Hamburguesas con vino

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Gólgota Picnic de Rodrigo García
Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero. Del 7 de enero al 6 de febrero de 2011.
 
Paras delante de la ventanilla drive-in de una hamburguesería y después de contarle lo que quieres a un micrófono, unas manos te entregan en una bolsa lo que has pedido. Pagas por ello. Hasta aquí nada de nervios, nada inesperado. Cuando solicitas un servicio quieres obtener lo que has pedido, ya lo conoces, tienes una necesidad, te resulta conveniente o te apetece en un momento preciso, entregas el dinero y el servicio se materializa, comida, un fontanero, una prenda de ropa… Tienes hambre, no tienes tiempo y quieres solucionar este trámite sin complicaciones. Haces un listado en el cajero automático de la comida y listo, sigues.
Conduces mientras comes, y cuando bebes por la pajita un poco de refresco, descubres que no es Coca-cola light lo que contiene el vaso de cartón, es vino tinto, muy rico, bueno. Por un momento, durante unos tragos disfrutas de lo inoportuno, sit back and relax, unos sorbitos de placer inesperado, ahuecas un poco los hombros para recostarte y puede que hasta pares el coche. Te han hecho un regalo.
Esto no es lo que ocurrió en el estreno de la obra de Rodrigo García. Como final del espectáculo y sin advertencia previa, los actores sacan a escena un piano, un personaje se desnuda y toca Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz de Haydn. Dura 40 minutos. En las pausas entre los primeros movimientos hay amagos de aplausos, bufidos y un poco de parloteo, que según avanza la pieza se hacen más evidentes, abandonos ruidosos de la sala y en general descontento, impaciencia y muy poco respeto por la música que suena y por el resto de los espectadores. Nunca había presenciado un comportamiento tan infantil durante un espectáculo.
Este es el regalo de Gólgota Picnic, esta es la sorpresa.
Vas buscando tu ración de provocación burguesa, escuchar reflexiones más o menos heterodoxas sobre el catolicismo, sus símbolos y sus creencias. Un poco de vómito, un poco de desnudo, estás muy cómodo con esta parte del espectáculo, que curiosamente tiene toda la intención de hacer que no lo estés. Y llega la música, y no es la música la que provoca que te revuelvas en el asiento, que te marches o que incluso saques una foto con tu iphone (con flash). Es que no es lo que has pedido, y nadie tiene más criterio que tú para saber lo que quieres, dejarte hacer no es posible.
¿Cuánto valen las conversaciones que tienes todos los días en el trabajo, por el teléfono, en el bar..? Desde luego la mayoría de las mías valen menos que la oportunidad y la experiencia de escuchar una pequeña pieza de piano, de intentar averiguar por qué ha sido colocada allí, al final. Si pretendía incomodar, nada más coherente e inesperado junto con los discursos que los actores han soltado antes, un éxito. Si no era esa la intención, más interesante aún.
El caso es no aprender, es sólo coger lo que ya sabes que se te va a entregar, y si viene algo de más, es mejor tirarlo, por si acaso.
En 1966 Bob Dylan dio un concierto en Manchester y cuando, como después haría en toda la gira, pasó de tocar en acústico a hacerlo con el set eléctrico, le llegan a llamar Judas! desde el público. Lo inesperado provoca esta reacción. Él contesta, I don’t believe you… you are a liar! Y le indica a su banda que toque más alto:
Play it fucking loud!
 
CHISCO VILLAR

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