09. La labor del dramaturgista. La discreción.

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9. Dramaturgy is a limited profession. The dramaturge must be able to handle solitude; he/she has no fixed abode, he/she does not belong anywhere. The work he does dissolves into the production, becomes invisible. He/she always shares the frustrations and yet does not have to appear in the photo. The dramaturge is not (perhaps: not quite or not yet) an artist. Anyone that cannot, or can no longer, handle this serving- and yet creative- aspect, is better off out of it.
(9. La dramaturgia es un oficio con límites. El dramaturgo debe ser capaz de manejarse con la soledad, no tiene una morada fija, no pertenece a ningún lugar. El trabajo que hace se disuelve en la producción, se hace invisible. Debe compartir todas las frustraciones pero no tiene que aparecer en la foto. El dramaturgo no es (quizás no del todo,  no todavía) un artista. Cualquiera que no pueda hacerse cargo de esta posición de servicio- a la vez que – es mejor que se mantenga al margen de la dramaturgia.)
(Marianne Van Kerkhoven, 1994, “Looking without a pencil in the hand”, Theatreschrift, # 5-6)

No está clara cuál es la recompensa del dramaturgista. O dicho de otra manera, la recompensa del dramaturgista permanece oculta.
De los artistas esperamos  que se expresen en ámbito público. Concebimos las obras como manifestaciones públicas abiertas a que las personas que lo deseen se relacionen con ellas. El contexto en el que se muestran es el que establece  las condiciones en las que la obra se ofrece a los espectadores. Las obras se muestran y por eso, una parte importante de la recompensa que recibe el artista viene de lo público y tiene un carácter público. El éxito tiene que ver con el reconocimiento, con recibir la aprobación o la admiración de personas que el artista no necesariamente conoce de antemano o que seguramente nunca llegará a conocer. Habitualmente, los artistas más apreciados son socialmente muy visibles no solo porque muestran sus obras sino porque además representan y encarnan una figura que tiene mucha importancia dentro del imaginario colectivo de nuestras sociedades globalizadas. Por decirlo así, los artistas reconocidos, no son considerados “sociedad civil” ya que ocupan cierto lugar de privilegio, aunque solo sea simbólico. Esto es así porque la figura del artista sigue formando parte dentro de esa otra figura superior y más poderosa que llamamos “el autor” que viene a ser algo así como el héroe (masculino por defecto) individual y solitario que se distingue del resto de los mortales porque es capaz de producir expresiones geniales y reveladoras, de suscitar admiración y de distinguirse del resto de la masa de población. Esta es una de sus principales recompensas. Paradójicamente, a pesar de que hace tiempo que sabemos que esa figura del “autor” está muerta, nuestras sociedades no hacen más que producir nuevas encarnaciones que renuevan la cara del cadáver. Quizás la actualización más reciente y potente de la figura del autor y del artista es lo que en la cultura pop llamamos “estrella”.
Pues bien, el dramaturgista debe mantenerse ajeno a todos estos fenómenos. No hay que olvidar que el dramaturgista ni es autor ni comparte la autoría de una obra. Los dramaturgistas más estrictos exigen que su nombre nunca aparezca ni en programas, ni en proyectos y evitan que su nombre sea utilizado como instancia de autoridad. El dramaturgista debe ser invisible socialmente y su presencia debe pasar completamente inadvertida para la esfera pública. El dramaturgista está al servicio de un proceso de creación y todo lo que venga después de ese proceso (llámese obra, representación pública, etc.) no le incumbe y no debe afectarle. Por eso, su labor debe estar limitada, esto es, debe permanecer dentro de los límites de lo privado, de la intimidad. El hecho de que conozca las tripas de una obra, de que haya estado comprometido en el desarrollo de procesos complicados (muchas veces), de que haya suministrado ideas, de que haya propuesto soluciones, no le da ningún derecho a reclamar ninguna autoría. Si lo hiciera estaría poniendo en cuestión su propio trabajo y la necesidad de su propia presencia; siendo autor es imposible mirar desde fuera, mantener una distancia con lo que se está haciendo: y ese es el principal cometido del dramaturgista.
Pero esta obligación de alejarse de lo público no significa que el dramaturgista no tenga su recompensa. Retirado del “éxito” y del reconocimiento público, el dramaturgista permanece a la sombra y allí recibe cierto poder sutil que reside en lo no visible, en lo oculto, en lo que está fuera de control, en lo inconsciente, quizás. Se trata del poder de quien conoce los secretos y sabe custodiarlos.  Así, quien no esté seguro de ser capaz de mantener la boca cerrada y de ser ejemplo de discreción, debería apartarse por completo de esta tarea.

Jaime Conde-Salazar

2 respuestas a “09. La labor del dramaturgista. La discreción.”

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