El dramaturgista 9. El instante y la muerte.

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Después de haber escrito todos los versos y de haberse librado de la cena en casa de sus suegros, Perinola decide salir a dar un paseo sin preocupaciones. No hay obligaciones que atender y puede hacer lo que le apetezca. Llega hasta la orilla del mar y, al volver hacia casa, decide entrar en una taberna a beberse un vaso de vino y a comer algo, con tal mala suerte que el huevo de pato que se come le provoca una indigestión que le deja sin conocimiento. Un grupo de truhanes se aprovecha de su estado y le roban lo que lleva encima. Luego  le dejan tirado en una cuadra, donde un caballo inquieto, en un arrebato, se levanta sobre sus patas traseras y en su brusca caída le revienta la cabeza a Perinola del pisotón.
Perinola había salido eufórico de su casa. Sentía una especie de alivio y liberación tras haber escrito aquella larga ristra de versos para Parménides. Había hecho su trabajo y creía haberlo hecho bien. Pero, sobre todo, sentía que había llegado su momento. Después de haber vivido dedicado y pendiente de los deseos de Parménides durante años, ahora le tocaba a él. Estaba dispuesto a escribir su propia obra, que nada tendría que ver con asuntos filosóficos que le habían ocupado hasta entonces. No tenía ni idea de lo que iba a escribir “pero ignorarlo y hacer carne esa ignorancia como deseo, ya era saberlo”. Entonces, parece que las tornas cambian: Parménides, al pagarle religiosamente un sueldo, es quien hace posible que Perinola se reconozca como escritor y descubra su propia obra aún no escrita. Así, se revela que el proceso que había vivido junto a Parménides durante todos estos años es lo que le había llevado a aquel estado de confianza y claridad en el que estaba dispuesto a asumir con entusiasmo los retos que le correspondían como autor. En este sentido, quien había llevado a cabo la labor propia del dramaturgista, es decir, la de facilitar que lo que tiene que suceder suceda y que lo que se quiere decir, se diga, es Parménides y no tanto Perinola.
Este cambio de papeles radical, aunque feliz, pone, inevitablemente un fin inmediato al proceso iniciado años atrás. Para el dramaturgista existe un límite que nunca se debe traspasar: por mucho que conozca mejor que nadie un proceso de creación, por mucha intimidad que comparta con el artista, nunca debe confundirse y colocarse en la posición de éste. El poder del dramaturgista y el valor de su labor, reside en la renuncia a la visibilidad y la autoría, en su capacidad de mantener la distancia. En el instante en el que se reconoce a sí mismo como artista, el dramaturgista pone fin a su labor de acompañante y su deber es desaparecer; cualquier aspiración surgida a lo largo del proceso debe quedarse en una mera elucubración, en pura fantasía. Y, para ello, sobreviene la muerte, el fin tajante de todo lo conocido.

Jaime Conde-Salazar

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