La labor del dramaturgista

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En los últimos años han proliferado los programas  residencias para artistas  por todo el país. Sin duda, este hecho es un síntoma de que se ha comenzado a reconocer la importancia de los procesos de creación que se entienden no tanto como un periodo de ensayos, sino más bien como un periodo de investigación relacionado con lo que recientemente se ha dado en llamar “producción de conocimiento”. Pero no todo ha sido color de rosa. Al ser un fenómeno que ha llegado tan tarde a nuestro país, también ha llegado, en algún sentido, muy viciado. La ya larga crisis de los centros coreográficos franceses o la revisión en clave neoliberal de las políticas culturales que se está llevando a cabo en los Países Bajos son solo dos muestras de que las residencias no son la panacea. Hoy sabemos que, en muchas ocasiones se han convertido en una manera fácil de rentabilizar  infraestructuras culturales nacidas sin contenido; en una manera muy barata de que las instituciones se conviertan en coproductores haciendo una inversión mínima; en una manera rápida de contentar a la comunidad artística; y, finalmente, en una manera muy sutil de controlar y condicionar la libertad que debería dar naturaleza a todos los procesos de creación.
Asociado al fenómeno de las residencias para artistas, ha aparecido una figura que no es del todo nueva pero que ha recibido una atención sin precedentes. Últimamente se ha hecho habitual referirse a esa figura cercana al artista utilizando un nombre que viene del deporte pero que en las dos últimas décadas había comenzado a utilizarse en la terapia psicológica: el coach. El nombre se refiere a algo así como a un “entrenador personal”.  A  comienzo de los 90, era muy común que las estrellas del cine comercial tuvieran un coach que les ayudara individualmente a preparar los papeles, a pulir modos de hablar, a enfocar la interpretación etc. Pero pronto comenzó a estar presente también en otros ámbitos de las artes escénicas, como el teatro y la danza. El coach empezó a ser entonces aquella persona que sin compartir autoría, aconsejaba acerca de la composición y, en algunos casos, llegaba incluso a establecer las líneas conceptuales principales de una obra. En realidad, no era nada nuevo: esa labor no era otra cosa que una reelaboración de lo que tradicionalmente hacían los dramaturgos y directores de escena.  Con la expansión del fenómeno de las residencias y la consecuente puesta en valor de los procesos de creación, la labor del coach adquirió un nuevo matiz: ahora se trataba de “acompañar” el proceso de creación, la cuestión no era tanto ayudar en la construcción de la obra final como contribuir al desarrollo ideológico de un proceso independientemente del resultado al que llegara de dicho proceso.
Pero esa labor, ¿en qué consiste exactamente?, ¿se trata de un oficio que puede aprenderse?, ¿cómo alguien llega a ser o a hacer de coach?…
No es fácil responder a ninguna de estas preguntas y, sin embargo, las personas haciendo de coach proliferan al igual que lo hacen las residencias. Es por ello que pensamos que es necesario que tenga lugar un debate en el que se reflexione y se discuta acerca de cuál es la misión y el sentido de esa figura.
Para empezar, nuestra contribución a este asunto consistirá en dos acciones. La primera es dejar de utilizar la palabra coach con el fin de liberarnos de todas las connotaciones deportivas y terapéuticas y de todos los equívocos que estas introducen. A partir de ahora utilizaremos el nombre dramaturgista. Se trata de una palabra bastarda que  Word no reconoce y que es el resultado de traducir de una manera muy bruta y seguramente equivocada el sustantivo alemán “Dramaturg”. “Dramaturg” hace referencia a esa figura que desde mediados del s.XVIII se ocupaba de lo que hoy llamaríamos  la dirección artística de los teatros estatales alemanes. Siguiendo la experiencia de Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781) en Hamburgo, el “Dramaturg” elige los textos que van a ser representados, organiza la compañía, escribe los programas y textos explicativos, establece las líneas ideológicas de un teatro, etc.
Es cierto que la palabra “dramaturgo” existe en español y que quizás no suena tan mal como “dramaturgista”. Pero “dramaturgo” se entiende comúnmente como quien escribe textos teatrales o quien se ocupa de la composición dramática de una obra. Así que hemos decidido utilizar la palabra dramaturgista para hacer evidente que se trata de alguien que hace una labor distinta al dramaturgo.
La segunda acción que llevaremos a cabo es publicar en Continuum una colección de doce pequeños artículos en los que trataremos de abordar la cuestión de en qué consiste la labor del dramaturgista. En realidad, no serán textos completamente originales: son una especie de glosas a los doce puntos a través de los cuales Marianne Van Kerkhoven describió su labor en un artículo titulado  “Looking without a pencil in the hand” (“Mirar sin tener un lápiz en la mano”) incluido en el número 5-6 de 1994 de la revista Theatreschrift. Esta serie de comentarios darán una visión general de la cuestión y, en el mejor de los casos servirán de punto de partida para discusiones de más empeño.

Jaime Conde-Salazar

 

5 respuestas a “La labor del dramaturgista”

  1. tanya dice:

    Seguiremos con interés.

    Gracias.

    T.

  2. tomas dice:

    He sido dramaturgista y solo el titulo de mirando sin un lapiz en la mano me rsulta muy sugerente, seguiremos con interes 2

  3. P.G.D dice:

    Muy interesante. Seguiremos con interés 3.

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