Amarillo

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Blue de Juan Domínguez. La Casa Encendida. Madrid. 21 y 22 de octubre de 2010
Una caja escénica al uso. Patas y fondo negros. Suelo blanco. Lo único especial es una cortina que cruza la escena en diagonal de derecha a izquierda, desde el fondo hasta casi la mitad de la caja. Resuena el Solo a ciegas (con lágrimas azules) (2008) de Olga Mesa o incluso de algunos artefactos escénicos ideados por Wiliam Forsythe. El caso es que una parte de la escena queda oculta. En el lado izquierdo hay una puerta abierta que da a otro espacio que tampoco vemos. Hay cuatro actores en escena. Luego entra el quinto. Están más o menos quietos. Se encienden las luces y comienzan a hacer cosas. No son tareas: no se trata de llevar a cabo acciones de forma eficaz. Ellos hacen escenas: son situaciones teatrales en las que todo lo que sucede responde a una dirección o pauta que, en este caso, se mantiene oculta. Los actores apenas hablan con lo cual no hay lugar para ninguna explicación discursiva de las escenas. Todo el resto del aparato teatral, especialmente las luces y el sonido, acompañan las escenas que se suceden creando distintos ambientes. Cuando ya no quedan más escenas que hacer, se acaba el espectáculo.
Otra vez, llevamos a cabo todas las acciones que demuestran que estamos en un contexto teatral convencional. Entrada en la mano, puerta, oscuridad en la sala, asiento y parálisis. Toda esta ceremonia nos prepara para la tarea que nos corresponde hacer dentro del aparato: nos toca desentrañar el sentido de lo que aparece en escena, tenemos que ser capaces de descubrir el relato que hila una escena con la siguiente o, como se dice vulgarmente, tenemos que “entender” la obra. Pero aquí, no encontramos hilo del que tirar, ni ninguna grieta narrativa por la que colarse, ni palabras que nos den pistas de lo que sucede, ni causas evidentes para los efectos que ejecutan los actores. No sabemos por qué hacen lo que hacen. Pero el caso es que lo hacen. Aquí, como en tantos otros lugares, la perseverancia trae recompensa: si uno no se rinde y sigue mirando, se da cuenta de que lo que está pasando en escena es un sacrificio. Los actores se ofrecen a nuestros ojos como delicadísimos objetos capaces de encarnar todos los matices y recovecos de nuestras miradas. Podemos hacer lo que queramos con ellos. Ni el autor ni la obra imponen una narración que marquen una dirección a nuestra capacidad de “entender”. Están ahí para nosotros. Son dispositivos preparados para desatar y sostener nuestras paranoias, nuestros deseos, nuestras fantasías… Eso sí, su silencio les protege de nuestro deseo pues nunca conseguiremos que ellos reafirmen o confirmen nuestros afectos. Estos son cosa nuestra y que cada uno se haga cargo de lo suyo. Entonces, aparece la posibilidad del sol, del calor del sol sobre la piel, del cuerpo blando abandonado a su peso, de los dientes, de los ojos llenos de dientes sonrientes, del tacto, de la pereza, del calentón, de las risas con los colegas, de las risas encendidas de excitación, del descontrol, de la chupipandi…  No hay nada que entender. O dicho de otra manera, lo que nosotros proyectemos sobre los dispositivos vivientes de la escena es sólo nuestra responsabilidad. Si hay que entender a alguien es a nosotros mismos en el proceso de mirar. Y la responsabilidad de esa tarea no se puede asignar a nadie más que a nosotros mismos. En este sentido, la obra en sí, resulta totalmente irrelevante. Por qué los actores hacen lo que hacen, las causas y los efectos narrativos, los métodos de composición, las partes y los todos, las genealogías carecen de interés. Ni siquiera el proceso o la autoría importan. Lo único que tenemos que saber es que ellos se sacrifican a nuestra mirada y que, si estamos dispuestos a hacer nuestro trabajo de espectadores, pasaremos un buen rato sumidos en una suerte de auto-observación. Ya lo dijo Barthes “el nacimiento del lector se paga con la muerte del autor”. Ahora toca, simplemente, dar las gracias al teatro: allí dentro se puede mirar blue y ver amarillo.

Jaime Conde-Salazar

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