11. La labor del dramaturgista. La calma necesaria.

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11. There is no essential difference between theatre and dance dramaturgy, although the nature and history of the material used differs. Its main concerns are: the mastering of structures, the achievement of a global view; the gaining of insight into how to deal with the material, whatever its origin may be- visual, musical, textual, filmic, philosophical, etc.

(11.  No hay ninguna diferencia esencial entre la dramaturgia para el teatro y la dramaturgia para la danza, aunque la naturaleza y la historia de los materiales que se utilicen sean distintos. La dramaturgia se ocupa de: manejar con competencia las estructuras; alcanzar una visión global; lograr tener una visión acerca de cómo tratar el material sea cual sea su origen – visual, musical, textual, fílmico, filosófico, etc.)
(Marianne Van Kerkhoven, 1994, “Looking without a pencil in the hand”, Theatreschrift, # 5-6)

A lo largo del s.XX la crítica formalista, reelaborando ciertos principios kantianos, creó un discurso que establecía que cada disciplina artística tenía una esencia específica que la diferenciaba de las demás. Esa esencia se encontró en los medios de expresión específicos en los que, supuestamente, cada práctica artística se desarrollaba. Así, se crearon conceptos capaces de hacer el papel de “medio-esencia” y, de paso, de reafirmar la idea de que las disciplinas heredadas de la tradición clásica eran, en realidad, compartimentos estancos que permitían imponer un orden estricto y lógico a aquello que los artistas hacían.  Desde entonces y aún hoy en día, se sigue manteniendo la idea absurda de que, por ejemplo, la esencia de la danza es esa obviedad que se ha llamado “movimiento”, o que la esencia de la pintura es la “superficie”, o que la esencia de la arquitectura es “el espacio”…
Por suerte, las prácticas artísticas han demostrado que las cosas, en realidad, no funcionan así. Desde los años 60 los medios no han hecho otra cosa que mezclarse, confundirse, contaminarse, hibridizarse, disolverse, etc. haciendo muy difícil sostener la idea de que realmente existe una esencia propia y única para cada disciplina.  Hoy en día, a pesar de que el discurso formalista sigue gozando de una extraordinaria salud en los ámbitos oficiales más conservadores, está muy claro que ya desde hace tiempo el medio no es el problema. Por mucho que sigamos utilizando sustantivos como “danza”, “teatro”, “escultura”, “pintura”, etc.,  éstos no son otra cosa que apaños provisionales que nos sirven para referirnos de una manera gruesa a algunos fenómenos artísticos. Por eso resulta cada vez más ridículo ver cómo las políticas culturales siguen aferrándose al orden impuesto por el formalismo durante el siglo pasado. Pero ese es otro tema.
Por lo tanto, si aceptamos que no hay nada semejante a una esencia inmutable para las prácticas artísticas, entonces tampoco tiene sentido defender que la labor del dramaturgista también la tenga. Una vez más, llegamos al mismo punto: no sabemos qué es lo que hace el dramaturgista. O dicho de una manera menos devastadora: el dramaturgista no hace una única cosa que caracterice su trabajo. El dramaturgista tiene que estar dispuesto y ser capaz de hacer muchas cosas distintas. Qué hacer, cómo hacerlo o cuándo hacerlo, es algo que debe definirse sobre el terreno y de acuerdo a las circunstancias concretas en las que se desarrolle un proyecto. Quizás lo único que siempre debe ocupar al dramaturgista es mantener la calma, ya que la calma es lo que le ayudará a ser consciente de qué es lo que tiene entre manos y a actuar en consecuencia.

Jaime Conde-Salazar

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