mar (¿se habrá encontrado ya con el famosísismo Bob Esponja?), que se pueden comprar cosas haciendo cierto gesto con un trozo de plástico plano, y que si metes ese mismo trozo de plástico en ciertos tipo de muro, aparecen unos papeles de colores con los que también puedes comprar cosas,  que existe una cuarta pared, que esas telas cubiertas de pintura subastadas en Sotherby’s valen cantidades de dinero que ni siquiera alcanzamos a imaginar, etc. Actos de fe cotidianos. En esta ocasión, celebramos que esa una lámina redonda de pan sin levadura es Cristo. Acabamos de dar con el origen del arte conceptual. Una vez aceptado esto, lo que hay que hacer es exponer ese cuerpo. Hay que sacarlo a la calle. Y para eso, se coge el cuerpo-pan y se coloca en un dispositivo en forma de caja circular de cristal que permite verlo desde fuera y, a la vez, lo protege y separa del exterior. Esta cajita se rodea de todo tipo de materiales preciosos llegando a formar auténticas arquitecturas soñadas de oro, plata y piedras preciosas. Se ve, pero no se toca. El acto de adorar implica exclusivamente a la mirada. La custodia marca  el punto de fuga: un agujero, una promesa de profundidad en la que todas las líneas del mundo visible convergen.
Pues bien, la deslumbrante artista brasileña Regina Fiz, estrenó el día del Corpus Christi su última obra en colaboración esta vez, con Sebas Beyro. Y no puedo evitar pensar (aunque seguramente esté muy equivocado) que se trata de un brillante a la vez que oscuro re-enactment de la fiesta católica.  Madrid, 23 de junio de 2011. Por fin, ha comenzado a hacer calor. Cinco y media de la tarde. La luminosidad es cegadora. Las gafas de sol, apenas sirven para paliar la luz blanca y seca. Al entrar en la galería La Pieza, te ofrecen unos auriculares. Te advierten de que tengas cuidado al entrar, de que vayas despacio. No les haces mucho caso porque estás impaciente. Te pones los auriculares y entras sin más. Y nada más cruzar el telón doble tu propio cuerpo desaparece. Te has quedado ciego y sordo (solo oyes la música celestial que sale por los auriculares) y no te atreves a ponerte palpar o a buscar algo que te de alguna referencia espacial. Todo está muy oscuro. Sólo puedes oler un aire húmedo y cargado y sentir que el suelo se ha hecho blando bajo tus pies aunque sigue sosteniéndote. Aguantas la incertidumbre como puedes. Pasado un rato los ojos deslumbrados comienzan a ver: primero un leve reflejo rojizo; luego los círculos de luz de donde provienen los reflejos;  más tarde, distingues el bulto en el que se han perforado esos círculos. Entiendes: la luz que se escapa a través de unos agujeros redondos del tamaño de una Hostia de las que este mismo día se pasean por las calles, viene del interior de un volumen que parece flotar en la oscuridad y cuyos perfiles no acabas de distinguir bien. A pesar de que ahora ves cosas, sigues sin tener cuerpo: te has convertido en un punto de vista puro. Tú solo ves. Ya has conseguido lo que querías. Estás en el teatro perfecto. La oscuridad envuelve y rodea la caja escénica. Y además, la cuarta pared (que, como se ha demostrado infinitas veces, se puede vulnerar sin demasiado esfuerzo ni consciencia) ha sido eliminada y sustituida por las perforaciones circulares en los cuatro lados de la caja. No hay un punto de vista frontal y obligado. En este teatro, al contrario que en el tradicional, no estás obligado a la parálisis. Tu cuerpo-ojo puede moverse a su antojo por la oscuridad y sigue siendo invisible. Tú vas y vienes, y el espectáculo sigue porque la música pegada a tus oídos nunca para. Ha llegado el momento de que descubras el objeto de tu mirada, es decir, lo que contiene la escena. A través de un agujero ves una pierna con medias; unas manos que hacen trizas unas telascon unas tijeras enormes (tijeras y uñas, encuentro interesante); unas manos que trenzan; un palo; unos zapatos negros brillantes y de tacón; un trozo de una espalda; un trozo de un corsé rosa; un pelazo negro; y un antifaz de lentejuelas negras que se cierra con hebilla. Es imposible ver una imagen total y completa. Al perder la visión frontal y paralítica has perdido también el poder sobre la imagen. Solo si haces el esfuerzo de componer en tu imaginación esos trozos, podrás entender lo que pasa en la escena. Durante un rato te resistes: prefieres disfrutar de la belleza no comprometedora de los fragmentos. Pero la mente funciona a su aire. Entiendes, casi inconscientemente,  que es Regina que, sentada dentro de su escena construida para la ocasión, se ocupa de una extraña labor: cortar, trenzar, tejer.  Entonces caes en la cuenta de que, al desaparecer el proscenio, te has quedado fuera. Las paredes opacas de la caja te separan radicalmente de ella encerrando el cuerpo de Regina en una especie de custodia. Se ve pero no se toca. Es el precio que se paga por renegar del cuerpo propio y querer ser solo ojo. La angustia te hace sudar: “lágrimas derramadas por deseos atendidos” dices para tus adentros. Lo más que puedes hacer es acercarte mucho a una de las ventanitas redondas. Hazlo, no tengas miedo, arrima tu ojo-cuerpo al agujero-proscenio. Aunque tú no lo sabes, si eres capaz de sobreponerte a la pérdida y te dejas llevar, te espera la gloria. Quizás Regina levantará su mirada y te reconocerá. Entonces descubrirás que tienes lengua y que tienes boca también. Y que ésta se abre sola para decir “amén” y para recibir de seguido el cuerpo de Regina. No muerdas. Deja que se pegue al paladar.  Chupa. Espera a que la saliva haga su trabajo. Aunque cuando lo viste te pareció oro, en la boca descubres que es de chocolate con leche. Este es su cuerpo: traga. Te has comido el teatro. Y ahora, vuelve a la luz abrasadora y sé discreto.

Jaime Conde-Salazar

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