El dramaturgista 2. El dinero y el oficio.

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Los encuentros entre Perinola y Parménides se suceden sin que el primero consiga entender qué espera exactamente de él el segundo. Esto da pie a que aparezca la cuestión del dinero: como no encuentra otra cosa en la que ocuparse, Perinola empieza a pensar cómo, cuánto y a razón de qué va a cobrar por ese trabajo que no tiene muy claro en qué consiste todavía.
Al dramaturgista le sucede algo parecido. Muy a menudo, la amistad, el compromiso, la empatía o simplemente el gusto de trabajar con artistas que uno aprecia, hace que olvidemos que el dramaturgista también forma parte del proceso, del sistema de producción y consumo, en este caso, de cultura. No puede hacer el trabajo sin más y luego desaparecer por completo de la escena. Ignorar la cuestión del dinero puede llegar a ser una trampa. Como señaló Marcel Mauss en su famoso ensayo (Essai sur le don, 1950), el regalo crea una deuda, es decir, no es una ofrenda generosa y desinteresada sino un instrumento de poder e, incluso, de coacción. Si la labor del dramaturgista fuera un regalo, fuera algo que simplemente se da, que se hace, podría entenderse como una forma de ejercer poder sobre el artista creando una deuda a través de la que sería muy fácil usurpar el control sobre el proceso y, lo que es más peligroso,  limitar muy sutilmente la libertad del artista. El dinero es un vehículo perfecto para practicar el desapego y mantener la casa limpia: el dramaturgista cobra y, al hacerlo, deja claro que está al servicio del proceso de creación que está acompañando pero que no comparte autoría con el artista. Así, de alguna manera, lo que hace el dinero es colocar a cada uno en su sitio y evitar posibles malentendidos.
Cobrar por el trabajo que uno hace supone reconocer el oficio. Perinola se da cuenta de que lo que está haciendo es una cosa rara (“esta curiosa profesión”). No hay precedentes seguramente no porque no haya habido antes personas que hayan acompañado procesos de creación sino porque los nombres de estas han sido cuidadosamente borrados de la memoria. Perinola realiza una labor casi clandestina. Pero eso no quita para que no sea considerado un oficio. Sí,  un oficio que se aprende en la invisibilidad, que no se enseña en las escuelas oficiales, que nadie sabe muy bien cómo nombrar, pero un oficio al fin y al cabo igual que el de Geroge Clooney en la extraña película titulada Michael Clayton( Tony Gilroy, 2007). El dramaturgista tiene que hacerse cargo de su propia formación y reconocer él mismo el carácter y las implicaciones de su propia labor. Los caminos son infinitos, insondables e irrepetibles. Cada vez, cada proceso es nuevo. La misión es descubrir los lugares y cuestiones concretas por las que transcurre un proceso. Cada una de las dificultades por las que pasa Perinola en su encuentro con Parménides, podrían tenerse por los distintos aspectos del camino en el que se define el oficio del primero.

Jaime Conde-Salazar

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