Víctimas de nuestras referencias

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Lo otro: el concierto de Anto Rodríguez.

Cartografías de la emergencia. Teatro Pradillo. Madrid, 30 de septiembre de 2013

Lo otro, el proyecto que Anto Rodríguez ha presentado en el Teatro Pradillo en forma de concierto tiene algo de confesión, al igual que todos los proyectos autobiográficos. Agarrado al micrófono, se propone dejarnos ver su vida a través de anécdotas, es decir, a través del relato de sucesos que, por una razón u otra, son dignos de ser contados. Las anécdotas traen de la mano las canciones que son algo así como las marcas, los restos  que aquellas dejaron. Pero, al contrario de lo que pasaría en un relato autobiográfico al uso, las canciones/anécdota no están hilvanadas por una hebra narrativa que establece relaciones causales y que explica el transcurso de una vida. Las canciones se suceden pero, más allá del puro placer de contar anécdotas,  no hay un argumento que nos lleve de una a otra. Ya se sabe: las anécdotas, a base de contarlas, se independizan del hecho que pretenden relatar y pronto adquieren una vida propia distinta incluso del sujeto que las relata. De esta manera, la serie de escenas independientes yuxtapuestas da lugar a un relato a trozos, incompleto, fragmentado.  Así, el propósito de hablar de la vida propia, lejos de desembocar en una afirmación del sujeto hegemónico clásico, heroico, solitario y atrapado en su individualidad, parece llevarnos a una especie de sujeto poroso e incierto que no está claro ni dónde empieza ni donde acaba. “Se fragmenta el relato, se fragmenta el sujeto” podríamos decir parafraseando a Estrella de Diego.

Las canciones y anécdotas que Anto Rodríguez desgrana a lo largo del concierto revelan un hecho intrigante: de alguna manera el relato de su vida, nos resulta familiar. Más allá de los derroteros por los que hayan transcurrido cada una de nuestras biografías, su relato pone al descubierto posibles puntos de encuentro, lugares en los que no es difícil coincidir. Da un poco igual cómo cada cual llegó a Bibiana desnuda cantando por Chavela en la terraza del apartamento-estudio que el día anterior visitó Amparo y que está encima de la casa de Ramón y Kika; o a Julio Iglesias; o a Estrella de Diego; o a los largos veranos; o a un concierto de Isabel Pantoja en la plaza… lo que importa es que  cabe la posibilidad de reconocernos en esos puntos de llegada. Lo otro parece referirse a ese espacio que excede la propia peripecia particular, es algo así como eso que el personaje de Hannah, en el segundo episodio de la primera temporada de la serie “Girls” llama “the stuff that gets up around”, esa zona incierta, difícil de nombrar en la que realmente es posible que suceda el encuentro, el contagio, la coincidencia de conciencias.

Hemos crecido descubriendo las posibilidades infinitas de copiar y compartir información (de niños, con los casettes y el vídeo y, ahora, a través de internet). Y esto ha hecho que, en nuestros días, podamos documentar nuestra memoria con cierto rigor y, en consecuencia, podamos compartirla con cierta facilidad. Así, en estos tiempos nuestros, las referencias privadas,  son cada vez más, lugares compartidos que, a la vez, podemos reconocer como propios. Las anécdotas de Anto Rodríguez son algo así como los caminos narrativos que llevan a esos puntos de encuentro y, al hacerlo, dejan de ser algo íntimo que se desvela y se convierten en algo público que se comparte. Los que escuchamos sentados en el teatro, nos podemos colar por los huecos que fragmentan su relato y descubrir entonces que las anécdotas son, más que otra cosa, condiciones de posibilidad: seguramente nuestras vidas no ocurrieron así como se cuenta, probablemente tenemos otra edad, nacimos en otro lugar, fuimos a otra escuela, etc… pero, íntimamente, sabemos de qué nos están hablando y a qué se refieren.

Nos construimos a partir de aquellos hechos, fenómenos y sucesos en los que decidimos mirarnos en busca de reflejo. Dicho en tremendo: somos víctimas de nuestras referencias. Y cuanto antes asumamos esto, mejor para todos. Entendemos el mundo y a nosotros mismos a partir de las escenas y situaciones que decidimos guardar y utilizar para armar nuestra memoria. Lo fascinante es que esa búsqueda de la memoria propia, lleva a lugares comunes a referencias compartidas que, paradójicamente, nos liberan no solo de la narración lineal clásica sino además del sujeto individual, heroico, solitario y de aspiraciones hegemónicas. Ese espacio difícil de abordar que rodea y excede las anécdotas, eso que Anto Rodríguez llama  lo otro,  es, en cierta manera, una invitación a explorar una intimidad compartida. Y, en ese sentido, logra desactivar esa pesada y oscura dicotomía que nos obliga a elegir entre ficción y realidad, entre erudito y popular: da igual que las historias se refieran a hechos sucedidos o inventados, es profundamente irrelevante que algo se haya producido obedeciendo al envaramiento típico de la academia o como parte de la industria del entretenimiento,  basta con que lo reconozcamos como propio para que se conviertan en realidad. ¿O es que acaso, como sospecha  Estrella de Diego, la verdad y la realidad no son aquello que se establece como tal solo en el discurso? (Travesías por la incertidumbre, 236).

Jaime Conde-Salazar    

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