01 La danza del futuro no tiene forma.

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La danza del futuro no tiene una forma concreta. O lo que es lo mismo, puede tener cualquier forma. En ese sentido, elude la clasificación clásica según estilos, movimientos, metodologías, géneros o escuelas que resulta a todas luces insuficiente para referirse a la realidad multiforme de la danza del futuro.
La forma es una herramienta. En cada ocasión, dependiendo de la naturaleza de cada proyecto se recurrirá a unas soluciones u otras. En cualquier caso, no se le concede a la forma un valor esencial capaz de justificar por sí misma una propuesta. Lo que se persigue no es la forma en sí, sino lo que la forma deja ver, lo que emerge tras las realizaciones concretas que adquiere un trabajo.
Por ello, hay que estar muy atentos y no confiar demasiado en las categorías formales clásicas. El afán clasificatorio propio de esta subjetividad occidental en la que vivimos, nos ha hecho creer que realmente es posible nombrar y ordenar todo según su forma. Pero, por muchos nombres que no inventemos, por muchos intentos de nomenclatura que hagamos, si solo atendemos a la forma, seremos incapaces de referirnos a lo que, en realidad, sucede. La danza del futuro puede aparecer en contextos muy diversos y de maneras muy variadas.  Exige que traspasemos lo que ya sabemos  y que vayamos más allá ya que si no lo hacemos, es muy posible que no nos demos cuenta de lo que está mostrándose ante a nosotras.
Al liberar la forma de toda responsabilidad ontológica, ésta adquiere una importancia nueva. La danza del futuro atraviesa lo formal, en ese sentido asume la labor de transformar, o lo que puede ser lo mismo, de explorar los espacios intermedios entre las distintas formas posibles sin asentarse en ninguna solución concreta. La forma deviene posibilidad y deja de ser certeza y afirmación.  Así, ese ir y venir de unas formas a otras es una manera muy decidida de resistir a las patologías clasificatorias occidentales, pero sobre todo, una afirmación gozosa de la desaparición, del carácter fugaz y efímero  propio de todo lo vivo y también de la danza.
Jaime Conde-Salazar

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