El dramaturgista 5. El tiempo y la espera.

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Parménides está cada vez más ocupado con sus asuntos y negocios. Sin embargo, los encuentros con Perinola no se interrumpen y siguen viéndose con frecuencia. El motivo sigue siendo el libro aunque cada vez parezca más una excusa que una ocupación cierta. A pesar de ello, los pagos siguen siendo igual de generosos y regulares lo cual le permite a Perinola vivir como no la había hecho antes. “A partir de entonces no pasa nada salvo el tiempo”. Días, semanas, meses, años.
Los tiempos vitales de Parménides y Perinola son totalmente distintos. Parménides tiene que resolver, tomar decisiones y enfrentarse directamente a las consecuencias de sus actos. De alguna manera, su tiempo es lineal y dimensiones como “antes” y “después” son fundamentales. Es un hombre ocupado. Por el contrario, Perinola vive un tiempo que se acumula y repite. En su día a día, se enfrenta a tareas muy simples y su consciencia está dedicada, más bien, a permanecer y observar.  Vive en una especie de tiempo suspendido en el que hay pocas cosas que resolver. Perinola espera. Antes de conocer a Parménides, siempre encontraba alguna falta a su vida: bien le faltaba trabajo, o dinero, o bienestar. Vivía en un continuo aplazamiento de la felicidad, esperaba que sucedieran cosas que tuvieran el poder de cambiar su situación. Sin embargo, ahora ya no puede continuar así porque los motivos cotidianos de preocupación han desaparecido por completo, no hay nada que pueda arruinar su día a día. Por eso ahora se dedica simplemente a la tarea de esperar que, a diferencia de lo que le sucedía antes, es una espera sin objeto, intransitiva.  No hay expectativas, no hay prejuicios, no hay decisiones de antemano. La espera se revela como un estado de consciencia que le permite a Perinola reconocerse a sí mismo: es consciente de que es a él a quien le suceden las cosas y de que él es parte del tiempo que transcurre. Realmente, en todos los años que pasa al servicio de Parménides, no soluciona nada. Lo único que hace es dejar que el tiempo pase y reconocer cada uno de los pequeños hechos por los que discurre su vida. Y al hacerlo se afinan su capacidad de captar información y de percibir diferencias y variaciones sutiles.

 

Jaime Conde-Salazar

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