2 visitas, 10 días, 10 de la mañana

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Festival In-Presentable

La visita del día después, la que nadie esperaba. Se trató de pasar  entre imágenes la resaca de la meditación colectiva y desmadrada de la noche anterior. Un mensaje furtivo confirmó que el evento iba a tener lugar tal y como había sido prometido. Un único cambio: esta vez todo empezaría a mediodía. Nuestro mediodía prepararía la medianoche. Como quien comienza a juntar maderas para hacer la gran hoguera de San Juan, nosotras hicimos acopio de pinturas.  Ellas serían nuestro combustible para transformar todos los restos inútiles que acarreábamos del invierno. Por suerte, me acompañaron las tres mujeres poderosas. Dentro del museo no había nada que decir, las palabras se habían agotado y lo único importante era vaciar las salas, limpiar todas las ramas secas que habían crecido dentro de las salas. En dos horas justas las paredes quedaron vacías. Gracias a las audioguías pegadas a las orejas de los visitantes, nadie se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y pudimos trabajar sin interrupción. A las tres de la tarde ya estaba construida una pira de diez metros de alto en el centro del Jardín Botánico. Ya sólo quedaba esperar a que llegara la noche y con ella el fuego. Los cien artistas aceptaron ser esclavos: todo con tal de conseguir el fuego. Llegado el momento, caído el sol, reventaron las puertas de la casa, corrieron hasta la pira y encendieron la hoguera por siete puntos distintos. Las imágenes ardieron con rabia, cubriendo el cielo con un humo denso que, al ser inhalado produjo alucinaciones entre propios y ajenos. Imágenes inhaladas. Tras el fuego caímos agotados y nos quedamos a dormir entre los arbustos, en los bancos, rodeados de nombres en latín escritos en placas.

Jaime Conde-Salazar

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