Cine de Verano 7

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Querido F.:
No debí acabar mi última carta preguntándote por Roma. A todas luces fue un error. Nombrar La Ciudad en combinación con la visita del Papa, me ha sumido en un profundo estado de melancolía chunga. Me he pasado cuatro días pegado al televisor de la habitación del balneario.  Entre tratamiento y tratamiento, entre sudor y sudor, no me he perdido ni uno solo de los movimientos de Su Santidad y no he parado de repetir para mis adentros “Roma, Roma, Roma…”.  Ni las asquerosas frases hechas, ni las consignas repetidas hasta la saciedad por los comentaristas del evento, ni los alardes repugnantes de los jerarcas españoles, ni la inquietante simpleza de los detractores oficiales del evento, ni el baboseo de los políticos, ni los papaflautas, ni las perraflautas, ni las banderitas, ni los escenarios construidos para la ocasión (es muy interesante ver cómo el lenguaje racionalista combinado con el Opus Dei resulta en un extraño, cursi y relamido ejercicio de arquitectura), ni las megafonías, ni los animadores berreando por las megafonías, ni el hedor de las masas coreando frasecitas cual hooligans, ni los gestos de autoafirmación totalitaria, etc. han logrado distraer mi atención de Benedicto XVI. Él sí que sabe. Es alucinante cómo, en medio de tanta ordinariez, chabacanería e ignorancia acerca del catolicismo, él es capaz de distanciarse sutil pero firmemente y mostrarse ajeno a los bajos intereses de los organizadores de este evento absurdo que, por otra parte, parece aspirar a convertirse en algo así como una inauguración cutre de unos juegos olímpicos del catolicismo totalitarista(¿?). Al margen de todo eso, él va a lo suyo, es decir, a ser Papa, es decir, a actuar como tal en el mundo. Y para poder llevar a cabo su tarea ha convertido Madrid en Roma. Pero cuando digo Roma, no me refiero a la ciudad concreta, con sus calles, plazas y fuentes concretas, con sus sitios de comer concretos. Me refiero más bien a Roma como la forma que tenemos  de nombrar el escenario en el que el Papa se muestra y manifiesta. Cuando el Papa pone el pie en Madrid, la ciudad se convierte de inmediato en Roma, esto es, en el lugar de su presencia y en el que se despliega la figura que él encarna. Por eso hace las cosas que hace. Fíjate. B16, antes de venir, mandó al Museo del Prado El Descendimiento de Caravaggio y ha hecho que sus colecciones se ordenen para ilustrar la vida de Cristo. B16 entró en Romadrid a pie por la Puerta de Alcalá haciendo que este monumento funcione como un arco de triunfo romano e imperial. B16 se desplazó sentado en un trono transportado dentro de un automóvil, la versión actual de los tronos portátiles antiguos. B16 ofició en una Plaza de Cibeles sutil y sorprendentemente transformada (gracias a la distribución de las masas y a la colocación del altar) en el oval de la plaza de San Pedro. B16 se sentó en un trono colocado en lo alto de la escalinata del Patio de los Reyes del Monasterio de San Lorenzo del Escorial justo en el eje visual que conecta la puerta exterior, la entrada a la basílica y el sagrario. B16 hizo que la Semana Santa se celebrara en pleno agosto. B16 se vistió de oro a pesar de la implacable calorina. B16 cogió con sus propias manos desnudas la custodia y ofreció el Cuerpo de Cristo a la adoración de las masas. Etcétera. ¿No te resultan familiares todas esas acciones?, ¿no te hacen recordar ese lugar en el que no teníamos otra obligación más que dejarnos llevar día tras día? Pues a mí sí. Y como te digo, este recuerdo, me ha puesto nostálgico, algo muy inconveniente en este momento en el que ya se divisa el final del verano, la verdad. Así que para paliar los efectos secundarios de la fascinante visita retransmitida ampliamente por Telemadrid e Intereconomía (para la última aparición del Papa, Nieves Herrero lució un modelito negro y púrpura igualito al de los cardenales… ¡impagable!) , he recurrido a una película que muestra con mucha gracia ese escenario papal en el que fuimos (casi) felices: Ieri, oggi, domani (Vittorio de Sica, 1963). Como se puede intuir en el título, la película tiene tres actos. Cada uno es una historia totalmente distinta que sucede en una ciudad distinta: Nápoles, Milán y por último Roma. En todas reinan Marcello Mastroiani y Sofía Loren que en cada historia son personajes distintos pero iguales. Paso apresurado por Nápoles y Milán porque lo que quiero es llegar a Roma cuanto antes. Mara (Sofía Loren) es una joven prostituta gloriosa y graciosísima que vive en un ático que da la Piazza Navona. Pegando a su terraza viven unos ancianitos con su nieto que es seminarista y que, cómo no, acaba totalmente enamorado de Mara. Tanto que en un momento dado decide colgar los hábitos para cortejar a la Loren. Ante la desesperación de Augusto Rusconi (Marcello Mastroiani), cliente boloñés absolutamente entregado, la Loren le asegura a la abuela que va a conseguir que el nieto vuelva al seminario y para ello hace una promesa: si el nieto vuelve, ella deja de acostarse durante una semana con sus amantes. Finalmente, después de una extraña escena, el chico coge el bus para el seminario, Mara hace el famoso streaptease que luego recuperaría Robert Altman (Prêt-a-porter, 1994) y el señor Rusconi aúlla. Se me ocurre que todo este precioso cuentito escrito por Cesare Zavattini es una hermosa metáfora de esa Roma-escenario-papal que se materializó en Madrid la semana pasada. Lástima que el rastro que dejó tras de sí no fuera el recuerdo dulce de un abrazo lleno de calor de pechuga de la Loren sino una montaña de basura. Al final, Madrid, volvió a ser Madrid. Y la vuelta al cole se aproxima implacable.
Besos,
J.

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