La Gran Corrida

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Domingo por la tarde. En la tele no hay nada interesante. Es demasiado pronto para encontrar revelaciones en la pantalla. Es demasiado pronto también para abandonarse al consumo de porno y drogas. Quizás es un buen momento para hacerse preguntas incómodas. “¿Qué va  a ser de las artes vivas?, ¿qué futuro tienen?”, resuena en la cabeza. “Vaya manera patética de pasar el fin del fin de semana” nos reprendemos de inmediato al descubrirnos haciéndonos semejantes preguntas. Pero en realidad, no hay nada mejor que hacer, así que seguimos tirando del hilo.

Con sólo observar superficialmente los mecanismos que modelan la producción artística, nos daremos cuenta de que, en realidad, todo está bajo control. Las sociedades posindustriales europeas nos hemos inventado un perverso cajón que hemos llamado “cultura” y en el que metemos todo objeto amenazante. Nos sentimos orgullosos de ese cajón, sentimos  que es una de las principales cosas que nos diferencian de “los demás”: sin ningún rubor, seguimos pensando que somos el paradigma de la “civilización”. Así, nuestros estados, invierten (una cantidad irrisoria de sus presupuestos) en ese artefacto, y todos nos abandonamos felices a una tranquilidad autocomplaciente: somos más buenos, “nosotros” tenemos un “Ministerio de Cultura”. No nos damos cuenta de que eso que llamamos “cultura” es un siniestro artefacto que elimina cualquier capacidad política en las prácticas artísticas. La estrategia es muy simple: se trata de crear barreras, contenedores capaces de superponerse y aislar cualquier intento de alterar el orden burgués capitalista. Lo hemos visto mil veces: por muy molestos que puedan resultar a primera vista los trabajos de Rodrigo García, Jérôme Bel, Vera Mantero, Franko B, Romeo Castellucci… siempre aparecen o dentro de un teatro, o dentro de un festival, o dentro de un plan de políticas culturales, etc. Todas estas coberturas consiguen retirar, con una eficacia insólita, la capacidad política de cualquier propuesta artística por muy “incómoda” que resulte. Todo acaba reafirmando el statu quo capitalista porque, una vez dentro de la “cultura”, desaparece la posibilidad de actuar en el mundo. Es cierto que, a veces, el sistema falla y, de repente, hay fugas que perforan estas las capas aislantes de la “cultura”. Pero no nos engañemos: se trata de puros accidentes que, una vez identificados, son inmediatamente sometidos a un proceso de desactivación.

El panorama no es muy alentador: pero quizás haya una salida en esa potentia gaudendi que, recientemente, Beatriz Preciado ha recuperado de la filosofía de Spinoza. Según propone la brillante filósofa y activista “la fuerza orgásmica es la suma de las potencialidades de excitación inherente a cada molécula viva. La fuerza orgásmica no busca su resolución automática sino que aspira a extenderse en el tiempo y en el espacio, a todo y a todos, en todo momento y en todo lugar. Es la fuerza que transforma el mundo en placer-con. La fuerza orgásmica reúne al mismo tiempo todas las fuerzas somáticas y psíquicas, pone en juego todos los recursos bioquímicos y todas las estructuras del alma” (2008: 38). Y más adelante: “lo que caracteriza a la potentia gaudendi no es sólo su carácter no permanente y altamente maleable, sino, y sobre todo, su imposibilidad de ser poseída o conservada. La potentia gaudendi como fundamento energético del farmacopornismo, no se deja reducir a objeto ni puede transformarse en propiedad privada” (2008: 39) (¡las resonancias de esta última definición con las propuestas de Peggy Phelan en su famoso The Ontology of Performance (1995) son tan sorprendentes como  excitantes!). Así, si el problema es que, a través del artefacto de “la cultura”, se le extirpa a las prácticas artísticas su capacidad de “hacer” y, por sistema, acaban siendo un complaciente entretenimiento, entonces, quizás hayamos dado con el corazón del problema. Pero, ¿cómo recuperar la “fuerza orgásmica” de las artes?, ¿cómo liberar a las prácticas artísticas de las alienantes garras de la “cultura”?

La respuesta está en el porno. Es más, si fuéramos capaces de liberarnos de ciertas limitaciones puritanas instaladas en las partes más invisibles de nuestra consciencia, nos daríamos cuenta de lo mucho que las prácticas artísticas actuales tienen que aprender del porno. Se puede incluso pensar que sólo aquellas propuestas artísticas que se acercan al porno (intencionada o accidentalmente) son las que logran, en efecto, escapar de la desactivación mortecina que impone la “cultura”. Quizás el porno es la última oportunidad que tiene el arte de reventar las capas de aislamiento que le aíslan del mundo y de recuperar su capacidad política y de acción. Y aquí hay que hacer un esfuerzo por entender el porno en toda su amplitud: el porno no debería confundirse con la exhibición de imágenes de claro y crudo contenido sexual. Como proponen Andrés Barba y Javier Montes, el objeto pornográfico es aquel objeto con el que establecemos un compromiso de excitación (2007:39). Por lo tanto la experiencia porno puede suceder con cualquier objeto (no sólo con las imágenes que reproducen acciones sexuales): basta con que estemos dispuestos a abandonarnos a la excitación, basta con que dejemos que el objeto actúe sobre la capacidad de placer de nuestro cuerpo. En ese sentido, el arte, al igual que el porno, debería ser capaz de hacer que nos corriéramos cada vez, todo el tiempo. Deberíamos asumir que ir a ver un espectáculo implica siempre que vamos a ser penetrados, una y otra vez. Y que eso, no sólo va a desatar unos intensos procesos de placer, sino que además va a disolver los límites que nos separan de la obra. Lo que hace el porno es llevar la representación al cuerpo de quien consume esa representación. La excitación del porno es un ejemplo perfecto de cómo los límites entre el sujeto y el objeto; el yo y el tú; el espectador y la obra; el espectador y el autor; etc., pueden llegar a convertirse en algo borroso. De lo que se trata, finalmente, es de escapar a esas envolturas aislantes de la “cultura” que no hacen otra cosa que materializar los miedos burgueses hacia las prácticas artísticas creando espacios “seguros” (museos, teatros, galerías, ferias, festivales, etc.) que en un alarde patético de paternalismo, alejan las obras de nuestros cuerpos. Y es que cada vez es más evidente que el cuerpo es la salida, es el lugar de la revolución. Pero no nos confundamos: no me refiero aquí al “cuerpo” como problema abstracto, como tema de discusión erudita. Estoy hablando del cuerpo propio, de las carnes en las que cada uno vivimos nuestro dolor, de los órganos en los que suceden los episodios de placer privado y particular. Ese es el escenario en el que las prácticas artísticas  recuperarán (Dios lo quiera) su potentia gaudendi, su fuerza orgásmica, su capacidad de transformar el mundo y producir conocimiento. Si realmente nos queda alguna esperanza de que las artes lleguen a ser algo vivo, primero la “cultura” debe desaparecer; y segundo debemos liberar todas esas prácticas artísticas que se meten dentro de ese cajón aislante, y dejar que transformen y subviertan nuestras prácticas cotidianas. Y ahí, los espectadores tenemos una responsabilidad porque hay cosas que podemos hacer: comencemos a consumir los productos de la “cultura” igual que consumimos el porno; vayamos a los teatros dispuestos a corrernos; exijamos que las obras nos hagan convulsionar de placer; demandemos que cada obra deje una marca en nuestras piel y pase a formar parte de nuestro cuerpo, nuestra memoria y nuestra biografía. Aprovechemos, todos esos nuevos dispositivos de representación que exploran maneras de hacer desaparecer las barreras que nos separan del mundo. Entren en Xtube, Cam4, Chatroulette,…: déjense llevar, admírense de la cantidad de personas que están dispuestas a poner en juego sus propias carnes con tal de ver el mundo de verdad, con tal de participar en una gloriosa corrida.  Aprendamos, de una vez por todas, todo lo que nos tiene que enseñar porno.

REFERENCIAS
BARBA, A. y MONTES, J., 2007, La ceremonia del porno, Anagrama, Barcelona.
PRECIADO, B., 2008, Testo Yonqui, Espasa, Madrid.

(Publicado Obscena. Revista de Artes Performativas. Primavera 2009)

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