Elogio del centro

Print Friendly

CINTAS retocadas

 

Viva la guerra. Post-verdiales de Alberto Cortés con Maria del Mar Suárez, Meriché López y el col.lectiú  LOOPA! 13 de octubre de 2016. Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid.

 
Si nos ponemos geográficos, toda periferia puede ser centro y todo centro, eventualmente es una periferia. Depende desde donde se mire, depende donde se coloque uno y hacia dónde decida mirar.Pero si me pongo valiente e intento saltarme lo ya conocido, entonces, ahí se disuelve la dicotomía. No es cuestión de distancias, ni siquiera de oposiciones: es más bien cuestión de acción, o lo que podría ser lo mismo, de guerra. El centro es la guerra y la periferia es la posibilidad de la lucha. Dos extremos que permiten un movimiento tajante. Lanzar piedra.
Canta La Niña de los Peines: “Fui piedra y perdí mi centro/ y me arrojaron al mar/ y a fuerza de mucho tiempo/mi centro vine a encontrar”. Y al escuchar, J.Á. Valente afina: “Fui la piedra y fui el centro”. No hace falta nombrar la pérdida, basta con el tiempo pasado de los verbos para entender lo que ya no se es. Fui las dos cosas, piedra y centro y en ese ser doble ya estaba incluida la pérdida. Porque fui piedra perdí el centro, porque fui centro me hice piedra.  Y me arrojaron al mar.

La periferia no es una posición, la periferia es el centro en exilio, es la posibilidad que tiene el centro de disolverse en el contorno, en lo que está dejando de ser continuamente. Valente sigue: “El centro mismo se exilia con la piedra hasta que ésta viene a encontrar aquel profundo centro suyo, que ha perdido o que ha sido arrojada”. La periferia es la única posibilidad del centro, del centro hondo del que mana todo.

Un sombrero plano de ala muy ancha, casi un paraguas colocado sobre la cabeza. El centro de ese círculo que es un sombrero, sobre el centro justo del cráneo. Desde ese centro de equilibrio brotan mil cintas de colores que trazan todos los radios posibles y luego, superado el límite del ala, chorrean en vertical hasta el suelo. No hay piernas, ni ojos, ni brazos: este cuerpo está fuera de sí, se ha convertido en una periferia de cintas de colores. Esta es la condición para que la voz sea posible. Porque la voz de este cuerpo en exilio de sí nace del centro, ese lugar invisible y oculto, protegido y marcado por la periferia, de colores.

“Quien escribe lanza una piedra sobre la superficie lacustre del silencio” explica Ada Salas. Abrir la boca para que salgan piedras. Pero aquí no hay boca, solo hay centro. Pero aquí no hay discurso, solo hay piedras lanzadas al silencio. Y que el vuelo sea tan alto que  desde los montes se llegue al mar.

Fui la piedra y fui el centro.

Y el sonido es ancestral. Bastaba pararse a escuchar lo que ya estaba. A tierra, al suelo, a pisar con toda la fuerza hasta que la voz vuelva abajo. Pies como bocas abiertas a la tierra. Y que el suelo tiemble que esto es la guerra. Porque no hay golpe posible, solo agua, solo sal. Que del golpe nace el centro hondo y de allí brota la voz. Y los ojos se hacen torrentes y el aliento caverna.

Los pies llaman a los de abajo. Los platillos llaman a los de abajo. Las cuerdas llaman a los de abajo. La pandereta abre la grieta. Y las voces hacen manar la fuente. Son los de abajo los que piden guerra, no guerra contra el mundo sino guerra contra los muertos en vida, contra los impostores de la muerte. Una guerra de piedras, de centros lanzados en exilio. Por los talones  sube su grito que hace que la tierra vibre. El golpe de caída contra el suelo hace que se confundan el centro de la tierra y el de los cuerpos desplegándose así, el campo de batalla.

Son los cuerpos que vienen a encontrar. Los que se unen y se entregan a la labor de la batalla, que es un llegar, pisar,  hacer temblar el suelo a golpe de talón. Para que aparezca de nuevo el centro,  el que nace en el fragor, en el jadeo compartido, en el grito encarnado que disuelve los límites conocidos del cuerpo. Es el baile. Es la guerra.

Jaime Conde-Salazar

Deja tu comentario

 
+(reset)-