01 La labor del dramaturgista. El secreto

Print Friendly

 

1. The request to talk or write about it leads time and again to the same awkwardness: the feeling of being asked to reveal someone else’s culinary secrets or recipes.
( 1. Que te pidan que hables o escribas acerca de ello, lleva una y otra vez a la misma sensación incómoda: se te pide que reveles los secretos culinarios o recetas de alguien que no eres tú.)
(Marianne Van Kerkhoven, 1994, “Looking without a pencil in the hand”, Theatreschrift, # 5-6)

 


¿Qué hace un dramaturgista? Convencionalmente se dice que una dramaturgista acompaña procesos de creación.  Pero como buena convención, lejos de aproximar una posible respuesta lo que hace es aplazar o acallar el problema contenido en la pregunta. “Acompañar procesos de creación” es, sobre todo,  una contestación hermética que nos reenvía a la misma pregunta original convirtiendo la cuestión en un misterio o incluso en una especie de secreto, en algo de lo que no se puede hablar. Y quizás sea así pero no porque estemos tratando con una suerte de conocimiento oculto que solo se revela a los iniciados sino porque lo que la dramaturgista hace es muy vago y se nutre de la incertidumbre. Estrella de Diego dice que un secreto “es aquello que no se puede acabar de decir, ni contar, aquello que permanece abierto a las interpretaciones” (Travesías por la incertidumbre, 2005, 113). La labor del dramaturgista es en ese sentido un secreto: algo que se escapa a nuestra capacidad de decir, algo a lo que no nos podemos referir con claridad a través del lenguaje.
Luego viene el apuro. La pregunta produce incomodidad porque acaba refiriéndose a algo que nos es ajeno, que no nos pertenece. Se trata de desvelar el secreto de “otro”, se nos está pidiendo que cometamos una indiscreción imperdonable. Pero, ¿quién es ese “otro”?, ¿de dónde ha salido? Últimamente, ando enganchado a Downton Abbey, la serie del canal británico ITV. Es una especie de Arriba y abajo (Upstairs, Downstairs 1971-1975) pasada por Gosford Park (Altman, 2001), sazonada con un poco de Retorno a Brideshead (Brideshead revisited, 1981) y rematada con la presencia de Maggie Smith (la pesada y encantadora prima Chalotte en A room with a view, Ivory, 1985). Nada que no hayamos visto ya, lo cual no quita gracia al asunto en absoluto. El caso es que en el primer capítulo de la segunda temporada hay una escena en la que una criada recién llegada a la casa se pone a chismorrear asuntos de la familia con una desconocida. Anna, el ama de llaves, presencia la escena y de inmediato reprende a criada: “What is the first law of the service? We don’t discuss the business of this house with strangers!!”  (¿Cuál es la primera norma del servicio? ¡ No se hablan de los asuntos de la casa con extraños!”) En una casa de esa importancia, el servicio es un cuerpo simétrico al cuerpo de “los señores” y ambos están sometidos a una estricta jerarquía. Uno y otro lado forman parte del mismo todo: “la casa”. Se trata de un organismo a través del que fluye la información y ese flujo es lo que permite que todo funcione. En realidad, nadie, ni señores ni sirvientes son dueños de nada (unos están allí por cuestión de sangre y otros están allí por cuestión de clase) pero todos están comprometidos en la existencia y la vida de esa entidad. La información de lo que allí dentro solo sólo tiene sentido para quienes forman parte del organismo. “La casa” al igual que ese “otro” al que se traiciona al intentar responder la pregunta acerca de la labor del dramaturgista, son instancias a las que se refiere todo el trabajo. Lo que se hace se justifica solo dentro de esa instancia y con relación a las características propias de ese interior. Hacer público lo que allí sucede o, al menos, intentarlo, es una cuestión delicada porque exponer implica que se extirpa un hecho del contexto en el que ha sucedido y mostrarlo fuera de éste; y también porque, por mucho que nos esforcemos, el lenguaje, no basta para explicar ciertos fenómenos, ciertas particularidades que quizás solo tienen sentido en un determinado momento o lugar.
Así, lo único que podemos hacer es bordear los límites del secreto, aproximar sus perfiles. De la mano de Marianne van Kerkhoven, intentaremos cometer esta indiscreción con la mayor delicadeza posible a través de los once comentarios que seguirán.

Jaime Conde-Salazar

Una respuesta a “01 La labor del dramaturgista. El secreto”

Deja tu comentario

 
+(reset)-