En medio

Print Friendly

maria jerez

La coartada perfecta de María Jerez. Livingroom Festival Madrid. 19 de diciembre de 2011

Partamos de la idea de que el teatro es una estructura performativa , es decir, robándole las palabras a Beatriz Preciado, se trata de una suerte de arquitectura “que produce la subjetividad que dice albergar” (Testo yonki,2008, p.134). Simplificando mucho podemos decir que esa subjetividad que el teatro produce y alberga, se conforma según un sistema muy simple de dicotomías que establece que el punto de vista está separado del objeto de la visión y que, además, ese punto de vista es invisible e incorpóreo: a un lado el sujeto al otro el objeto, a un lado oscuridad y a otro la luz, a un lado la invisibilidad y al otro la visibilidad total, a un lado la parálisis al otro el movimiento, etc. En el teatro tradicional, quien mira está física y simbólicamente separado de quien es mirado. Esta estructura realiza la manera de estar en el mundo característica de la cultura occidental burguesa moderna y cualquier alteración de la misma conlleva una transformación de dicha subjetividad. Desde el teatro alterado, el mundo se ve de otra manera.
En sus obras anteriores, María Jerez había llevado a cabo la tarea concienzuda de delatar al sujeto que mira y que permanece protegido en la oscuridad del patio de butacas del teatro convencional. En El caso del espectador (2004) la obligada unidad visual de la escena se fragmentaba a través de distintos juegos y artefactos visuales. La imagen llegaba al espectador troceada de modo que solo si éste  se hacía cargo de su propia presencia y emprendía la labor de componer todos los pedazos, podía acceder a la narración. The Real Fiction (2006), obra en la que colaboró con su hermana Cuqui Jerez y con Amaia Urra, destrozaba la continuidad (the show must go on) a la que está obligada cualquier cosa que suceda en escena. La ansiedad que provocaba esta ruptura de la unidad temporal,  hacía evidente la expectativa de seducción que, inevitablemente ejerce y afecta a todo aquel que se sienta en el lado oscuro del teatro. Por último, la película The Movie (2008) desplegaba en la pantalla una deslumbrante colección de signos propios del lenguaje cinematográfico estableciendo con los espectadores una complicidad casi inconsciente que revelaba cómo, una vez que nos sentamos en la sala, dejamos de ver las cosas “tal cual son” y empezamos a ver todo a través de todas las convenciones narrativas que el cine ha ido desarrollando a lo largo de su historia.
Estas tres obras delataban  la presencia del espectador y la economía que esta impone. Y, al hacerlo, el teatro, como estructura de representación, dejaba de ser esa máquina perfecta cuyo funcionamiento puede llegar a pasar desapercibido: los motores y engranajes comenzaban a hacer demasiado ruido. Pero esto sólo era el primer paso. Quizás no es suficiente con delatar el funcionamiento del edificio y arruinar sutilmente la subjetividad que éste impone. Una vez que se ha hecho esto, aparece la posibilidad de levantar otras posibles estructuras de representación y ver qué pasa. Es el momento de la arquitectura.
María Jerez ya había probado lo que significa construir en su obra This Side Up (2006) en la que ayudada por un equipo de “constructores” levantaba un teatro de cartón. En este caso la acción de construir se entendía de una forma literal: se trataba de materializar una estructura espacial cuya tipología y funcionamiento estaban establecidas por convención. Sin embargo, en su última obra La coartada perfecta (la película) (2011), la arquitectura es tomada como algo mucho más complejo que realmente tiene el poder de establecer las condiciones del ser de quienes entran en su edificio. La estructura es muy simple: una pantalla; frente a la pantalla, los espectadores; y tras los espectadores, el proyector. Podría parecer un cine pero no lo es. Lo que se proyecta es la pantalla de un ordenador en la que se van generando distintos documentos de Word: alguien, está escribiendo cosas mientras nosotros miramos, alguien nos está contando una peripecia a través de un texto.  Lo que hace este artefacto espacial tan simple es repetir la estructura que se produce cuando nos ponemos a escribir en un ordenador: en un extremo nuestros ojos; entre medias nuestros dedos que teclean; y en el otro extremo la pantalla en la que nuestros pensamientos se convierten en imagen (escritura). Nada que ver con el cine que lo más lejos que llega es a prometernos que hay un lugar y unos tiempos distintos del que ocupamos.  En este nuevo edificio que María Jerez ha levantado, los espectadores estamos en medio: entre la pantalla y los ojos de quien escribe. Así, nos convertimos en una especie de testigo interno del sujeto que está produciendo el texto. Dicho de otra manera, estamos dentro del cuerpo-cabeza de la autora-actora y asistimos a cómo ella “existe” durante el tiempo que dura la obra. Pero no hay distancia, no hay un espacio que nos deje fuera de proceso de ser, o aún mejor, del proceso de estar siendo.  La consecuencia inmediata de la eliminación de esa distancia es que el cuerpo deja de ser una imagen: ya no se trata de ver un bulto que reconocemos como el objeto que no somos nosotros y que se ofrece a nuestra mirada. Extrañamente, el cuerpo de la autora-actora se convierte en algo que es sustancialmente lo mismo que nosotros y que, además, no tiene nada que ver con esos bultos de carne que se colocan en el escenario y que estamos acostumbrados a consumir como imagen. La presencia se convierte en algo escurridizo que se parece mucho a ese cuerpo que Lepecki imagina de la mano de Schilder: “un cuerpo que va siempre por detrás de su llegada y siempre por delante de su partida, un cuerpo que nunca está del todo allí, en el contexto de su aparición” (Agotar la danza, 2008, 96) El cuerpo (nuestro cuerpo, es decir,  el de la autora-actora y el de los espectadores) es algo que sucede en la lectura, en esa consciencia que se va desgranando a lo largo de las líneas que componen el texto. El cuerpo deja de ser una imagen estable y sólida e, inevitablemente, la presencia se convierte en otra cosa.
Y quizás ahí es donde aparece el punto más brillante de toda la obra: a través de la lectura, se revela el poder performativo, es decir, el poder de crear consciencia de una herramienta tan ordinaria como el procesador de textos Word.  Al leer, tiene lugar un proceso inmediato y casi inconsciente de identificación y comenzamos a pensar con la estructura de Word: planos que se superponen, capas de reflexión en las que descompone la subjetividad, niveles de consciencia por los que transitamos sin solución de continuidad, tipografías que son actitudes, tamaños que dan el tono, fondos de pantalla que crean lugares, efectos que se convierten en sucesos… (inevitablemente, aquí surge la pregunta “¿Word repite la estructura del pensamiento humano? ¿o más bien, hemos acabado pensando con la estructura de Word?”). El espectáculo es el suceder mismo de ese sujeto que se realiza en capas en el texto que va apareciendo en la pantalla y con el que nosotros, los invitados a entrar en este edificio, acabamos identificándonos. Por eso desaparecen los límites que separan la realidad de la representación. Semejantes categorías dejan de tener sentido porque todo ocurre en el mismo espacio: la música a toda pastilla de los vecinos de arriba afecta al texto del mismo modo que a nuestros oídos. No hay un afuera, no hay un más allá en el que vayan a suceder las cosas mientras nosotros las miramos sanos y salvos atrincherados en la oscuridad simbólica del patio de butacas. En el edificio que María Jerez ha levantado no hay profundidad, no hay punto de fuga que reduzca el espacio a una mera promesa de distancia.  Allí solo se puede estar (que no deja de ser una manera de ser): esa es la peripecia que redefine la presencia no en términos de visibilidad sino como la experiencia de estar participando de una subjetividad, de una consciencia que nos hace pensar las cosas de la manera concreta que nos propone la autora-actora. Estamos dentro de su casa, física y simbólicamente. No se me ocurre un ejercicio más arriesgado de exposición.
Jaime Conde-Salazar

Una respuesta a “En medio”

Deja tu comentario

 
+(reset)-