El dramaturgista 8. Lo obvio y la esfera.

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Fuera llueve, los niños están dentro de casa y no paran de alborotar así que Perinola hace como que se va a poner a  escribir para que le dejen un rato en paz. No tiene ninguna intención de trabajar pero se sienta en la mesa, saca sus utensilios y escribe una palabra. Con la sola intención de matar el tiempo, escribe otra palabra relacionada con la primera, luego hace una frase que se convierte en un verso y luego en otro y en otro más…
Poco a poco, ante la sorpresa de Perinola, se va construyendo un texto. Él no hace otra cosa que tirar del hilo de las palabras y el sentido aparece solo. Pronto descubre que la primera palabra que escribió inconscientemente funciona como una especie de punto de partida  y que la tarea no es otra que ir completando lo que, de forma lógica, antecedería y seguiría a ese origen accidental. Entonces Perinola entiende que “escribir y no escribir se parecen mucho”. Aunque durante todos los años que ha pasado junto a Parménides no ha escrito nada (solo aquel primer borrador nocturno y ya medio olvidado), la escritura no ha dejado de hacerse en ese tiempo. Es cierto que Perinola no se ha ocupado de la acción de inscribir caracteres en una superficie,  pero, sin embargo, no ha parado de producir sentido a través de sus palabras y del modo en el que las ha utilizado. De alguna manera, es como si, en el momento de sentarse frente a las tablillas, las palabras estuvieran ya ahí, esperando, listas para salir.
Perinola no se inventa nada de lo que está escribiendo, no recurre a la fantasía, ni siquiera a la imaginación. Más bien parece que todo viene de la intuición: él simplemente atiende a lo que las palabras necesitan y piden a medida que éstas van apareciendo. La única preocupación es que las ideas que se formen sean evidentes, claras y coherentes. Así, en realidad, Perinola, como autor, no tiene nada que contar, él simplemente se pone a disposición de la acción (sentarse a  escribir) y permite que las cosas se vayan diciendo y que la escritura se vaya haciendo. Lo que hace tiene más que ver con descubrir que con producir. La única pauta que sigue casi inconscientemente es la de referirse siempre a lo obvio. De esta forma, el texto se despliega y, poco a poco, crece en todas las direcciones: lo que viene antes, lo que viene después, lo que se relaciona, lo que se contrapone, etc. Al darse cuenta de esto, Perinola descubre la esfera.
La esfera no es otra cosa que el sistema que está generando el texto. Frente a la superficie plana siempre amenazada por la posibilidad del límite, la esfera trae la idea de lo infinito. Como ha comprobado al ponerse a escribir, a partir de la primera palabra, del punto original, puede ir hacia donde quiera, todas las direcciones son posibles, no hay un principio y un fin, la linealidad es solo un efecto. En este sentido, la esfera se revela como un sistema estable que no se mueve ni desplaza porque todo está contenido en ella, no hay un antes y un después, ni un dentro y un fuera. Se trata de un sistema absoluto. La imagen permite a Perinola llevar a cabo la tarea (accidental) de escribir, la esfera, por decirlo así, genera el texto. Pero, al mismo tiempo, es el texto el que produce esa esfera: al ir completándose, el texto hace realidad el sistema. Atrapado por esta quimera de lo performativo que hace que Judith Butler aparezca como una resonancia inesperada (“hacemos cosas con el lenguaje, producimos efectos con el lenguaje y le hacemos cosas al lenguaje: pero el lenguaje es también aquello que nosotros hacemos”, Excitable Speech, 1997:8), Perinola no puede parar de escribir y, gracias a ello, logra esquivar sus compromisos familiares y, en especial, una gran cena con toda su familia política.

Jaime Conde-Salazar

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