04 La labor del dramaturgista. De tanto mirar.

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4. Dramaturgy is also the passion of looking. The active process of the eye; the dramaturge as first spectator. He should be that slightly bashful friend who cautiously, weighing his words, expresses what he has seen and what traces it has left; he is the “outsider’s eye” that wants to look “purely” but at the same time has enough knowledge of what goes on on the inside to be both moved and involved in what happens there. Dramaturgy feeds on diffidence.”
(4. La dramaturgia es también la pasión por mirar. El proceso activo del ojo; el dramaturgista como el primer espectador. El dramaturgista debe ser ese amigo un poco tímido que con mucha precaución, sopesando sus palabras, explica lo que ha visto y los restos que eso que ha visto, ha dejado; es el ojo exterior que simplemente quiere mirar pero que al mismo tiempo posee suficiente conocimiento de lo que sucede en el interior como para conmoverse e implicarse en lo que pasa allí. La dramaturgia se alimenta de la prudencia.)
(Marianne Van Kerkhoven, 1994, “Looking without a pencil in the hand”, Theatreschrift, # 5-6)

Lo primero que hay que hacer es observar, mirar con cuidado. Para ello, es fundamental conocer la posición propia, ser muy consciente del lugar desde el que se mira. Pero no se trata de levantar una atalaya de autoconsciencia que proteja al dramaturgista de cualquier influencia o afección. Todo lo contrario, conocer el punto de vista propio debe ser una manera de hacerlo vulnerable, de exponerlo a todos los accidentes y consecuencias que el desarrollo del proceso pueda traer. Hay que estar preparado para que la mirada propia se transforme cuando sea necesario y, por esa razón, es necesario conocer cuál es el punto de partida.
Al contrario que otros sentidos como el tacto o el gusto, la vista requiere distancia: vemos las cosas del mundo a través del espacio que nos separa de ellas.  Dicha distancia es un fenómeno dúctil que puede someterse a distintas economías, intereses o sistemas haciendo que la acción de ver sea diferente según las condiciones que regulen esa distancia. No es lo mismo ver a través del espacio de Santa Sofía de Estambul, que a través de los jardines del Anguri Bagh en Agra o que a través de la nave de la Iglesia del Sancto Spirito en Florencia. Podemos decir que el sistema hegemónico de gestión de esa distancia en las culturas burguesas capitalistas es lo que se ha dado en llamar perspectiva lineal. Por defecto, miramos desde fuera y tratamos el mundo como una suerte de promesa de profundidad: las cosas están más allá, lejos del lugar que ocupamos. Ver es una forma de afirmar que estamos separados de lo que vemos, que somos sujetos individuales. El teatro, tal y como se concibe desde que se introdujo primero la luz de gas y luego la luz eléctrica a lo largo del primer tercio del s.XIX, es quizás el aparato más sofisticado en el que se realiza esa forma de mirar controlada por la perspectiva.
Pero mirar siempre desde fuera, puede llegar a ser un problema. Por mucho que aparatos como el microscopio y el telescopio o recursos como el primer plano, hayan logrado acercarnos visualmente a las cosas (como quizás nunca imaginamos que sería posible), permanecemos (por una cuestión cultural) separados de ellas, no tenemos acceso al interior. Por mucho que Vesalio, el fundador de la anatomía moderna, armado con la promesa de profundidad formulada por la perspectiva, se atreviera a abrir cuerpos para observarlos y estudiarlos, nunca llegó al interior porque cada vez que desvelaba una capa, cada vez que exponía a la mirada una parte del cuerpo, ésta se convertía inmediatamente en una superficie exterior. Permanecer instalados siempre en esa mirada distante puede ser útil para sobrevivir en la vida cotidiana, pero esto implica renunciar a recibir cierta información quizás más delicada y que no se ve a primera vista pero que, en un proceso de creación, puede llegar a ser muy importante.
Por ello el dramaturgista debe cultivar tanto una mirada convencional basada en la estructura simbólica propia de la perspectiva, como también una mirada más sutil que no le separe de la realidad en la que trabaja y que le de acceso a lo que sucede en el interior del proceso en el que está implicado. El dramaturgista tiene moverse constantemente de la simpatía a la antipatía, de la unión con lo que ve a la separación de aquello que ve y viceversa. Este movimiento es lo que le permitirá ver matices y detalles internos que pasan desapercibidos para la mirada ordinaria, a la par que mantiene una visión global y distante del proceso. La información que se obtenga en este vaivén de la mirada, no debe utilizarse nunca como un instrumento de poder, control, represión o de afirmación de autoridad/autoría sobre el proceso. Recurriendo a un ejemplo fácil de la cultura televisiva actual, pensemos en la repugnancia que produce el modo en el que un personaje como el detestable Risto Mejide utiliza su capacidad de ver en los talent shows de turno. Algo huele a podrido cuando un dramaturgista acaba pareciéndose a Risto Mejide. Es el hedor de la traición y la torpeza. Por eso, al tiempo que la mirada se hace cada vez más afilada y precisa, es necesario cultivar el olfato para saber qué camino es el adecuado para transmitir una información y  el tacto para identificar los límites que no conviene traspasar.
Jaime Conde-Salazar

3 respuestas a “04 La labor del dramaturgista. De tanto mirar.”

  1. tomas dice:

    sigo con interés las entregas.
    En esta última, la de la mirada la cosa ya se pone mas interesante y compleja.
    Añado a lo expuesto que para mi un ejercicio dificil pero también necesario para el dramaturgista es intentar en la medida de lo posible mirar des de el desconocimiento, situarse ante la página en blanco con la mirada del niño, capaz de dar espacio a la sorpresa, darle no solo espacio, sino verosimilitud i por tanto relevancia.
    A veces uno mira pensando que tiene que revelar algo cuando da un feed-back, pero a veces también pienso que solo mirando y describiendo lo visto la revelación aparecerá por si sola, como si se tratara de un arte de estar allí, sin empujar, amable, dispuesto.

  2. Jaime Conde dice:

    Justo! Muchas veces la tarea que toca es mirar y dejar que la mirada haga. Lo que le corresponde al dramaturgista entonces es hacer de señuelo, de poste que marca una posición.
    Gracias Tomás por tu comentario!!
    Feliz año!!

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