Música para las bestias

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Gólgota Picnic de Rodrigo García
Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero. Del 7 de enero al 6 de febrero de 2011.

El suelo del escenario está cubierto con bollos industriales de hamburguesa colocados cuidadosamente formando una superficie regular. La sala huele. El fondo de la caja escénica se cierra con una gran pantalla. Han quitado las patas por lo que vemos parte de las tripas de la escena.  Al fondo del lado izquierdo, hay unas sillas de camping, cajas y cosas que no alcanzamos a distinguir bien. Entran los cinco actores. Hablan por turnos. No hay diálogos. Sueltan sus textos como discursos, dirigiéndolos claramente al público. Hablan todo el tiempo de Cristo. Mientras un actor habla, los otros hacen cosas. Las acciones resultan pequeñas en relación al espacio vacío del teatro y a los discursos. Entre los objetos hay una cámara de video a la que los actores se dirigen de vez en cuando. En la pantalla se proyectan sus caras hablando o sus cuerpos haciendo cosas. La cámara hace de lupa capaz de aumentar y recortar. Entre los cuerpos vivos y los reproducidos sucede un sutil desfase temporal, de punto de vista y de escala. Algunos espectadores abandonan la sala. Los actores siguen dando sus discursos. Y no paran de hacer cosas. Lo último que hacen es sacar a escena un gran piano de cola. Entonces sale el maestro Marino Formenti, se desnuda y toca Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz de Haydn. Haydn hace salir de la sala al resto de los espectadores sordos.
Ponerse a hablar de Cristo en un escenario en estos días, es un asunto delicado. A lo largo de los dos últimos siglos, la Iglesia Católica se ha ocupado concienzudamente de separarse de las prácticas artísticas y de alejar a los artistas de su entorno. Hoy en día, es muy raro que, fuera de un contexto autorizado, se haga alguna referencia a la figura de Cristo. Lo que llamamos Arte y la Iglesia Católica se han convertido en dos universos ajenos por completo entre los que apenas existe comunicación. Basta con que intentemos imaginar a Monseñor Rouco Varela, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, entendiéndose con Marina Abramovic, por ejemplo, y encargándole una obra para la espantosa Catedral de la Almudena de Madrid. Difícil. Muy difícil. Pero como de todos es sabido, esta relación difícil es un hecho moderno y relativamente reciente. De hecho, se puede decir que, entre el siglo IV y finales del siglo XVIII el fenómeno que llamamos Arte está necesariamente ligado al desarrollo de la Iglesia, especialmente, de la Iglesia Católica . Como señala Peggy Phelan, la historia del arte occidental “es una historia icónica de la economía de la Cristiandad y especialmente del Catolicismo Romano” (Mourning Sex, 1997, p.23).  Y, sin duda, el principal vehículo de todo ese enorme y deslumbrante desarrollo de nuestra cultura visual fue la figura de Cristo que los artistas nunca dejaron de reinventar, redefinir y re-imaginar. Pero esto se acabó y la Iglesia Católica es, a día de hoy, una extraña y poderosísima empresa que parece renegar de su responsabilidad histórica y que ha conseguido que Cristo haya desaparecido prácticamente del panorama de la creación convirtiéndose en un asunto cuando menos, antipático.
Sin embargo, siempre hay excepciones y algunas veces nos encontramos con valientes con suficiente olfato como para entender que, a pesar de la propia Iglesia, en la Biblia, en los Evangelios, en las vidas de los Santos sigue habiendo mucha tela que cortar. Dos evidencias. Primera: el pasado mes de noviembre, se publicaba en El País un artículo dedicado a Angélica Lidell (en el que se afirmaba que las dos principales lecturas de la artista eran Shakespeare y la Biblia. Segunda: la recién estrenada Gólgota Picinic de Rodrigo García.
Como ya he apuntado, la obra es un discurso continuo (encarnado por turnos en los cinco actores) en el que Cristo habla y se habla de Cristo. De alguna manera, el autor se coloca en un lugar heredero de la profunda revolución que comienza a finales del siglo XIV y que cristaliza en las recomendaciones del Concilio de Trento (1563) acerca de la función de las imágenes religiosas y de su necesaria verosimilitud. Sin tener demasiado en cuenta a la Iglesia actual y sus neurosis, Rodrigo García se inventa a Cristo a partir de sus propias referencias e intereses y crea una figura auténtica. Que no cierta: la obra no trata de hacer un comentario histórico en plan Mel Gibson. No es eso. La operación es  más parecida a las que hicieron en su tiempo Giotto, Masaccio, Van der Weyden,Veronés, Tiziano, Caravaggio, Velázquez, Ribera, Rubens, Rembrandt,… por hacer una lista rápida, fácil y obvia. Por eso, no es de extrañar que el texto que sale por las bocas de los actores, haga referencias continuas a la historia del arte y se nutra de muy distintas imágenes de Cristo muchas de ellas conservadas hoy en museos o en iglesias convertidas en museos. Sería un error pensar que la obra es una blasfemia o un intento malintencionado de faltar al respeto a un sistema de creencias. Por mucho que la estupidez haga a muchos ponerse a bramar y a rellenar hojas de reclamación alegando sentirse ofendidos.  Si algo hace Rodrigo García es tomarse en serio la figura de Cristo. A partir de ahí, hace sus comentarios más o menos brillantes, más o menos críticos, más o menos tibios. Nada nuevo que no hayamos visto ya ni en Rodrigo García ni, como decía, en la historia del arte en general. Quizás lo más interesante de todo viene al final, cuando el sermón se acaba y se hace el silencio. Entonces ocurre algo maravilloso, por fin algo de acción relevante: el maestro Marini toca. El sonido sale de ese cuerpo desnudo que se retuerce y gime, que se encoge y, a momentos, parece que va a salir disparado. El maestro se entrega. Se entrega para nuestra redención en el placer. Ese cuerpo abandonado a la voluntad del sonido, ese cuerpo que no se guarda nada, que se sacrifica para que el hecho suceda,  es, sin duda una brillante manera de representar a Cristo. Así, después de tanta palabra, la máquina del teatro se pone a funcionar a lo bestia y hace posible que suceda una suerte de misteriosa epifanía, una especie de extraña encarnación de Cristo como pianista atravesado por Haydn, una caída pura y libre que parece no necesitar llagar al suelo. ¡Ay, si los obispos y cardenales no estuvieran sordos y ciegos!

Jaime Conde-Salazar

Una respuesta a “Música para las bestias”

  1. Chiqui dice:

    Cuánto tiempo sin leer una crítica de verdad, con una breve descripción del espectáculo y con una buena reflexión argumentada. Gracias!

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