James Castle

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James Castle. Mostrar y Almacenar. Museo Nacional Reina Sofía.

Una mañana soleada Nicéphore Niépce abre las ventanas de su apartamento en Le Gras y durante ocho horas la luz queda fijada en el alquitrán. No hay ni pájaros, ni nubes, ni figuras humanas: están las estructuras y los tejados inmóviles, sin intención de contarnos nada. La imagen es un registro negro, de límites confusos pero perfecto en perspectiva y proporciones.

James Castle no dibuja. Utiliza la saliva y el hollín para limpiar la superficie de los cartones y sacar desde la oscuridad el dibujo que ya estaba allí, un poco bruto, muy preciso. Como si lavase el alquitrán de su primera fotografía, dentro están la casa, el granero, sus figuras colocadas… y para descubrirlas, hay que devolver esos cartones y cuerdas a las formas con las que tuvieron sentido.

James Castle no es sordo. No nos escucha porque está muy concentrado mirando, averiguando todos los detalles y transformando las superficies en paisajes. No podemos decir que no sabe leer, lleva toda la vida mirando las curvas y los remates de las letras, entendiendo sus formas y combinaciones más allá de su significado, preocupándose por los contenedores de los pensamientos.

James Castle se sienta en el suelo de su casa y repasa con el dedo todo lo que ve. Una puerta abierta en ángulo nos invita a mirar hacia otra estancia: un poco desde abajo, hay demasiado techo en la imagen

James Castle observa el comedor de su casa y ve como la mesa se llena de platos y vasos, de cacharros con comida, de fruta y de carne. Desaparecen y aparecen unas horas más tarde. Día tras día se repite la misma operación, se cubre la superficie de la mesa para ir vaciándose poco a poco en el transcurso de cenas y comidas. Se repiten los cacharros una y otra vez, los caparazones que transportan los alimentos y las bebidas son el resumen de lo que acontece diariamente. Siempre están por allí.

Hiroshi Sugimoto llega al borde del mar y se sienta a mirar el horizonte, y lo hace durante mucho tiempo, por la mañana y por la tarde, con el sol vertical del verano y con el rasante del invierno, con un poco de viento y cegado por el resplandor de la primera niebla, casi a oscuras, fijándose mucho en la línea que separa el agua del aire, o dejando que se borre. Siempre el mismo mar, el que siempre ha estado allí y que ha podido ser observado por tantas generaciones, durante millones de años, sin cambios. James Castle es la cámara de fotos que utiliza el japonés, paciente y precisa, sin embargo, con la capacidad de dejar partes desenfocadas. El mar no tiene que hacer nada, se deja mirar y con eso ya sabemos quién es, lo mismo ocurre con los cuencos, los graneros y las habitaciones, con los muñecos y los abrigos, sólo con estar ya nos cuentan muchas cosas, sin intención, sin interpretación.

No es lo que hacen los objetos, es lo que hace su mirada sobre ellos. Nuestra mirada sobre su mirada sobre ellos. A James no le interesan las acciones. No le interesan los materiales nobles ni los temas. No le interesa la narración. Le interesa mirar hasta que los detalles tienen sentido, hasta que destapa la naturaleza de cada fragmento.

 

Chisco Villar

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