07.La labor del dramaturgista. Escribir para lo público

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mano siete

7. By means of his/her writing about production, the dramaturge smooths the way towards its public airing. Whatever he/she writes must be “correct”, it must describe the work in an evident and organic way and lend it a guiding hand on the way to its life in society, a life that often has a destructive effect on its meaning.
(7. A través de lo que escribe sobre una producción, el/la dramaturgista facilita la llegada de esa producción al público. Todo lo que escriba debe ser “correcto”, debe describir el trabajo de un modo evidente y orgánico y debe ofrecerse como una mano capaz de guiar la producción hacia su vida en la sociedad, una vida que muy a menudo tiene un efecto destructivo en su significado.)
(Marianne Van Kerkhoven, 1994, “Looking without a pencil in the hand”, Theatreschrift, # 5-6)

A pesar de que en muchas ocasiones resulte absurdo, en las sociedades actuales, concedemos más valor a la escritura que a otras expresiones efímeras. Lo que se escribe tiene el poder de establecer las condiciones en las que se define, al menos,  la vida pública: las leyes, el conocimiento formal, los contratos, la historia, las uniones, etc. se realizan y reconocen a partir de documentos escritos. Así, podemos decir, grosso modo, que la escritura ocupa un lugar privilegiado y de autoridad. Por ello, al escribir para lo público (espectadores, pero también instituciones y organismos), el dramaturgista se coloca, inevitablemente, en cierto lugar de poder. Hay que hacerse cargo de este hecho y asumir que, más allá de lo que uno consiga decir en sus textos, la escritura por sí misma sitúa el discurso en un lugar seguro que lo aleja sutilmente de la sospecha y el cuestionamiento.
Cuando el dramaturgista escribe para lo público, tiene la obligación de ser claro en lo que quiere contar y, sobre todo, ceñirse a la realidad del objeto que se quiere presentar. Muy a menudo nos encontramos con programas de mano o con proyectos que hablan de cosas que nada tienen que ver con lo que, en realidad, ocupa al artista o que somos incapaces de entender por la oscuridad de la escritura. En este sentido, a veces ocurre que el dramaturgista acaba escribiendo textos cuya principal misión es legitimar una obra o un proceso, desplegando espectaculares artefactos hechos de grandes palabras, citas a las autoridades de moda y referencias rebuscadas. En esos casos se está obviando el hecho de que el dramaturgista tiene el poder de facilitar la recepción de una obra. Esto no tiene nada que ver con ser didáctico con el público asumiendo que éste no tiene la capacidad de entender las cosas. No es eso. Se trata más bien de exponer con claridad los materiales, las cuestiones y también las narraciones que están presentes en una obra o en un proceso. Nada más. Luego, cada cual, ya sea hará su composición de lugar y sacará sus propias conclusiones.
La escritura no debe convertirse en una herramienta paternalista que evite o dificulte el encuentro de una obra o proceso con lo público. Es un error que el dramaturgista ceda al miedo y para defenderse a sí mismo y al proyecto, o para complacer a algún grupo de opinión  que necesite afirmarse en la negación, ejerza la autoridad que concede la escritura y utilice la Teoría para construir una trinchera en la que ocultarse. La teoría debe ayudar a entender, debe mostrar otras maneras de ver las cosas, debe suponer un reto, debe ser capaz de conectar cosas dispares, etc. pero nunca debe ser un medio para proteger y cultivar el miedo. Por eso el dramaturgista está obligado a la claridad y a la corrección cuando escribe para lo público.
Las obras y los proyectos solo tienen sentido cuando se devuelven a la sociedad que ha creado las condiciones para que existan. Y el trabajo del dramaturgista con la escritura debe ayudar a que las obras se encuentren con su destino. No hay lugar para el miedo.

Jaime Conde-Salazar

 

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