Mirar despacio

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Programa de videos realizados por Chus Domínguez. Escena Contemporánea. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. 9 de febrero de 2011.

Dune (2001). Plano fijo.  Playa, luz de día gris, el encuadre no deja ver el horizonte aunque sí vemos la orilla y el agua. De izquierda a derecha comienzan a entrar camiones en fila: llegan  hasta la orilla, descargan, se dan media vuelta y se van por donde han venido. Todos los camiones llevan a cabo la misma tarea mecánica y hacen pensar en ese ballet de marionetas imaginado por Heinrich von Kleist como el paradigma de la gracia más elevada.
Felipe vuelve a casa con las ovejas sonando (2008). Desde que las ovejas salen del redil por la mañana, hasta que vuelven. El objeto a observar es el rebaño, esa masa móvil de pelo, patas y cabezas que se desliza por los parajes castellanos. Además el pastor Felipe y los perros. Más tarde, algunos experimentos sonoros sorprenden al rebaño: primero Nilo Gallego toca para ellas y después un grupo de personas hace de ovejas.
Puerta Beta (2009). Al principio está todo oscuro. Por los extremos de la pantalla aparecen dos líneas de luz verticales que se agrandan hasta revelar que se trata de un portón de lata que se está abriendo. Al otro lado se descubre en un primer plano una calle, más atrás la ría, un poco más atrás la vía del tren de cercanías, más atrás todavía, una vía de tren de mercancías, al fondo, una carretera y antes de la línea del horizonte, árboles. Vemos pasar transeúntes, a Nilo Gallego cruzando el umbral, coches, barcos, trenes, camiones… en distintos sentidos. Se cierra el telón-portón y se acaba la película.
Atardecer en Lavapiés (2001). Plano fijo. La cámara está colocada en la parte alta de una de las calles empinadas del barrio. Se ve toda la cuesta abajo y a dos mujeres bailando tango. Cerca de la cámara, en la acera, Nilo Gallego con un niño sacan instrumentos de percusión y trastean con ellos. Está atardeciendo.
Uno tiene la sospecha de que los infinitos y veloces cortes de montaje así como los efectos de sonido, la utilización de la música y la narración lineal e implacable propios del cine más convencional, no tienen otro fin que hacernos desviar nuestra atención de nuestra propia mirada. Pasa lo mismo en el teatro: todos los artilugios escénicos (luces, sonidos, humos, diálogos, incluso, coreografías) están ahí para que no nos demos demasiada cuenta de que estamos mirando. Como buenos burgueses, vamos al cine o al teatro a entretenernos, no a enfrentarnos a nosotros mismos (para eso pagamos a nuestro terapeuta). Por eso cuando todas esas tecnologías de lo espectacular se reducen o desaparecen (¿es posible?) nos ponemos nerviosos.
Las películas de Chus Domínguez son una buena ocasión para ponernos nerviosos. A pesar de que todo lo que parece proponer está teñido profundamente de una extraña y placentera calma.  La cámara no se mueve, el encuadre es estable, no hay efectos de sonido, ni músicas embriagadoras. Sólo la imagen que se despliega ante nosotros y, de inmediato, la certeza de que uno está mirando. Pero, una vez más, si no nos rendimos y perseveramos, tendremos recompensa. Estas películas no nos van a suministran la dosis de anestesia esperada. Quizás porque, más allá de lo que aparece en la pantalla, su asunto, su sustancia, es la mirada misma.  Chus Domínguez se comporta como una suerte de arquitecto sabedor de que el marco, es el elemento fundamental de su edificio. Levantar un punto de vista es parecido a construir un espacio, ambas tareas acabarán definiendo una visión posible: los que nos metemos en la sala, veremos aquello que la cámara nos ofrezca y, en consecuencia, seremos y encarnaremos a aquella persona que ve esas cosas. En este sentido, las películas de Chus Domínguez hacen evidente cierto proceso performativo (perdón por el palabro odioso…debería estar permitido tirar piedras a todos los que la utilizamos…) que hace que, ante la pantalla, nos construyamos como una mirada, como una subjetividad concreta. Lo que se ve en la película se convierte en algo más o menos accidental y accesorio, lo importante es el lugar en el que nos coloca a los que permanecemos sentados en la oscuridad de la sala. La propuesta sería algo así como “tú mira de esta manera, que verás lo que acabas viendo”. Evidentemente, lo especial de estas películas es “la manera” de mirar que proponen: ese lugar que Chus Domínguez construye está hecho de calma y de confianza. Se trata de observar, de tomarse el tiempo para ver, para que el mundo se manifieste. No es que el audaz realizador haya sido capaz de provocar y capturar momentos extraordinarios y nos los muestre. Él simplemente se ha ocupado de dejar que las cosas pasen y de ser consciente de que están pasando. Y ahí es donde el espectáculo se redefine: no se trata de utilizar tecnologías cada vez más sofisticadas que nos lleven a un estado de placentera anestesia, sino de ser capaz de fascinarse por las cosas que constantemente suceden en el mundo. Es cuestión de cómo se mire. El espectáculo es más bien la promesa de que el mundo se va a revelar y nos va a proporcionar imágenes capaces de hacernos entender. Los camiones, las ovejas, la ría, la luz de la calle son epifanías. Y las películas de Chus Domínguez crean el edificio para que podamos recibirlas. Una vez aprendida la lección, solo queda salir, parar y dejar que el mundo haga cosas maravillosas.
Jaime Conde-Salazar

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