El dramaturgista 7. El ascenso y las ramas.

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La carrera de Parménides continúa su curso: cada vez es más rico, más poderoso y más importante. Mientras, Perinola sigue a su aire indagando en los asuntos que tienen que ver con la poesía, dejando que las cosas cotidianas le preocupen cada vez menos. Así, llega el  momento en el que se mudan a un nuevo palacio, aparece una nueva y deslumbrante novia, se celebra una boda y nace una hija.
El escenario y las circunstancias que rodean a los dos protagonistas se transforman. Sin embargo, su relación apenas cambia: el contrato sigue siendo el mismo y ellos siguen viéndose regularmente. Parece como si ambos hubieran encontrado en su amistad un punto de sujeción común y esto les diera cierta seguridad y estabilidad frente a los sucesos de la vida. No se puede hablar de unos intereses comunes o de un compromiso en un proyecto compartido. Más bien, sus existencias transcurren en paralelo, cada uno en su contexto, cada uno con sus intereses. De alguna manera es como si lo que observaran fuera el transcurso de su propia vida y cómo el mundo responde a sus deseos y acciones. Frente al movimiento continuo de la vida, ellos se mantienen quietos en su amistad, en su acuerdo.
Parménides le pide a Perinola que le dé clases de retórica a Rosetta, la princesa etrusca que primero será su novia y luego se convertirá en su esposa; y eso hace que Perinola se enfrente al reto de expresar todas aquellas cuestiones y asuntos relacionados con la poesía que ha ido elaborando para sí mismo a los largo de los años. Al principio se asusta porque piensa que es demasiado ignorante para hacer de maestro o tutor de nadie, pero luego, a medida que le va contando cosas a Rosetta, se da cuenta de que sabe más de lo que cree y de todo el conocimiento que él mismo producido desde que las pagas de Parménides le han liberado de las preocupaciones mundanas. Pero, sobre todo comprende que “los poemas, tanto los escritos como los por escribir, podían entenderse, pero la poesía seguía oculta, indescifrable”. Más allá de los versos que podría llegar a escribir, la poesía se le revela como un proceso,  como un misterio difícil de aprehender, como algo que nunca se acaba de decir.  Así, su misión como poeta consiste básicamente en intentar aproximarse a ese fenómeno fascinante indagando en sus propias experiencias  y preguntándose por el sentido de todo lo que le sucede.
Los años anteriores habían sido una oportunidad para andarse por las ramas y explorar todas aquellas preguntas que el proceso de la poesía había suscitado. Sin embargo, ahora, al tener que contárselo a Rosetta, aparecía el deber de concretar y dar sentido a todo el conocimiento disperso y caprichoso que había acumulado hasta entonces. Perinola tiene que asumir su responsabilidad, es decir, su capacidad de responder. Ya no basta con vagar por los asuntos, ahora toca estar dispuesto a devolver la información y a aplicarla a las cuestiones que el proceso vaya haciendo surgir.

 

Jaime Conde-Salazar

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