Lo que se perdió para siempre

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uma misteriosa Coisa, disse o e.e. cummings*de Vera Mantero.
Festival Escena Contemporánea. La Casa Encendida. Madrid. 29 y 30 de enero 2011

Se apagan las luces de sala y la escena permanece oscura. Se oyen unos pasos torpes que se aproximan. Se comienza a oír un susurro. Una luz tenue se enciende en el centro de la escena y comenzamos a distinguir la silueta de alguien. Vemos una cara blanca de una mujer muy maquillada al estilo de los espectáculos de variedades. Es ella la que habla. Su voz y la luz se van aclarando muy sutilmente. Repite insistentemente una colección de enunciados (“una intolerancia, una visión, una caída, un vacío, una incapacidad, una pena…”) que siempre acaban en la expresión “atroces, atroces”. A medida que las luces suben, vamos descubriendo un cuerpo extraño: la cabeza blanca parece pegada a un cuerpo de negra cuyas manos son blancas también y sus pies son pezuñas de cabra. Ella no para de decir sus frases y, al hacerlo, se tambalea y mueve las manos dándoles cada vez un énfasis y una expresión distintos. El espectáculo acaba en el momento de máxima luminosidad y volumen de la voz.
Las cosas llegan demasiado tarde a Madrid. Esta ciudad, cada vez más invisible, se ha quedado definitivamente fuera de los principales circuitos europeos de exhibición y creación escénica contemporánea. Esto no es (al menos no solo) un lamento. Es, más que nada, una llamada de atención acerca de las condiciones en las que se presentan la mayoría de las obras no creadas en el pequeño, estrecho y cada vez más duro contexto madrileño. El asunto es que cuando las obras llegan por fin a Madrid, ya son otra cosa. Es el caso de uma misteriosa Coisa, disse o e.e. cummings*, quizás la obra más celebrada de la artista portuguesa Vera Mantero, que pudimos ver en el festival Invertebrados de Casa de América en 2005, y que ahora se vuelve a presentar en Escena Contemporánea. ¿Qué queda de aquella obra con la que la artista respondió en 1996 al encargo de Culturgest de crear una pieza sobre Josephine Baker? La agitación y las protestas del público que describe André Lepecki (Exhausting Dance, 2006: 120) se han esfumado totalmente. Ya no nos escandalizamos cuando no nos dan secuencias de movimientos esforzados o colecciones de pasos. Ya no nos molesta oír una letanía de palabras repetida concienzudamente. Ya nadie se escandaliza por ver un cuerpo desnudo en escena, etc. La posibilidad de la sorpresa ha desaparecido después de quince años. Ya no estamos ante una revelación. Ahora, se ha convertido en una obra clásica. Es decir, en una obra sobre la que el aparato oficial de las artes escénicas ha descargado toda su capacidad de control, la ha revestido de “normalidad” y ha desactivado cualquier residuo político que pudiera quedar en ella. La obra ha dejado de ser un problema: vamos al teatro a reconocer lo que ya sabemos, a reafirmar nuestro poder de consumidores. Otra vez. Todo vuelve al orden. Estamos en La Casa Encendida, pero bien podríamos estar en el Teatro Real (ese proyecto que nació muerto pero que, sorprendentemente, parece estar volviendo sutilmente a la vida). Y entonces es cuando la obra llega a Madrid, esa ciudad en la que escuchar a Haydn todavía es un reto para el público. ¿Qué queda?
Líneas atrás, sostuve que esto no era un lamento. Les engañé (me engañé, supongo). Ya ven, he acabado lloriqueando. Cierto, es patético (¡gracias Tamara/Ámbar/Yurena!). Pero, sin embargo, puede que tenga su sentido. Quizás ya se han dado cuenta: este penar por esta ciudad humillada sistemáticamente, este añorar un pasado en el que las obras tenían la capacidad de “hacer”… no es otra cosa que un alarde de melancolía o (utilizando las palabras de Estrella de Diego y mirando hacia Freud) una incapacidad de romper los lazos que nos atan a “los fantasmas del dolor” (Travesías por la incertidumbre, 2005: 155). Y resulta que esa melancolía es el mismo afecto que le sirve a Lepecki (a través de Anna Anlin Cheng) para hablar de cómo, éste solo, se refiere a la subjetividad colonial occidental. Así que esta queja que se me ha escapado de los dedos, quizás es la prueba de que algo queda de la obra estrenada en 1996. Su finura ideológica, su brillante puesta en escena, su coherencia entre las acciones y el texto repetidos, dejan que se cuele, de una forma muy discreta, la certeza de que algo muy gordo se ha perdido. Es cierto, el objeto de la melancolía no es el mismo, pero, en algún nivel, la experiencia es muy parecida. Al final, quizás se trate solo de que nosotros, los blancos burgueses occidentales sobrealimentados con inquietudes artísticas y gusto por las artes escénicas contemporáneas, nos enfrentemos a nuestra necesidad de controlar, es decir, a nuestro impulso (¿ontológico?) de poseer, retener, robar, nombrar y negar la desaparición constante que define nuestras existencias. Aceptémoslo: ya no queda nada, Madrid se ha desvanecido.
Jaime Conde-Salazar

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