En el punto de fuga

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Cédric Andrieux de Jérôme Bel. Festival Escena Contemporánea. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid). 9 de febrero de 2012.

 
El escenario está vacío, la iluminación es blanca y uniforme y se ha colocado un telón de fondo negro. Él entra acarreando una bolsa de deporte y una botellita de agua. Las deja al borde del escenario, camina hacia el centro, se para y dice: “Buenas tardes. Yo soy Cédric Andrieux”. Luego, continúa contando la relación que ha tenido con la danza contemporánea a lo largo de su vida ilustrando cada hito con pequeñas demostraciones. Empieza hablando de su paso por la escuela de danza local, luego Cunningham, Trisha Brown y acaba en Jérôme Bel.
La puesta en escena es la misma que Veronique Doisneau (2004), la obra que Jérôme Bel creó por encargo de la Ópera de Paris, y que, a su vez, repetía Le dernier spectacle (1998) pero sin micrófono. La acción se repite: al igual que en los casos anteriores lo que hay que hacer es colocarse en el punto de fuga y pronunciar la expresión ontológica por excelencia “Yo soy Fulanito de Tal”. La frase pone en funcionamiento la máquina que llamamos teatro. Por un lado, nos permite nombrar el cuerpo que vemos en escena y asignarle una identidad individual que se concreta en el relato, aparentemente, autobiográfico. Y por otro, reconocer que nosotros somos distintos y estamos separados de esa figura solitaria en el punto de fuga. Gracias al teatro, podemos decir “allí está Cedric Andrieux y aquí, protegidos en la oscuridad, estamos nosotros disfrutando o consumiendo su presencia”.
Pero las cosas no son tan fáciles. Primero, porque en la danza teatral convencional los bailarines no hablan, no se les supone voz propia y por tanto no tienen una historia propia que contar. Como pone en evidencia Cedric Andrieux, ellos están ahí para que se encarnen las distintas técnicas de danza que se han ido inventando a lo largo de los dos últimos siglos. O, si lo queremos llevar más lejos aún, su única misión es prestar su cuerpo para que se hagan visibles distintas representaciones de lo otro: ellos, una vez que están en escena, pierden eso que llamamos biografía. Y segundo, porque esa expresión ontológica que, como apuntó André Lepecki remite al “to be or not to be” de Hamlet (Exahusting Dance, 2006: 60), se emite desde el punto de fuga. Como es bien sabido, la economía que rige simbólicamente el teatro es la llamada perspectiva lineal. Este sistema visual establece que, para el ojo humano, parece que las líneas paralelas se unieran en el infinito. El punto de fuga es la representación por excelencia de ese infinito en el que las líneas paralelas hacen “como si” se juntaran. La clave está en ese “como si” que inaugura un sistema basado en la sustitución (las bailarinas hacen “como si” fueran willis, cisnes, sílfides, fantasmas, sueños, etc.; los telones de fondo hacen “como si” fueran paisajes; la música hace “como si” un cisne agonizara…). Lo que aparece en escena son señuelos, bultos que sustituyen a aquello que no se puede mostrar. Como dice Peggy Phelan: “ La cuestión no es tanto “encontrar” al Otro sino representar el drama de tal manera que el sustituto llegue a revelar que el meollo del drama es que el Otro es siempre un sustituto” ( Mourning Sex, 1997: 33). Así, la afirmación “Yo soy Cedric Andrieux” resulta muy dudosa cuando es pronunciada desde el punto de fuga. Dentro del teatro ese cuerpo que se ha plantado frente a nosotros en el escenario es un sustituto, está en el lugar de alguien. No nos debemos dejar engañar por la supuesta “neutralidad” de la puesta en escena: el teatro como aparato de representación está funcionando a toda máquina al margen de que las luces sean blancas y planas y que no haya música. Al igual que sucedió en Veronique Doisneau,  nos podemos atrever a decir que esa persona que dice ser Cedric Andrieux, en realidad, está ocupando el lugar de Jerôme Bel. El relato de su vida, por mucho que esté “basado en hechos reales”, es la historia que Jerôme Bel, como autor,  quiere contar. Estrella de Diego sostiene que “para hablar de uno mismo hay que apartarse de uno mismo; hay que escindirse, desposeerse, convertirse en los citados sujetos heterogéneos- contradictorios casi- que no han convivido ni en el tiempo ni en el espacio y que, por tanto, se anulan y se niegan el uno al otro y niegan sobre todo al supuesto “verdadero” protagonista de esa historia de vida cuyo relato se ha emprendido” (No soy yo, 2011: 43-4).  Así, Jerôme Bel simplemente estaría apropiándose de la presencia de Cedric Andrieux y del relato de su vida para poder hablar de sí mismo, es decir, para continuar el proyecto autobiográfico que comenzó con la obra realizada en 1995 que llevaba por título su propio nombre y que, seguramente, se extiende en todas y cada una de las obras que vinieron  después. A estas alturas es muy evidente que Jerôme Bel sabe que ese sujeto de una pieza, individuo solo y único imaginado por la modernidad occidental, no es otra cosa que pura ilusión. La identidad es un fenómeno hecho de fracturas, fallas, ausencias y dispersión. Hablar de “uno mismo” es una imposibilidad por el simple hecho de que en cuanto se pronuncia “Yo soy X” ese “yo” se convierte de inmediato en otro, en una instancia separada de quien habla.
Pero ese sujeto fracturado no es motivo de tragedia: es solamente una estructura de representación que, para nuestra sorpresa, se repite en ese teatro también sutilmente fracturado. Quizás lo más gracioso, a la par que decepcionante de todo, es que en esta ocasión, Jerôme Bel utiliza ese sujeto-teatro fracturado para construirse un lugar en la historia. En el relato de los hechos de la vida de Cedric Andrieux, el autor “Jerôme Bel” aparece como el punto último de la línea de evolución positiva imaginada por la historia oficial de la danza: de la modern dance a la postmodern dance, de la postmodern dance a la danza contemporánea y de la danza contemporánea a Jerôme Bel.  Todo desemboca, no ya en la persona que nos habla como cabría esperar en un relato autobiográfico, sino en el autor de la obra. Y como siempre pasa con Jerôme Bel, uno no sabe si es que no se puede ser más convencional o es que no se puede ser más sarcástico.

Jaime Conde-Salazar

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