La renuncia

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The Life and Death of Marina Abramovic de Robert Wilson y Marina Abramovic. Tatro Real (Madrid). Del 11 al 22 de abril de 2012

Las colaboraciones entre varios artistas famosos son un asunto muy complicado. Quizás la idea de juntar varios grandes nombres es algo que funciona solo en las fantasías de espectadores y programadores. Ajenos a los pormenores de los procesos de creación y acostumbrados como estamos a recibir la obra ya terminada, pensamos ingenuamente que los talentos se suman y que las posibilidades de que se den resultados geniales se multiplican: cuatro héroes pueden más que uno. Pero parece que la realidad no es exactamente así. En los procesos de creación se ponen en juego las realidades íntimas de cada artista y en muchas ocasiones lo que a priori parecía una buena idea acaba resultando ser un despropósito o una imposibilidad. Cuando hace tres años se anunció la colaboración entre Robert Wilson, Marina Abramovic, Anthony Hegarthy y Wilhem Dafoe se despertó una expectación enorme. Ahora, por fin, hemos visto el resultado de ese encuentro. Y, una vez más, se ha hecho evidente que lo interesante del proyecto no es tanto la obra en sí, sino lo que la obra deja entrever de los conflictos y retos que han adornado el proceso de creación.
El título de la obra es toda una declaración de intenciones que deja lugar a pocas dudas: Life and Death of Marina Abramovic (Vida y muerte de Marina Abramovic).  Esto es, se trata de hacer un ejercicio biográfico tomando como principal objeto al personaje que conocemos como “Marina Abramovic”. Si además de esto tenemos en cuenta que es la propia Marina Abramovic quien pone en marcha este proyecto y quien elige a Robert Wilson y a Anthony Heagarthy , participando, además, activamente en el proceso de creación y, sin olvidar, su presencia constante en escena, entonces podemos ir más lejos y afirmar que se trata de un ejercicio autobiográfico.  No es nada nuevo: desde mediados de los 90 el trabajo de Marina Abramovic ha consistido fundamentalmente en re-contar su propia obra. Quizás los ejemplos más evidentes son la obra de teatro The Biography (1992) o la reciente exposición retrospectiva, The Artist is Present (2010) en el MoMA.  Entonces, si ella ya se ha ocupado de contar su propia vida, ¿por qué recurrir a la colaboración?, ¿para qué necesitaba a Robert Wilson y a los demás?
Podemos aventurar una primera respuesta, quizás obvia. Los intentos autobiográficos anteriores no acabaron de funcionar. Cuando sus obras se meten en un contexto teatral se produce una extraña tensión entre el tiempo de la acción y en tiempo teatral convencional, y cuando se muestran en un contexto expositivo convencional como el MoMA se hace evidente otra tensión: el espacio del museo clásico no tolera demasiado bien la presencia de cuerpos vivos. No hay que olvidar que el museo es un dispositivo inventado para enseñar objetos inertes y más o menos estables en su realidad física, es decir, todo lo contrario a un cuerpo vivo. Ni la caja negra ni el cubo blanco acaban de servir para mostrar su obra. Por eso quizás tenía sentido recurrir a una estrella absoluta de la puesta en escena como Robert Wilson.  Él sería el encargado de hacer que la obra de Marina Abramovic encajara definitivamente en el teatro y de que, por fin, se convirtiera en un producto fácil de transportar y transmitir libre de las limitaciones melancólicas que afectan invariablemente a todo lo vivo, a todo lo que está en proceso de desaparición. Pero al ver Life and Death of… se hace evidente que no es eso lo que ha sucedido.
Robert Wilson ha creado una obra de Robert Wilson, es decir, se ha mantenido fiel a su marca. Cualquiera que haya visto una obra suya anterior puede reconocer perfectamente el producto y la mano de su autor. Para lograr esto, el relato de la vida de Marina Abramovic ha sido reducido a una lista de eventos recitados de forma cronológica. Es cierto que algunos pasajes son llamativos pero todos somos conscientes de que si de lo que se trata es de contar cosas horribles, seguro que en este mundo en el que vivimos hay personas que pueden contar historias mucho más tremendas. Todo lo que se narra está teñido de cierta ordinariez;el realto resulta, de alguna manera, insignificante o incluso vulgar. Por otra parte, las obras de Abramovic apenas están presentes o son citadas en la obra de Wilson.  Puede ser una manera de evitar las delicadas cuestiones que se plantean siempre que uno trata con obras vivas ya  desaparecidas (¿rehacerlas?, ¿sólo documentarlas?, ¿tratar los documentos como obra?, ¿autoría?, etc.). Eliminadas las obras, se acabó el problema. Pero entonces, ¿qué es  The Life and Death of Marina Abramovic? Pues se podría decir que una colección de escenas tan exquisitas como amaneradas protagonizadas por un personaje que lleva el nombre de “Marina Abramovic”. La artista que responde al nombre de Marina Abramovic y su obra han sido retirados de la obra de Robert Wilson. Simplemente, no están a pesar de que ella salga en escena, por eso no podemos seguir pensando que la labor de Wilson haya sido simplemente “pasar a limpio” las obras de Abramovic, es decir, adaptarlas al teatro. Su misión, como decía, ha sido más bien crear un nuevo “producto Wilson” inspirado en Marina Abramovic de la misma manera que Albert Einstein inspiró Einstein on the Beach (1976), es decir, de forma bastante lejana, relajada y libre. Y aquí es donde, sorprendentemente, todo cobra sentido.
Volvamos a la preocupación autobiográfica presente en toda la obra de Marina Abramovic, especialmente desde mediados de los 90. En su  ensayo sobre la autobiografía, Estrella de Diego señala lo siguiente: “Y es que hablar de uno mismo (…) implica cierta inevitable paradoja. Para hablar de uno mismo hay que apartarse de uno mismo; hay que escindirse, desprenderse, convertirse en los citados sujetos heterogéneos- contradictorios casi- que no han convivido ni en el tiempo ni en el espacio y que, por tanto, se anulan y se niegan el uno al otro y niegan sobre todo al supuesto “verdadero” protagonista de esa historia de vida cuyo relato se ha emprendido” (No soy yo, 2011: 43-4). Para contar la propia vida hay que renunciar a uno mismo, hay que asumir que la voz propia no puede hablar de sí misma sin convertirse en otra cosa, sin crear una distancia insalvable entre el sujeto y lo que el sujeto cuenta. Quizás por eso Marina Abramovic ha dejado que Robert Wilson le convirtiera en esa extraña presencia que protagoniza la obra The Life and Death of Marina Abramovic: esa era la única manera de ser coherente con su proyecto autobiográfico, dejar que alguien que artísticamente no tiene nada que ver con ella, le convirtiera en objeto de un relato. Si la voz que cuenta la vida propia es, inevitablemente, la de otro ¿por qué no dejar que ese “otro” sea Robert Wilson? En este sentido no es que el duelo de titanas se haya resuelto con la hegemonía del uno sobre la otra, sino que más bien se trata de una extraña  colaboración en la que el uno se ha apropiado del nombre y la vida  de la otra y la otra ha utilizado al uno para realizar el difícil trabajo de convertirse en objeto.

Lo más curioso de todo es que gracias a este espectáculo que hemos visto en el Teatro Real de Madrid, parece que Marina Abramovic se haya librado del peso de su propia obra.  De alguna manera, al pobre Robert Wilson le ha tocado la tarea sucia de reducirla a un gesto gratuito y mostrarla como algo insignificante y, sin embargo, no puedo evitar sospechar que esta labor oscura no solo la ha llevado a cabo con la total complicidad de Abramovic sino que, incluso, ha supuesto un alivio profundo para ella. Esta extraña experiencia quizás suponga el fin del largo y pesado duelo que se inició con el beso de despedida que ella y Ulay se dieron en algún punto de la Gran Muralla china en junio de 1988, con el que acabó The Lovers, su última obra  juntos. Ahora Marina Abramovic ya no es alguien castigada a cargar consigo misma y con su genialidad todo el tiempo. Ahora, por fin,  Marina Abramovic es otra.  Así que toca  esperar y ver.

Jaime Conde-Salazar

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