Por el otero asoma

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Diego Velázquez, Cabeza de venado, Museo del Prado

Retratos de Fayum+ Adrian Paci: sin futuro visible. Photoespaña. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.
Del 1 al 24 de julio.

Con la excusa de rendir homenaje a John Berger, Gerardo Mosquera, el comisario de esta exposición, ha decidido hacer coincidir el vídeo Centro di Permanenza temporanea del artista albanés Adrian Paci con una exquisita selección de retratos de momia encontrados en la región de Al-Fayum, pintados entre los siglos I y IV después de Cristo y procedentes de las colecciones del British Museum de Londres. No se asusten, el encuentro no es del todo desafortunado aunque, después de poco más de tres minutos, la atención prescinda de las ocurrencias contemporáneas y se entregue a las misteriosas tablillas.
¿Qué pasa?, ¿por qué su llamada es tan poderosa?, ¿por qué te has quedado enganchado en esa extraña, anacrónica y deliciosa galería de retratos construida para la ocasión?  El comisario, en el texto de presentación dice que “son las primeras fotos de carnet”, es decir, que quizás son el ejemplo más antiguo que recordamos de imágenes a las que les reconocemos el poder de invocar la presencia del representado. Los retratados están ahí, en el preciso momento y lugar de su aparición. Las tablillas podrían ser algo así como la tecnología más antigua y sofisticada que conocemos para atrapar el instante en el que un individuo es. Estás ante la imagen paralizada de un sujeto. Los historiadores explican que este hecho sucede gracias al estilo realista, pero vistas las tablillas de cerca, se hace evidente que no es esa la cuestión. Es otra cosa: tiene que ver, más bien, con la puesta en escena que ejecutan todas esas esas miradas. Esos ojos que miran hacia afuera, que buscan implacables los tuyos, generan un espacio de representación simétrico que hace que las dos miradas sean equivalentes. Los de las tablillas nos reconocen como individuos de la misma manera que tú eres capaz de reconocerles a ellos. Sujeto y objeto comienzan a bailar y los límites se desdibujan. ¿Dónde empiezas tú y dónde acabo yo? se escucha cuando sucede el cruce de miradas.
Quieres más. Pero este museo embarcado en unas obras de remodelación interminables, no da más de sí. Caes en la cuenta de que, caminando ligero, en menos de quince minutos, estás en el Museo del Prado. Ni el calor ni las rebajas te hacen desistir. Pones rumbo a la pinacoteca para encontrar más miradas como las de las tablillas, para entender qué es lo que éstas hacen. Llegas y empiezas por el principio: Las Meninas. Esperabas llegar y triunfar. Pero la obra se resiste: sí, la mirada de Velázquez asomándose por el lienzo tiene algo de lo que estas buscando, pero, para tu sorpresa, no es eso. Sus ojos no son los mismos que vemos en las tablillas, hablan mucho más de ti mirando el cuadro, que del propio Velázquez. No son sus ojos los que hacen el retrato.Tienes que seguir buscando. Cruzas las salas hasta cruzarte con otro buen amigo: Cupido, Venus y Adonis de Annibale Carracci. Esa es sí es la mirada. El encuentro de los ojos de Venus y Adonis: ese instante sorprendente en el que uno deja que el amor disuelva la separación entre uno mismo y lo que ve. Es ella. Es él. Se dicen los personajes. Esa es la mirada de las tablillas. Pero no la puesta en escena. El cuadro es una especie de esquema de cómo tiene que suceder la acción, se ven los dos extremos que se encuentran, las dos miradas pero tú te quedas fuera, no existes para ellos por mucho que Cupido reclame tu atención. Sabes que los retratados de Al-Fayum te buscaban a ti, miraban hacia afuera para que tú entendieras que ellos eran esa imagen. Debes seguir investigando. Quizás los Apóstoles de Ribera. Tampoco: a pesar de que son tipos “reales”, en esas imágenes, encarnan a los santos, es decir, no necesitan tu mirada para ser. Vuelves a Velázquez y pasas por delante de Las Meninas, sin mirar demasiado. De repente, al cruzar una sala, notas el dardo. Afilas el olfato, giras sobre ti y ahí están: esos son los ojos que andabas buscando. Recortada sobre un fondo bastante neutro como de nubes, descubres la misma mirada de las tablillas. Dice la cartela que el cuadro se puede considerar un “retrato”. Hacia 1634, Diego Velázquez pintó la cabeza de un venado que ocupa prácticamente toda la tela en un primer plano en el que incluso parte de los cuernos se quedan fuera de campo. No hay duda de que se trata de que veas los ojos que te buscan. Has salido de caza. Llevas horas caminando por el bosque. De repente, entre las ramas a tu izquierda… ¡zás!. Te quedan quieto. Por un instante, el tiempo se para: os reconocéis. Ninguno se atreve a apartar la mirada. Has dado con la presa. ¿O es el ciervo que te ha cazado a ti con su mirada desde el otro lado, igual que sucedía con las tablillas? El instante no puede ser más frágil, sabes que en cualquier momento, desaparecerá. Y quizás esa es la clave: las imágenes a las que atribuimos la capacidad de hacer presente a alguien, son siempre esquivas,  eluden paradójicamente la representación. Como el ciervo. Sin embargo, ahora, te has quedado clavado frente a las tablillas y las telas pintadas, atrapado frente a esos ojos a punto de desaparecer, de salirse de campo, de dejar de estar ahí para siempre. Cual pésimo cazador, eres incapaz de levantar tu arma, apuntar y disparar. Y el animal acaba por huir. Has dejado que el miedo a convertirte en la presa, se apodere de tu voluntad. Has perdido tu oportunidad. Por suerte, tienes que cruzar el Retiro para llegar a casa. Y, a estas horas, sabes que es muy probable que aparezca otra oportunidad de cazar: basta con estar atento a las miradas.

Jaime Conde-Salazar

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