En la marca

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fotografía : Marta Azparren

 

Mayo siglo XXI ¿Es el fracaso un atributo del alma? de Fernando Renjifo/La República, Teatro Pradillo (Madrid) del 27 de octubre al 4 de noviembre de 2012.

Las puertas de la sala se abren misteriosas como si fueran las de un castillo de cuento o una casa encantada. Lo que aparece más allá del umbral es un espacio monumental. El suelo es gris plateado, hay algunas plantas frondosas colocadas de forma irregular, una mesa con tres sillas, un colchón viejo pero no deprimente, una televisión y una nevera. En los muros negros hay unos dibujos grandes que evitan que el espacio fugue hacia el infinito: estamos en un interior y los muros son la superficie vertical sólida que cierra el lugar. En algunos puntos cuelgan micrófonos del techo y sus cables dibujan líneas verticales que equilibran de alguna manera la horizontalidad de la llanura gris. La luz no es uniforme: hay zonas que brillan y otras oscuras pero no hay un patrón que marque direcciones que el ojo deba seguir. A pesar de las variaciones en la iluminación, es evidente que se trata de un espacio único: todos habitamos el mismo lugar, todos respiramos el mismo aire.
Cuando cada uno de los espectadores hemos elegido la posición desde la que queremos mirar y la cosa se ha calmado, entran los tres actores, caminan, se desplazan hasta un punto y allí posan, se ofrecen como imagen para nosotros. En ese momento se revela la estructura íntima del espacio: hasta que ellos no se colocan, el dispositivo estaba incompleto; todas esos claros y sombras, toda esa modulación de la luz aparentemente caprichosa, está preparada para recibir a estos cuerpos que se paran y se dejan ver.  Cada punto de luz es una espera, un pequeño vacío si ellos no están. Como Saulo camino de Damasco, los actores se desplazan y buscan el foco, la marca. El foco no es solo la luz que cae de las bombillas, sino también nuestra propia mirada de espectadores precipitándose sobre ellos. Que el edificio-aparato funcione depende de la precisión y la gracia con que ocupen los puntos clave. Como si se tratara de una muestra de diapositivas (sin aparatos, ni proyecciones, ni lámparas) las imágenes-pose se suceden ante nuestros ojos. Está claro, este edificio se ha levantado para hacernos ver.
Pero aunque el espacio sea único, está profundamente fragmentado. No hay un único punto de vista, no hay una posición privilegiada desde la que controlar visualmente el lugar. Los puntos que marcan los actores con sus poses demuestran que la escena está atravesada por ejes visuales que se entrecruzan y enredan haciendo que a los espectadores no nos quede otra que asumir la incertidumbre de nuestra mirada: dependiendo donde hayamos decidido colocarnos habrá cosas que veremos y otras que no y la visión de cada uno será, simplemente, distinta en cada caso.
Toda este tejido de ejes visuales produce una horizontalidad implacable contrarrestada solo por los cables colgando, las luces verticales, las plantas y los cuerpos erguidos de los actores. Todo parece estar lejos: aunque puedan estar en ocasiones muy cerca físicamente, los actores no dejan de ser componentes del aparato visual monumental, en este sentido, inevitablemente, siempre hay una distancia extrañamente higiénica entre nuestros ojos y ellos.
Los actores no son personajes, no están ahí para mostrar posibles realidades psicológicas, no han venido para desvelar los recovecos de sus almas. Ellos simplemente se mueven y hacen. Son hacedores de cosas. Caminan, se encuentran, se tocan, se frotan, se lamen, se besan, se chocan, se acarician, se separan… Lo suyo es la acción limpia y clara. Quizás por eso en esta escena-lugar la  belleza se repite como una búsqueda insistente. Imposible no pensar en las marionetas imaginadas por Heinrich von Kleist como paradigmas de la gracia extrema.
Los actores-hacedores también hablan pero se puede sospechar que no lo hacen con su propia voz. Sus bocas se acercan a los micrófonos y dejan salir un texto que se reproduce por los altavoces colocados en lo alto de la sala. DE alguna manera la voz es separada del cuerpo de que la produce.  Lo que dicen parece venir de otro lado: ni les pertenece, ni se apropian de ello. De hecho, dependiendo del lugar que hayamos escogido para mirar, es posible que ni siquiera veamos a quien habla y solo oigamos una voz que viene de arriba. El texto es algo así como una voz necesaria que no pertenece a nadie, no es algo que se dice sino más bien una resonancia que hace que el tiempo pierda su estructura lineal y pasado y futuro comiencen a confundir sus límites. Lo que las cosas han sido y lo que serán; lo que se lamenta y lo que se evoca; los hechos y los deseos… dejan de ser extremos y se convierten en lo mismo. Y la insistente belleza anónima.

 

Jaime Conde-Salazar

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