9 visitas, 10 días, 10 de la mañana

Print Friendly

Festival In-Presentable

Madrid no es Lisboa. No tenemos un gran río que amanse el trajín cotidiano de la ciudad, ni un océano en el que recuperar la calma y refrescarse una vez que ha pasado la fiesta de San Antonio y llega el calor. Aquí, en medio de la meseta, el agua está por debajo y, por eso, hay que buscar el frescor donde crecen los árboles, en las verduras que la estupidez urbanística municipal todavía no ha transformado en desoladoras llanuras alicatadas. Entre los pequeños oasis que aun resisten, sin duda destaca el que no deja de crecer a lo largo del paseo del Prado, entre la plaza de Cibeles y Atocha. A esta antigua cañada van a parar las aguas que se filtran desde el parque del Retiro y desde la zona de la Puerta del Sol. Los enormes árboles que allí crecen desde antiguo crean un lugar especialmente fresco y agradable a pesar del ruido de los coches. Entre todos esos plátanos, cedros y magnolios gigantes está el Museo del Prado que, lejos de arruinar el entorno, parece parte natural del jardín. Como sugiere Ángel González es fácil imaginar que los cuadros que se guardan en el museo han nacido y crecido del mismo suelo del que han nacido y crecido los árboles del paseo ( Pintar sin tener ni idea, 2007: 291). Así, podría pensarse que pasear entre los árboles o entre los cuadros  podrían entenderse como cosas parecidas: una manera de buscar el frescor.
En esta segunda visita me dejo llevar por florecillas, hierbas varias, fuentecillas, frondosidades, copas, ramas, cascadas, remansos, arbustos y sombras que aparecen en las pinturas.  El museo despliega todo su frescor de primera hora de la mañana, antes de llenarse del ruido de los visitantes. De repente, todo resulta más llevadero.

 

Jaime Conde-Salazar

Deja tu comentario

 
+(reset)-