Sobre nuestras cabezas

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Albrecht Dürer, Melancolía (1514), Viena, Albertina

Albrecht Dürer, Melancolía (1514), Viena, Albertina

28 buitres vuelan sobre mi cabeza,  Cía. Lucas Cranach/Carlos Marqueríe. Teatro Pradillo. Del 18 de enero al 3 de febrero de 2013
Dice la profesora Mieke Bal que “la teatralidad es la producción del sujeto, su escenificación” (2009: 134). Así, el teatro no sería tanto una tecnología para producir espectacularidad como una máquina en la que se realizan una o varias subjetividades. Subjetividad: nuestra capacidad de ser y reconocernos siendo, de estar, de existir conscientemente. La subjetividad no es el ser, más bien es lo que nos permite prescindir del ser como un fenómeno monolítico y sin fisuras. La subjetividad es el reconocimiento, es la frágil, efímera e inestable estructura del ser. De la mano de Bal, intento pensar que, entonces, el teatro sería una máquina que hace visible esa estructura a través de la que somos conscientes de nuestra existencia y de la de los demás.
Entre octubre de 2011 y mayo de 2012, Carlos Marqueríe escribió un diario. En un principio, podríamos convenir que un diario es un texto de estructura lineal cronológica a través del cual alguien se hace cargo de que estuvo allí, entonces. Podemos intentar llevarlo más lejos: ese alguien que escribe, no solo ordena los hechos en una sucesión de momentos, además, se realiza en el propio  diario, su vida se concreta en esa escritura constante y rítmica. El diario habla de la vida y la vida transcurre a través del diario.  Así, podemos sospechar que un diario produce subjetividad, es decir, tiene un carácter (perdónenme) performativo. Y, en este sentido y volviendo a Bal, un diario podría entenderse como una escenificación, una puesta en escena. Intuyo que todo esto es especialmente verdad en el caso del diario que escribió el autor Carlos Marqueríe: en ese texto, la subjetividad  Carlos Marqueríe, a quien a partir de ahora me referiré como la subjetividad CM, se escenificaba como una colección de paisajes,  de vistas, de epifanías espaciales. Quizás por eso, era inevitable que el texto saltara de las páginas privadas de cuaderno privado a la escena. Seguramente, el teatro estaba esperando desde el principio.
El lugar elegido es el teatro Pradillo que, después de la sabia intervención que le ha devuelto la vida, es, fundamentalmente, un espacio negro y vacío dominado por un fortísimo eje central. Retirada la grada frontal, es decir, expulsado el sujeto burgués hegemónico de la sala, ha aparecido un poderoso centro vacío que absorbe y distribuye la mirada.  Un poderoso espacio central vacío y oscuro que hace pensar en ese “nadie” que   José Luis Pardo encuentra en el corazón del ser. Por eso, quizás ningún otro lugar era más adecuado para que CM se encarnara.
Todo comienza al morir el autor Carlos Marqueríe. Su muerte es la condición que permite que se despliegue la subjetividad CM. Al decidir abrir el diario y hacerlo público, el autor del diario renuncia a su cuerpo o dicho de otra manera,al menos, a esa unidad que en la vida ordinaria forman cuerpo y subjetividad. La aparición de “la de la guadaña” es la escenificación del momento en el que uno deja de ser y se convierte en memoria de los que miran, de ese misterioso proceso de transferencia que libera al cuerpo de su nombre y de su voz propia. A partir de ese momento, el teatro y todos los que estamos dentro nos transformamos en actores-hacedores de la subjetividad  CM y el diario deja de ser la confesión de un individuo para convertirse en un crudo y deslumbrante ejercicio de exposición de estructuras y órganos.
El diario, más que escrito, parece estar pintado.  El texto está hecho de imágenes que son un mismo paisaje a lo largo de las estaciones: La Casa de la Colina, el mirador, la encina, los almendros, la ribera, la bruma, la luz… Imágenes invisibles que nos obligan a ver. Nuestra tarea, la de los que hemos venido a mirar, es encarnar todas esas imágenes, hacer que se concreten en nuestras mentes. De esta forma, haciéndonos cómplices de la visión íntima, la subjetividad  CM comienza a desplegarse a partir de nuestros propios cuerpos. Desde ese momento el diario deja de ser privado y empieza a ser algo así como un espacio intermedio en el que el pasado desaparece y la memoria se disuelve en un presente absoluto: los días del diario son el tiempo que vivimos allí dentro, los paisajes son lo que estamos viendo. Medio privado, medio público, el lugar incierto de lo íntimo, del sujeto.
Además de ese cuerpo informe y vidente que formamos los espectadores, en la subjetividad  CM viven otros tres cuerpos individuales y gloriosos: El Señor que Habita la Casa de la Colina, Su Voz Encarnada y La Mujer. El diario, al igual que la subjetividad CM, es un dispositivo que se despliega. La función de estos tres componentes principales es hacer de caja de resonancia del paisaje, esto es, revelar una dimensión visual que de otra manera hubiera permanecido oculta. Así, el paisaje en constante transformación, funciona como un umbral que da acceso a otro tipo de imágenes que, en forma de reverberación son las que aparecen en el escenario ante nuestros ojos con la solidez de lo real. Llevados por los paisajes que se forman en nuestra mente, llegamos a una sucesión de imágenes-acciones vivas que tienen algo de arquetipo, de carta del tarot, de secreto desvelado. Las  escenas son  la estructura de la subjetividad CM: en el eje central, un hombre de unos cincuenta años cuya voz ha salido fuera de sí y se ha encarnado en una mujer voluptuosa que esconde a conciencia su belleza radiante para que nada ensucie las imágenes que salen de su boca. Su Voz, acompaña delicada y tiernamente al hombre, está siempre a su lado. Frente al hombre aparece un reflejo-sombra, una oposición simétrica que le despoja a él de toda autoridad de toda centralidad. Se trata de otra mujer cuyo cuerpo es, sospecho secretamente, el mismo que el del hombre con unos años menos y unas curvas más. El encuentro de estas dos figuras, el hombre y su sombra, hace imposible la visión hegemónica y nos libra de la embarazosa situación de encontrarnos frente a un héroe intentándonos vender un relato autobiográfico. Esto, además, tiene consecuencias políticas para la subjetividad CM: en el centro del ser, el vacío, la distancia, el hueco entre el uno y el sí mismo. La relación entre los dos extremos no es estática ni calmada. Todo lo contrario: él persigue a ella; ellos se pegan; ella se cuela en sus paisajes y los revienta desvelando lo más profundo, sacando a la luz las raíces; él la anhela mientras ella se escapa; ella envenena sus sueños y los llena de fiebre; él intenta escapar mientras ella le retiene impasible;… Solo hay calma en las contadas ocasiones en las que las vistas sobre el paisaje consiguen apoderarse del escenario. La subjetividad CM está hecha de agitación y belleza reveladoras, parece el fruto de una lucha constante. Pero, quizás, y sobre todo, está hecha de melancolía. Dice Estrella de Diego que “estamos condenados a vivir en la melancolía porque estamos condenados a vivir en la memoria. Y si estamos condenados a vivir en la memoria, no se puede hablar de los muertos como un concepto general. Solo puede hablarse de los muertos propios. La muerte, en el sentido último del término, debe ser una experiencia privada y particular. Para llorar a los muertos hay que hacerlos propios, hay que saber amarlos como hace Loynaz frente al recuerdo construido de Tut-Ank-Amen. Y allí, en esa pérdida privada, aparece el relato” (2005:156). La muerte con la que comenzó la obra y que sirvió para liberar el cuerpo de Carlos Marqueríe, se repite al final, aunque no es la misma ya que ahora marca el final del presente absoluto y el principio de la memoria. La subjetividad CM desaparece una vez que han pasado las tres estaciones: veintiocho buitres sobrevuelan nuestras cabezas porque han olido nuestra muerte allí. Entonces, cuando todo se ha desvanecido, toca volver a casa. En nuestra habitación oscura, se restaurará el gobierno de la memoria y, antes del sueño aparecerá la posibilidad del lenguaje como una sutil transición entre las palabras y las imágenes. Allí, entonces, podremos llorar cada uno a nuestros propios muertos. Y, a la mañana siguiente, la escritura, nos estará esperando.

Jaime Conde-Salazar

REFERENCIAS
-    BAL, Mieke, 2009, Conceptos viajeros en las humanidades, CENDEAC
-    DE DIEGO, Estrella, 2004, Travesías por la incertidumbre, Seix Barral
-    PARDO, Jose Luis, 1996, La intimidad, Pre-Textos

Una respuesta a “Sobre nuestras cabezas”

  1. Sr. Curí dice:

    Querido Jaime.

    Hay algo que me encanta después de ver algo en un teatro: descubrir que has escrito sobre ello.
    Lo cierto es que al día siguiente de ver volar a estos 28 buitres comencé a leer tu “Sobre nuestras cabezas”, pero decidí posponer la lectura porque la pieza de Marqueríe bien se merecía un periodo de reposo y decantación.

    Una semana después, esos 28 buitres siguen aquí enredando en mi salón.
    Y como cada mañana, me he levantado y me he puesto a leer.
    Y me he puesto a leerte a ti también. Y como siempre, ha sido un verdadero placer.

    Te doy las gracias por ensanchar/me el panorama, por haberme hecho buscar como loco esta mañana “El Andrógino sexuado” (que es el único libro que tengo de Estrella) y ponerlo en la mesita de lectura para una futura re-lectura, por descubrirme a Mieke Bal a la que nunca he leído y sobretodo, por hacerme recordar y re-visualizar lo visto el pasado domingo en Pradillo a través de tus ojos siempre precisos.

    En estos días de conexiones en los que yo andaba viendo a Marqueríe en escena (o como tu apuntas, a su subjetividad), leyendo la segunda entrega de la saga familiar de la maravillosa y compulsiva diarista Alison Bechdel y haciendo mis cosas de casa… encontré (perdido entre un dvd de cine de boxeo publicado por el periódico ABC y el “Compendio de música” de Descartes) un librito de Freud (“El malestar en la cultura”). No me he podido resistir a poner aquí una pequeña cita de este último, no sin antes mandarte un beso:

    “Goethe aun llega a advertirnos: “Nada es más difícil de soportar que una serie de días hermosos”; pero bien podría ser que exagerara”.

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