Cine de Verano 9

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Querido F.:
Me parece que esto ya no da más de sí. Hay un momento en el que uno se da cuenta de que los días son más cortos y de que anochece antes. Es la señal de que la fiesta se ha acabado, de que ya no hay permiso para pasar las noches sudando indolente en el sofá.  Toca retirarse, recomponerse y hacerse a la idea de que ya hace fresquito y no tiene sentido trasnochar. Como despedida, he vuelto a ver Who’s afraid of Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966). El hecho de que todo suceda tras la fiesta de comienzo de curso que el presidente de una típica universidad americana ofrece a los profesores, me hizo pensar que era la película perfecta para invocar la vuelta al cole. Martha (Elizabeth Taylor), hija del presidente y George (Richard Burton) profesor mediocre de historia vuelven a su casa dentro del campus. Es ya muy tarde pero Martha ha invitado al nuevo profesor del departamento de biología (George Segal)y a su mujer pavisosa (Sandy Dennis) a tomar una copa en su casa.  Y se arma la de Dios es Cristo. No paran de hablar. No paran de gritarse. No paran de beber. No paran de oírse palabras gruesas. El ritmo del diálogo es vertiginoso: insultos, sarcasmos, ironías, chistes, juegos de palabras, más insultos, confesiones, reproches, más insultos… Se me antoja que la pareja George- Martha es en realidad la pareja Brick (Paul Newman)- Maggie La Gata de Cat on a hot tin roof (Richard Brooks, 1958) pero diez años después cuando todo lo que esperaban que iba a pasar en sus vidas ya ha pasado y ha resultado ser mucho más mediocre de lo que nunca imaginaron. La situación es deprimente. Y sin embargo, ellos son fascinantes. No se sí es ese blanco y negro modernísimo que les hace brillas. O simplemente es la combinación mirada-voz de la Taylor y el Burton. Durante dos horas no paran de retarse en un duelo verbal a muerte en el que no se dejan en la recámara ni un solo recurso que pueda herir al otro. Desparrame total en el que vísceras y trapos sucios se convierten en armas arrojadizas. Pero el tiempo pasa. Y, de repente, amanece. Entonces sobreviene el silencio. Sorprendentemente, todo parece volver a la normalidad. Después de la tempestad, llegan las clases, los horarios, los ritmos, los compromisos, las metas. Se me ocurrió que era una bonita manera de enfrentar la vuelta.
Besos y, ¡hasta el verano que viene!
J.

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