Por escrito en Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas

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Historia abreviada de la literatura portátil, Enrique Vila-Matas.

También Stephan Zenit descubrió, al llegar a Praga, que hospedaba a un inquilino negro, cuya forma, en este caso, no era exactamente humana. Aterrado decidió abandonar la ciudad, pero antes dejó esta interesante nota a Gombrowicz, que era su compañero de habitación: “Me voy, porque tengo miedo de mi mismo y lo cierto es que Praga contribuye poderosamente a ello. Despídeme de los compañeros si llegas a encontrarlos y diles que fuerzas mayores me obligan a regresar a Nueva York. Me gustaría que supieran que me divertí mucho en la fiesta, salvo cuando el negro ese se volvió loco. Como te digo me voy porque tengo miedo de mi mismo, ya que creo que se hospeda en mi interior, y a veces fuera de él, algo parecido a un carrete de hilo negro que trata de hacerme decir cosas que yo no pienso ni pensaré jamás. Es un carrete chato con forma de estrella; y es que en realidad, parece estar cubierto de hilos; claro que se trata de hilos entremezclados, viejos, anudados unos con otros, pero hay también, entremezclados y anudados, hilos de otros tipos y colores.

“Pero no es simplemente un carrete, sino que del centro de la estrella emerge perpendicular un pequeño palito, y a éste se le agrega otro de ángulo recto. Con este último palito por un lado, y uno de los rayos de la estrella por el otro, el conjunto puede mantenerse erguido, como sobre dos patas. A menudo, cuando uno sale por la puerta de la pensión y lo encuentra apoyado justamente debajo de uno en la escalera, siente deseos de hablarle. Naturalmente, uno le hace una pregunta que no sea difícil, más bien lo trata (su pequeño tamaño es tal vez el motivo) como a un niño.

-Bueno, ¿cómo te llamas?

-Odradek- dice él.

-¿Y dónde vives?

-Domicilio desconocido -dice y se ríe; claro que es la risa de alguien que no tiene pulmones, pues suena más o menos como el susurro de las hojas caídas… Tengo miedo, Witold, y por eso me marcho. Tal vez lejos de Praga pierda de vista a mi Odradek.”

A consecuencia de este texto, los inquilinos negros no tardaron en pasar a llamarse, en el argot shandy, odradeks. Ya en la misma Praga, Antheil y Kromberg se hacen eco del texto de Zenith y hablan directamente de odradeks al referirse a sus respectivos inquilinos negros. En el caso de Georges Antheil, el odradek no era un carrete de hilo, sino un alfiler clavado en una cinta, mientras que en el caso de Hermann Kromberg dejó de ser un objeto minúsculo para convertirse nuevamente en una figura espectral.

“He comprendido aquí en Praga y, a medida que voy reencontrando a los compañeros -escribió Antheil-, que sólo las sensaciones mínimas y de cosas pequeñísimas son las que vivo intensamente. Será por mi amor a lo fútil por lo que esto me sucede. Puede que sea por mi propio escrúpulo en el detalle. Pero más bien creo -no lo sé, estas cosas nunca las analizo- que es porque lo mínimo, por no tener en absoluto importancia social o práctica, tiene, debido a la mera ausencia de esto, una independencia absoluta de asociaciones sucias con la realidad. Lo mínimo -y mi odradek lo es- me sabe siempre a irreal. Lo inútil es bello porque es menos real que lo útil, que se continúa y prolonga; al paso que lo maravilloso fútil, lo glorioso infinitesimal, se queda donde está, no pasa de ser lo que es, vive libre e independiente. Como la mera existencia de mi odradek, que es ese alfiler que tengo delante mío, clavado en una cinta. El misterio nunca se transparenta tanto como en la contemplación de las pequeñas coas que, como se mueven, son perfectamente traslúcidas a él, pues se detienen para dejarlo pasar.

En cambio, el odradek del escritor alemán Hermann Kromberg no era precisamente una miniatura sino, como ya dije, una figura espectral, alguien que fingía ser un poeta y que se infiltró entre los portátiles viajando con ellos a Viena y posteriormente a Praga, donde se instaló en el mismo hotel que Kromberg. Se trata del terrible Aleister Crowley, al que muchos conocerán como amigo de Pessoa, pero que, además de esto, era montañero, satanista, filósofo, domador de leones, pornógrafo, ciclista, heroinómano, ajedrecista, espía y ocultista, es decir un odradek muy activo, como lo demuestra el hecho de que obligara al sedentario Kromberg a desplazarse a Viena y Praga. En la última ciudad le raptó, obligándole con malas artes a iniciarse en la magia sexual y a escalar el pico más alto de Cachemira.

“¿Qué hago yo aquí en Cachemira? -escribió desesperado Kromberg en su diario de viaje – si nada me gusta más que el fuego del hogar y recibir desde países lejanos las cartas de mis amigos nómadas? Nunca deseé reunirme con ellos en Viena, pero la maléfica influencia de mi odradek no sólo me condujo a esa ciudad, sino que más tarde me empujó hasta Praga, de dónde salí camino de Cachemira, donde ahora vivo muerto de frío y miedo, poseído por un demonio interior que, por lo que puedo ver, es viajero”

(…)

El odradek de Salvador Dalí tenía un marcado aire festivo y musical y, además, era rotundamente erótico. Nada menos que un violín masturbador chino o instrumento melódico provisto de un apéndice vibratorio, que se hallaba destinado a ser introducido, de forma repentina y brusca, en el ano; pero también, y con preferencia, en la vagina. Después de ser introducido, un músico experto hacía deslizar el arco sobre las cuerdas del violín, no tocando lo primero que le pasara por la cabeza, sino una partitura expresamente compuesta para los fines masturbadores; el músico conseguía, mediante la sabia dosificación de los frenesíes, intercalándolos con momentos de calma, que las vibraciones amplificadas por el apéndice provocaran el orgasmo de la beneficiaria del instrumento en el  preciso y sincronizado momento en que la partitura atacara las notas del éxtasis.

El odradek de Ramón Gómez de la Serna no era precisamente erótico e hizo su aparición en el espejo de un hotel de Praga, dándole un considerable susto al escritor: “Al mirarme en un espejo que súbitamente me refleja, me encuentro realmente parecido a mi padre. ¿Seré mi padre? ¿Así es que toda mi vida ha sido una fantasía a nombre de otro? ¿No seremos más que antepasados y nunca seremos nosotros?

Gómez de la Serna se asustó como nunca aquel día, pero supo armarse de valor y de humor, y acabó doblegando al fantasma del padre por la vía rápida: rompió todos los espejos de la habitación de Praga.

 

Fragmento en Por escrito de la obra de Enrique Vila-Matas, Historia abreviada de la literatura portátil. Barcelona, Anagrama, 1985.Págs. 58-59; 62.

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