El dramatrugista 3. La máscara y el señuelo

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Los encuentros entre Perinola y Parménides siguen teniendo lugar regularmente. Pero Parménides sigue sin aclarar cuáles son los temas que quiere tratar en el libro que Perinola debe escribir por él. Perinola se desespera y una noche ya de vuelta a casa,  aun sin saber muy bien de antemano los asuntos que va a abordar, escribe el libro de Parménides de un tirón.
Los dos personajes se han encontrado ya suficientes veces y comienzan a reconocerse. Parménides reclama la compañía de Perinola a diario. Y Perinola, gracias a que no hay temas claros o cuestiones precisas que ocupen su atención durante las sesiones, observa en profundidad a su patrón.  Sabe cómo se expresa, cómo se mueve, cómo piensa y cómo es su carácter. Así, cuando se pone a escribir de noche en su casa, todo resulta muy fácil: inspirado por el personaje, escribe el texto que él imagina que Parménides habría podido escribir. Las frases van componiéndose casi solas. Es como si el que escribiera fuera otro, pero no un “otro” abstracto sino un “otro” muy concreto que lleva el nombre de Parménides. “Tenía la máscara, y se la ponía, y la máscara arrastraba a todo lo demás”. De una manera lúdica e inocente, Perinola se convierte en su patrón y al hacerlo se libera de sí mismo como autor, como responsable último de lo que se dice.  Perinola ha captado con tanta precisión a su jefe, que es capaz de apropiarse de su voz y escribir el libro entero en una sola noche aun sin saber sobre qué debe tratar el mismo. Basta con ponerse la máscara y actuar (en este caso escribir) de acuerdo al personaje.  Perinola, desde su posición de “acompañante”, traza una línea recta entre dos puntos: el cliente quiere un libro, pues él produce un libro. Fin de las divagaciones, problema solucionado. Pero cuando estamos tratando con un proceso de creación las cosas no son así de simples y no siempre la línea recta es la más corta entre dos puntos: a veces, hay que dar vueltas para llegar al lugar que se desea porque el sentido del proceso es, precisamente, pasar por esos líos y vueltas y quizás no tanto llegar a ninguna parte. El libro nocturno no resuelve el encargo que ha recibido y Perinola lo sabe. Pero se ve en la necesidad de escribirlo aunque solo sea para conjurar la ansiedad que le produce no tener una dirección clara y no saber qué es lo que se espera de él.
Ante la incertidumbre del encargo, Perinola decide escribir sobre todas las cosas, es decir, sobre el universo. Procede de lo general a lo particular intentando referirse a todos los componentes de la realidad. No sabe si ese es el libro que el patrón quiere, pero él hace “como si”, en efecto,  lo fuera.  El texto escrito por la noche es una especie de señuelo para hacer que Parménides reaccione aceptándolo o rechazándolo, dando así alguna pista de por dónde van sus deseos o intereses. Pero no es solo eso. Este “como si” revela además una característica de los procesos de creación: al igual que sucede en el juego, de lo que se trata es de crear condiciones de posibilidad y de observar cómo estas transforman la realidad y van desvelando los límites y el sentido del propio proceso. La obra de Parménides está por descubrir y  por eso, el texto de Perinola es solamente un experimento que, lejos de solucionar el proceso, demuestra que su labor va mucho más allá que la producción de una obra o un texto.

 

Jaime Conde-Salazar

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