¿Era ella?

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Quartet (for Anna Akhmatova) de Augusto Corrieri.
Ciclo Tránsitos. La Casa Encendida. Madrid. 14 y 15 de octubre de 2010

En el medio del escenario un micrófono con pie, un vaso grande de plástico lleno de agua y una pelota de tenis. A un lado, un atril que sostiene una hoja en la que está escrita a mano el título de la obra.  La luz uniforme. Augusto Corrieri se coloca frente a nosotros y nos explica que, leyendo unos documentos en un tren en un viaje por Italia, dio con un artículo que narraba una anécdota curiosa. Teatro de La Scala en Milán, 1913: el director de la orquesta se queda tan fascinado cuando Anna Akhmatova pisa la escena que es incapaz de hacer que empiece a sonar la música. Ella, baila su variación en silencio. Sólo cuando acaba, el director es capaz de reaccionar, y comienza a sonar la música. Con el escenario vacío. El público escucha la pieza sin protestar. Aprendemos que ese es el origen de la obra que estamos viendo. Augusto Corrieri se dispone a separar cada una de las partes que componen un espectáculo y a mostrarlas de forma independiente. Primero lo que hacen los objetos. Luego lo que hace el movimiento de su cuerpo, lo que hace la música y, por último, lo que hace la palabra. Cada una de las partes es anunciada por una hoja distinta en el atril y finaliza con un oscuro. No es nada difícil acordarse de Nom donné par l’auteur (1994) de Jérôme Bel: los objetos, la ejecución concienzuda, la reducción de los recursos expresivos, los apagones… Sin embargo, hay algo profundamente distinto: el relato introductorio hace que veamos todo lo que viene después a través suyo. La disección de las partes del espectáculo, más que una reflexión sobre el funcionamiento del teatro, parece una excusa para crear un vacío en el que las imágenes de la narración del principio pueden resonar. Sentados en nuestras butacas vemos cómo Augusto Corrieri se esfuerza en mostrar por separado cada una de las partes, en hacer de forma precisa su trabajo. Mientras tanto, nosotros no podemos evitar acordarnos del director embobado, de la bailarina, del escenario vacío, de la fascinación que produce el ballet, etc. Entonces nos damos cuenta: “pero ¿no era Anna Akhmatova la famosa poetisa rusa exiliada tras la revolución? ¿no era ella la amiga de Marina Tsvietaieva?, ¿o estamos confundidos? ¿existió alguna vez alguna prima ballerina con ese nombre?, ¿quién era aquel personaje misterioso y ruso capaz de dejar paralizado al director de orquesta? ¿y si la anécdota fuera inventada? ¿y si lo que justifica el ejercicio de disección teatral no fuera un mero afán “deconstructivista” sino la puesta en escena de una sutil ficción? ¿y si lo que nos mantiene pegados a la butaca fuera el placer de la narración?”…

Jaime Conde-Salazar

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