La rendición

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luna llena

Nana. Concierto para durmientes de Dr. Kurogo. 19 de octubre. Teatro Pradillo (Madrid)

La invitación del Dr.Kurogo era simple y clara: un concierto que tendría lugar a lo largo de toda la noche de luna llena mientras los asistentes dormirían acomodados a su gusto en el teatro.
Lo primero, preparar el espacio: quitar las gradas. O lo que es lo mismo, prescindir de la visión y de la experiencia óptica. No necesitamos mirar hacia nada por lo que la posición frontal no tiene sentido. En esta ocasión no se espera de nosotros que hagamos el papel de punto de vista. Nosotros somos los durmientes así que lo nos toca es buscar nuestro lugar en la gran caja negra vacía y allí construir nuestro lecho. Cada cual se ha traído sus enseres favoritos y se afana en armar su lugar de la rendición. Mientras, el discreto Dr. Kurogo anda ocupado preparando sus cositas de hacer música en un lugar retirado de la escena.
Arriba cuatro bombillas mínimas que crean la penumbra justa; abajo, el suelo cubierto de cuerpos tendidos y arropados dispuestos para el sueño. Parece como si aquella caída que tanto asustó al público europeo con la que comenzaba Rosas danst rosas (1980) de Anna Theresa de Keermaeker, o las caídas insistentes de La Ribot en sus piezas distinguidas (1993-2003) hubieran alcanzado por fin sus últimas consecuencias: los cuerpos que ahora conquistan la posición horizontal no son los de los bailarines sino los de los espectadores. Sabemos que la postura característica del sujeto occidental hegemónico tal y como se ha definido en los últimos cinco siglos, es la posición erguida, la que permite mirar a lo lejos, la que coloca la cabeza sobre los hombros. De pie, es la postura de la consciencia, del espectador. Tumbados no solo renunciamos a mirar sino que además producimos otra subjetividad distinta del sujeto individual, heroico, solo y pagador de sus impuestos. El espectador mira, pero nosotros hemos sido convocados para dormir, a nosotros se nos llama “durmientes” y por ello podemos tumbarnos y cerrar los ojos.
El Dr.Kurogo empieza a trabajar desde su rincón iluminado por bombillas rojas mínimas y por las lucecitas de sus cacharros. Sonidos grandes que anuncian que todo va a empezar. De pronto, Niña Jonás cuenta el cuento del Señor de Negro cargado con su peso ligero. Cerramos los ojos y la escena se llena de imágenes: el puente, el viento, La Voz vestida de blanco, las palabras que el hombre de Negro no puede oír porque el viento se las lleva hacia las montañas, los lobos, las lágrimas, el rio denso y los peces que se alimentan de peces. No hemos venido a mirar sino a ver. Tumbados en la oscuridad se hace evidente que la voz y los sonidos van a traer las imágenes. Hay una escena pero no está dentro del edificio del teatro: el lugar de la acción es nuestra consciencia. Imposible no pensar en el neurobiólogo Bernard J. Baars.
El Dr. Kurogo trabaja incansable durante toda la noche. Rodeado de sus cacharritos, se parece al artesano imaginado por Sennet, aquel que realiza su tarea por amor a la propia tarea. Su figura delgadita se recorta en la tenue luz roja que utiliza para ver. Laborioso, va de aquí para allá, hilando con cuidado para que no se rompa la hebra que empezó en el cuento. Su misión es crear caminos sonoros por los que nuestras consciencias puedan continuar sus viajes y encontrar sus imágenes. Él sabe que lo importante es ofrecer el medio: encorvado y medio desnudo sobre las cuerdas de acero, teje el vehículo que ha de llevarnos a nuestros paisajes, nuestras escenas, nuestras visiones… No hay un destino único, no hay una obra cristalizada que nosotros debamos recibir. Él nos da los sonidos pero somos nosotros, los durmientes, los que tenemos que viajar yendo y viniendo de la vigilia al sueño, del sueño al amodorramiento, del retozo a la vigilia otra vez, etc. Así, la obra se va haciendo en cada una de nuestras consciencias que no paran de transformar los sonidos en imágenes.
Ya sabemos que el teatro es una máquina de producción de consciencia o de subjetividad y que la cosa no va solo de explorar posibilidades de representación sino, sobre todo, de producir posibilidades y condiciones para existir o ser.  El teatro al uso nos ofrece la posibilidad de ser de una única manera. Pero el teatro que ha construido el Dr.Kurogo para la ocasión, es muy distinto. Se trata de un teatro que se levanta sobre nuestra rendición: entregamos nuestro peso, abandonamos nuestra mirada, renunciamos al régimen óptico. Así se coloca la primera piedra del nuevo edificio. Y mientras el Dr. Kurogo trabaja incansable modelando el aire a la vez que lucha contra el sueño, nosotros hacemos nuestra labor rendidos en nuestros lechos: los alientos comienzan a mezclarse, la temperatura sube, las respiraciones se sincronizan, los ronquidos producen extrañas armonías y el espacio se vuelve denso de imágenes efímeras. En este teatro hecho de aire, dejamos gozosamente de ser “alguien” y emprendemos nuestro viaje hacia “lo otro”, hacia el otro lado del puente donde La Voz vestida de blanco brillante, espera al Señor de Negro.
El retorno llega con la luz del día y con una generosa bolsa de churros.
Jaime Conde-Salazar

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